Columnistas

Instrucciones para llorar (y luego seguir adelante)
Autor: Alejandro Álvarez Vanegas
5 de Octubre de 2016


El llanto medio u ordinario consiste en una contracción general del rostro y un sonido espasmódico acompañado de lágrimas y mocos, estos últimos al final, pues el llanto se acaba en el momento en que uno se suena enérgicamente.

El llanto medio u ordinario consiste en una contracción general del rostro y un sonido espasmódico acompañado de lágrimas y mocos, estos últimos al final, pues el llanto se acaba en el momento en que uno se suena enérgicamente.”. Julio Cortázar, Instrucciones para llorar.


Estoy de luto porque hace un par de días enterré un sueño de país: el sueño de ver a la mayoría de mis conterráneos queriendo comenzar ya (¡ahora mismo, sin aferrarse a más excusas!) a hacer lo que muchos años atrás tendríamos que haber hecho: dejar de matarnos, atender las necesidades del campo, promover la participación política y construir la verdad reparando a las víctimas, entre otros puntos. El resultado alternativo no hubiera cambiado nada de inmediato, pero sí hubiera permitido comenzar sin más demoras. Sé que no todo está perdido, pero, ¿para qué voy a mentir?: estoy triste porque el sueño de volcarnos en masa a actuar y de dejar de aplazar más y más lo inaplazable, de jugárnosla ya, hoy mismo -y asumir sin tantas condiciones la responsabilidad que todos tenemos-, ese sueño está muerto, y los funerales siempre están llenos de tristeza. 


(Lágrimas, mocos. Me sueno enérgicamente).


No hay nada de malo en estar triste: hay que vivir la tristeza para encontrar la forma genuina de seguir participando y evitar el falso optimismo. Digo que el sueño de que fueran más los votos de los decididos a no continuar posponiendo lo que ya llamé inaplazable, no se cumplió, y agrego además que como consecuencia de eso hoy somos testigos de nuevos enredos y de nuevos absurdos. Pero, no por eso estoy renunciando a mi lucha: hay un sueño subyacente y poderoso que sigue vigente, claro que sí, y es el de acercarnos mucho más a una realidad de paz y de justicia (un país, un mundo mejor) sin importar los tropiezos. Y es que considero que la disposición para construir un mundo digno debe ser una porción más de todo lo que individual e independientemente nos constituye, es decir, un terreno de una dimensión totalmente personal, casi que blindada a las vicisitudes de un afuera en ocasiones brutalmente desesperanzador. De esa disposición, que en mi caso grabé en mis principios y que late con el mismo ímpetu -porque es un asunto estructural-, nace la voluntad de querer seguir trabajando por la paz y de ser lo suficientemente congruente para hacerlo incluso en un ambiente tan lleno no sólo de desinterés y desconfianza, sino además de rencor, de egos inflamados, de megalomanía y de engaños. La responsabilidad más grande es la del ciudadano y su tarea más importante consiste en exigirle al Gobierno, a las Farc y, sobre todo, al Centro Democrático (como gran representante quienes quieren un nuevo acuerdo), una discusión rápida y efectiva. Este último actor debe reconocer lo positivo del trabajo ya hecho, así como la gran cantidad de votos que respaldaron lo ya firmado. Debe, además, estar preparado para explorar nuevas rutas.


Es el momento de resistir para, después de pasar por la tristeza y apoyándonos en la esperanza, encontrar la alegría y el entusiasmo necesarios para darle fuerza a la paz y maximizar el bienestar colectivo: la felicidad de tantos como podamos. El anhelo de paz tiene un poder tan especial, tan enérgico, contundente y definitivo (y a la vez tan amoroso y solidario) que creo que puede lograr una revolución mucho más numerosa en las estructuras personales de los colombianos y dar así origen a un nuevo pensamiento de reconciliación y de involucramiento ciudadano, de participación y responsabilidades colectivas. Nadie debería dejar por fuera su cambio interno.


Esto es necesario porque, también como dijo Cortázar, “…si la revolución no se hace de adentro hacia afuera, se hará quizá de afuera hacia adentro pero los resultados serán malos porque de nada servirá una revolución con hombres viejos que sigan continuando los mecanismos caducos…”.