Columnistas

Sí, porque ¡se puede!
Autor: Álvaro González Uribe
1 de Octubre de 2016


Lógico el sobresalto que le produjo a Rodrigo Londoño (Timochenko) el potente ruido del avión que como una ráfaga sobrevoló Cartagena en el instante más poético de su discurso.

Lógico el sobresalto que le produjo a Rodrigo Londoño (Timochenko) el potente ruido del avión que como una ráfaga sobrevoló Cartagena en el instante más poético de su discurso. Pareciera que las mariposas amarillas de Mauricio Babilonia de quien hablaba aleteaban ese ensordecedor ruido que sin duda fue su pesadilla y la de toda la guerrillerada durante años.


En Colombia no solo los soldados y guerrilleros quedarán con esa y miles de secuelas de la guerra. La mayoría de los colombianos, unos más y otros menos, y de una u otra forma, jamás olvidaremos los ruidos de la guerra: explosiones, gritos, balazos, llantos y noticias. Obvio que aún hay fusiles disparando y terror aterrorizando, el Eln, las bacrim y quizá grupos nuevos que vendrán, pero no con la intensidad y perduración de las Farc. Esperemos que entren en razón unos o sean sometidos a la justicia otros.


Sin embargo, queda otra guerra espantosa, cobarde, silenciosa: Una guerra enterrada quizá por muchos años hacia el futuro: las minas antipersonas. A muchos solo les bastó ver la película “Los colores de la montaña” para conocer esa realidad y estremecerse. Otros vimos más: soldados, niños mutilados. Escuchamos historias de primera mano y leímos.


Pero seguimos y seguiremos leyendo porque continuarán saltando destrozados cuerpos, cuerpecitos de niños, como la noticia del martes anterior en Algeciras, Huila: Un niño campesino ¡de seis años! murió en el acto y otro de siete quedó herido intentando recoger el balón que se les fue a una cañada mientras jugaban fútbol, y lo paradójico: el hecho ocurrió justo cuando se firmaba el Acuerdo Final en Cartagena. La misma historia de ‘Pocaluz’, el tierno niño albino de “Los colores de la montaña”, solo que ‘Pocaluz’ tuvo la suerte de no morir.


Yo quiero que los colores vuelvan a las montañas de Colombia, que las podamos caminar y admirar en los ocasos, auroras y a pleno día. Que podamos volver a pescar de noche. No quiero que pongan más minas y quiero que limpien la tierra colombiana de esa guerra agazapada que no se ha enterado ni enterará del cese del fuego, que no estuvo en Cartagena, que no se asustó con el avión porque no le teme a nada. No quiero que eso suceda más y por eso votaré Sí en el plebiscito. Porque no quiero más muertos, porque cambio el odio y hasta algo de justicia por colombianos y colombianitos vivos que es mayor justicia.


Sí, por la dignidad del campesino, de la política y de toda Colombia. Estoy seguro de que ganará el Sí, y aunque lo ideal para el país y su paz es que el Sí supere por mucho el umbral establecido, un solo voto puede hacer tranquilamente la diferencia porque así funciona la democracia. Al momento de marcar el Sí pensaré que estoy salvando una vida y entonces lo haré con más fuerza. ¡Ojala lo pudiera colorear!


Ganará el Sí y vendrá una dura labor: por un lado, implementar los acuerdos que nos permitirán solucionar tantos problemas históricos y, por otro lado, dialogar, reconciliarnos y desminar, calmar, limpiar y sanar los espíritus y las heridas, no solo de esta guerra que termina, sino de la cruenta polarización entre amigos y opositores al proceso de paz.


Sí. “No se van a ordenar solas las cosas”. Es un compromiso ciudadano, ¡se puede! Tendremos que limpiar a Colombia de guerra y construir y pintar la paz con todos los colores de nuestras montañas, valles, selvas, mares, ríos y de las risas de los niños. Es que la firma del Acuerdo Final y su aprobación ciudadana son a la vez “Fin y principio” como el poema de Wislawa Szymborska:


“Después de cada guerra alguien tiene que limpiar. No se van a ordenar solas las cosas, digo yo. Alguien debe echar los escombros a la cuneta para que puedan pasar los carros llenos de cadáveres. Alguien debe meterse entre el barro, las cenizas, los muelles de los sofás, las astillas de cristal y los trapos sangrientos. Alguien tiene que arrastrar una viga para apuntalar un muro, alguien poner un vidrio en la ventana y la puerta en sus goznes. (…). A reconstruir puentes y estaciones de nuevo. Las mangas quedarán hechas jirones de tanto arremangarse. Alguien con la escoba en las manos recordará todavía cómo fue. Alguien escuchará asintiendo con la cabeza en su sitio…”.