Columnistas

Ante la duda, el sí
Autor: Sergio De La Torre
2 de Octubre de 2016


Hoy voto SÍ, no porque me haya embriagado el canto de sirenas de sus panegiristas anunciando nuestra próxima llegada al Paraíso,

Hoy voto SÍ, no porque me haya embriagado el canto de sirenas de sus panegiristas anunciando nuestra próxima llegada al Paraíso, o porque me asuste el regreso a la violencia que para presionarnos auguran quienes, comulgando con todo el texto, no se plantean ninguna duda sobre lo acordado en La Habana. Entre los del Sí hay hartos ciudadanos que no tragan entero lo presentado en un solo paquete para su aprobación, y yo soy uno de ellos. Así nos disgusten ciertas cláusulas que, de ser posible, improbaríamos con el voto, como, verbigracia, las que en la llamada justicia transicional regalan un exceso de impunidad o establecen un tribunal especial por encima de las Cortes instituidas. Mal haríamos sin embargo en perder la oportunidad, siempre tan esquiva, que ahora se nos ofrece de desarmar por las buenas a las Farc. Que son nuestro primer factor de violencia, y el más letal, pues no actúan a la loca, como cualquier guerrilla improvisada, sino que obedecen a un plan de mucha paciencia y gran aliento, dirigido a sustituir la democracia clásica que tenemos por un régimen que ya nos imaginamos, inspirado en una ideología ya repudiada por la civilización. La cual todavía profesan unos cuantos prosélitos, sobrevivientes de tantos fracasos y reversiones, producto ellas de su inaplicabilidad esencial. Como la desintegración de la Unión Soviética y sus satélites europeos, la conversión al capitalismo de la China maoísta y ahora el retorno (no por vergonzante menos evidente) de Cuba a la órbita yanqui, sin cuyo turismo, petróleo e inversiones no podría subsistir, y menos doblegada por inercia a esa fe marxista que hoy no suscita sino curiosidad (la misma que despiertan las modas abolidas) y algo de pesadumbre o depresión por su agonía callada y larga.


La digresión anterior sobre los faltantes y fortalezas de las Farc, sobre los riesgos de una doctrina que más parece un delirio (casi tan alucinante como el de los extremistas religiosos que no se apartan un milímetro de la suya, su doctrina, todavía creyendo que la fe se propaga espada en mano, o a punta de anatemas) la digresión anterior, repito, cabe aquí para no olvidar con qué clase de fuerza tendremos que lidiar en el postconflicto.


No siendo posible fragmentar el farragoso texto del acuerdo, tenemos que aprobarlo todo, así nos indigestemos un poco, o mucho. Hemos de resignarnos a la totalidad para poder aprovechar la porción que de veras importa: la disolución de la guerrilla y el silenciamiento de sus fusiles. París bien vale una misa, decía Enrique, el aguerrido monarca de la Francia medioeval, cuando le tocó escoger entre una honrosa derrota o el logro de su objetivo militar. Y prefirió lo segundo, a costa de abdicar de sus lealtades religiosas.


En nuestro caso lo primero siempre será la paz, y no dejarla escapar cuando la tenemos al alcance de la mano. Y la preservación de la vida, propia y ajena, también. Por exótico o claudicante que pueda sonar, tal es el principio moral básico. Es incluso un deber jurídico que subordina a los demás, incluido el de infligir el castigo merecido a los peores criminales. Póngase a decidir entre las dos opciones a un campesino inerme y expuesto a los desmanes y amenazas que suelen asediarlo en medio de un conflicto. De antemano sabemos por cuál opción él se decantará. El citadino, en cambio, razona y actúa distinto, pues no corre el mismo peligro con la guerra nuestra de cada día.