Columnistas

La paz fashion
Autor: Dario Ruiz Gómez
3 de Octubre de 2016


Si antes existió lo que se llegó a llamar una escenografía, esas grandes plazas que Speer diseñó para dominar las multitudes hitlerianas, la plaza de La Habana donde los Castro ejercen su dominio totalitario;

Si antes existió lo que se llegó a llamar una escenografía, esas grandes plazas que Speer diseñó para dominar las multitudes hitlerianas, la plaza de La Habana donde los Castro ejercen su dominio totalitario; desde la consolidación de la t.v como medio de comunicación la escenografía se transformó en escenología ya que las cámaras logran abarcar no una sino múltiples perspectivas, lo que le da al espectador una visión más artificialmente majestuosa de la ceremonia y lo que para el gobernante ahuyenta el peligro de que irrumpa de repente un tropel de mugrientos que le reste eficacia al propósito de mostrar poder, disimulándolo bajo la impecabilidad en la distribución estratégica de las hileras de sillas convertidas en tribunas transparentes donde cada invitado es fácil de localizar o sea de reprimir en el caso de que pueda en un momento dado salirse de casillas y poner de manifiesto su inconformidad con algún discurso. La Plaza de Bolívar no hubiera sido el espacio propicio para “la firma de la Paz con las Farc” pues, para los proyectistas de la ceremonia, es un espacio cargado de amarga historia, lleno de simbolismos sobre lo terrible de nuestra vida republicana, en la cercanía de sectores populares, difíciles de dejar a un lado, la altura y el clima de Bogotá hubieran exigido vestir a los invitados, a la burocracia de trajes oscuros y sombríos. Esa plaza de Cartagena era lo ideal para este propósito ligth: un espacio maquillado carente de cualquier valor cívico y por lo tanto propicio a una ceremonia desodorizada mediante cuya asepsia, debidamente calculada desde el punto de vista estético, no fuera a estar presente la medida del conflicto desde su desgarradora herida de victimas silenciadas, o sea de incómodas testigos de algo que se quiere olvidar sin promediar los debidos procesos del perdón y del olvido. Pero ¿Quién podía discrepar si todos los presentes habían aceptado su papel de comparsas? El color blanco exigido a los invitados no fue el blanco de la paz sino el color blanco fashion de expresiones de buen gusto del jet set bajo el cual se disimularon hasta los escasos representantes de las entidades y grupos de cultura, trabajadores. ¿Quiénes fueron entre ese blanco fashion los que en gran número aplaudieron con delirio a un dictador ofensivo y vulgar como Maduro? ¿Se imaginaba alguien que a partir de ese momento nuestra progresía se nos declarara pijo fashion, desconociendo el hambre que padecen cada día nuestros hermanos venezolanos? Convertir en fashion un hecho importante, debo reconocerlo, como el abandono de la lucha armada por las Farc fue poner de presente la ligereza con que se ha enfrentado una responsabilidad histórica ante los campesinos, las familias de secuestrados y asesinados en las llamadas “cárceles del pueblo”, los seis millones de desplazados, el inmediato porvenir de una sociedad devastada por el crimen. El espectáculo anula el contenido humano ya que maquilla al asesino. 


“La ligereza, recuerda Lipovesky, se ha convertido en un valor, un ideal; estamos en la civilización de lo ligero” En una observación sobre este texto del pensador francés se lee algo que define esta sociedad en que vivimos: “Los individuos necesitan sentirse libres, pero también quieren establecer vínculos. El resultado de esta tensión es una angustia que no cesa. Tampoco cesan, antes crecen, la incultura de los estudiantes, las agresiones y faltas de respeto cotidianas, las desinformaciones de los medios de información, la inmoralidad de los representantes públicos, el número de suicidios, los neofascismos disfrazados de progresismos, la distancia económica entre pobres y ricos. Y estamos solo en los comienzos”. Timochenko dijo: “ofrezco mi perdón a las víctimas”, la prensa enmermelada tituló: “Sincero perdón pidió Timochenko a las víctimas” ¿Ligereza o cinismo?