Columnistas

Por la paz
Autor: Henry Horacio Chaves P.
30 de Septiembre de 2016


Comenzando julio de 2007 dediqué este espacio al coraje del profesor Gustavo Moncayo, quien recorría a pie los 795 kilómetros entre Pasto y Bogotá para reclamar la libertad de su hijo.

Comenzando julio de 2007 dediqué este espacio al coraje del profesor Gustavo Moncayo, quien recorría a pie los 795 kilómetros entre Pasto y Bogotá para reclamar la libertad de su hijo. El cabo Pablo Emilio, llevaba 9 años y medio en poder de las Farc, dudé que regresara y aún más que la cúpula de las Farc tuviera el valor de mirar a sus víctimas a la cara. Pasaron otros 9 años y el profesor me volvió a conmover cuando llegó a la firma en Cartagena. Sonreía. Después de todo su hijo recuperó la libertad y sus captores se comprometieron a no repetir jamás un acto igual. El compañero de su hijo, José Libio Martínez, como tantos otros, nunca regresó y eso no va a cambiar. Ahora se trata de acabar la lista de las víctimas. 


Como la de Moncayo, vimos muchas sonrisas de triunfo entre quienes por años nos mostraron su rostro de dolor, de rabia, hasta de odio. No es un tránsito fácil, pero hay que emprender el camino para sanar el corazón y recuperar la libertad que nos quita el rencor.


Aunque varias veces he invitado a la participación democrática, por primera vez revelo mi voto para el domingo en esta columna: será por el sí, es decir por la paz. Y como lo he expresado en otros Mementos, respeto profundamente a quienes votarán por el no y a quienes no irán a las urnas. A muchos de ellos además los quiero, porque me une una historia personal con mucha gente que piensa distinto, en esta y en otras materias.   


No creo que quienes voten por el sí son más nobles o mejores. Tampoco que quienes decidirán no, son brutos o desalmados. Ni santistas los unos o uribistas  los otros, ni amigos de las Farc éstos o de los paras aquellos. Por fortuna he encontrado muchos matices en ambas orillas. No me gustan ni las bromas ni los insultos de unos ni de los otros, pero me alegra pensar que la violencia se quedará en las palabras. Ahí está nuestro reto como sociedad, no en eliminar las diferencias sino en no tramitarlas a bala.


Como ha quedado en evidencia, el juego de la política y la falta de escrúpulos, ha llevado a los defensores de ambas opciones, no solo a insultar al contrario sino a mentir descaradamente sobre el acuerdo, sus alcances y consecuencias. Hay versiones para todos los gustos y de todos los tamaños. Una lástima y un pésimo ejemplo para las nuevas generaciones, pero también una oportunidad para promover un debate sobre la ética y la política que cada vez se hace más urgente y que con nuevos actores en ese terreno, parece inaplazable.


La primera condición ética de la política debe ser el respeto por la vida del contrario. Sobre esa base firme habrá que edificar todas las ideas y todos los compromisos, para fundar mejores sueños y amaneceres más amables. Una vez tengamos esa garantía, habrá que hacer un compromiso plural que supere las declaraciones en la lucha contra la corrupción. No cabe duda que ahí está el origen de muchos de nuestro males sociales y que ha permeado todos los niveles del estado, las clases sociales, los clanes familiares, los emporios empresariales y la sociedad en su conjunto. Será una guerra tan ardua y tan dispendiosa como la que estamos superando y ojalá no claudiquemos en el empeño.


Contra las Farc, no se claudicó. Como se ha dicho en distintos tonos, se alcanzó el mejor acuerdo posible, no el perfecto. Se salvarán muchas vidas y podremos construir un país mejor. Hay que insistir en el llamado al Eln para que deponga la acción armada y transite hacia la democracia. No será perfecta pero es mejor que matarnos por ideas. Una decisión que requiere más valor que empuñar los fusiles. El acuerdo, la firma, el plebiscito no son la paz: nos toca construirla.


Coda: la muerte de Shimón Peres, premio Nobel de Paz y uno de los fundadores del Estado de Israel, me trajo su imagen hace un par de años, orando con el papa Francisco, el líder palestino Mahmud Abbas y el patriarca ortodoxo Bartolomé, un testimonio de que es posible.