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Autor: Alvaro T. L髉ez
4 de Octubre de 2016


Momentos como los que vive Colombia, de gran incertidumbre, de dudas y desconfianzas, pero tambi閚 de irrenunciables sue駉s de concordia, de esperanzas de la libertad cierta y verdadera de poder librarnos de los odios que carcomen nuestros corazones,

Momentos como los que vive Colombia, de gran incertidumbre, de dudas y desconfianzas, pero también de irrenunciables sueños de concordia, de esperanzas de la libertad cierta y verdadera de poder librarnos de los odios que carcomen nuestros corazones, de poder superar la polarización en la que nos tienen sumidos los que creen que la oposición es siempre la amenaza, la ofensa personal contra el buen nombre del otro, han servido para develar el enorme peligro que corre la opinión pública al no contar con verdaderos defensores de la verdad y de la integridad de la Patria. Nadie ha salido en defensa de los derechos que tenemos los colombianos de ser respetados como seres humanos pensantes, ninguna institución o personaje ha salido a exigir el silencio de las ofensas.


Los canales incontrolables de las redes sociales, han servido para que circulen avalanchas de mensajes malintencionados de uno y otro bando. Eso es lo que vivimos en Colombia la guerra informática de dos bandos, o bandas, interesados en acabarse mutuamente. Masas informes de mentes enfermizas nos están llevando a la renuncia del debate sano, llevándonos a la irreconciliable enemistad por razones que la mayoría no entiende. Había que votar con un sí o con un no, pero ¿acaso no es nuestro derecho sagrado el de ejercer las facultades que nos da la democracia? La piedra angular de cualquier ideal de sociedad tiene que ser el respeto por las libertades y por la integridad del otro. En eso coinciden las ideologías modernas tanto religiosas como políticas.


Tendríamos que tener medios de comunicación social profesionalmente robustos e ideológicamente identificados con un sistema determinado. En cambio asistimos al doloroso espectáculo de medios destilando odio, de periodistas que cubren la noticia con la predisposición a la tergiversación en favor de algo, de columnistas que tratan de imponer con muy pobres argumentos su forma de pensar. Ilustrar, por ejemplo, el desacuerdo con el proceso de paz usando ejemplos escatológicos, no acaba sino con quien los trae y con el medio que permite esta tipo de excesos. Lo peor son los editoriales de los medios, las notas de fondo llamando a la guerra, defendiendo a los corruptos, negándoles a los ciudadanos la posibilidad de contar con buenas administraciones, solo por el odio que no pueden contener.


Están fracasando las escuelas de periodismo y el sistema. Los medios se deben ahora a intereses que nada tienen que ver con la información veraz. Hay que volver al periodismo clásico y serio por el que nos admiraba el mundo entero. Los reporteros no tienen que hablar en primera persona, ni alardear de sus amistades y relaciones. Un medio de comunicación tiene que estar por encima de cualquier interés; la noticia tiene que estar desprovista de juicios de valores. Un director de medio debe ser la persona ecuánime y sabia al servicio de la verdad. Como aquel que, acabando de ver morir a su hijo por cuenta de un malogrado operativo de rescate, zanjó la acalorada discusión, simplemente señalando que el Presidente no tenía que pedir permiso para ejercer sus funciones. ¡Colombia primero!