Columnistas

Hay dos maneras de ver las cosas. . .
Autor: Mariluz Uribe
27 de Septiembre de 2016


Las formas de hablar o de escribir se pueden reducir a dos; o se dice la verdad o se disfraza con una mentira que nos favorezca.

Las formas de hablar o de escribir se pueden reducir a dos; o se dice la verdad o se disfraza con una mentira que nos favorezca.


Lo grave es que sostenerse en una mentira no es muy fácil porque el hecho está respaldado por la imagen cerebral que nunca muere, de la realidad que sucedió o está sucediendo.


Se dice lo real, o se crea una historia que a lo mejor cuando ponen el DETECTOR DE MENTIRAS nos ponemos nerviositos y seguro nos equivocamos.


Lo grave del paseo es que si decimos que no nos lo pongan, por algo será, será porque somos los malos: culpables, mentirosos.


Conocí un hombre joven y bello que en una oportunidad no se dejó poner el aparatico y…. ¿qué pasó? De una quedó fichado como el MALO.


Hace ya muchos años mi escritor favorito André Maurois -a quien tuve el placer de conocer pues vino a Medellín invitado por mi Universidad de Antioquia y se albergó en el Hotel Europa - escribió un libro llamado La máquina de leer los pensamientos, ahí si me dije: Este caballero cómo inventa, ¿cómo se le ocurren esas cosas?


Pero sí, la Máquina llegó porque llegó. ¡Me gustaría que me la conectaran para saber en verdad qué estoy pensado yo de mí y de las cosas extrañas que suceden a mi alrededor!


 Y claro también me encantaría se las conectaron a todos los que dicen que “las cosas eran así” (¿o asá?)


Decir ciertas verdades puede ser más doloroso que inventar, pues contar las propias ideas y experiencias no es muy fácil, y no todos los oídos están dispuestos.


Porque la vida no es como uno la planea o como creyó que iba a ser cuando cumplió quince, se graduó, le echaron el primer piropo o no le echaron ninguno….


Me pasó un día que iba por la calle estrenando el primer traje hecho por mí en la Academia Singer del Parque de Berrío, cuando un muchacho que cruzaba me miró de pies a cabeza y me dijo “¡Fea!”


Me sirvió para no volver a coser, y para dedicarme a escribir, porque eso sí es bueno para poder sacar para afuera sus verdades y para no reventar.


Sigo la pauta del Diario intensivo que recomienda Ira Progoff (Drew Univ.) “Dialogue House”, N.Y., que nos obliga a escribir algo diariamente si queremos vivir sano y no morir en algún intento. 


 “¿Hizo usted tal cosa?” –“¡No! Sí… fue que…” ¿Desde que las disculpas se inventaron quién va a quedar mal?


Hablo con gentes de varios círculos y cuadrados y oigo cosas sorprendentes, que me reviven o desmayan, cuando pregunto su opinion sobre cualquier cosa dicha en “los medios”


Aquí creo aún está en pañales la literatura comprometida de que hablaron hace rato Camilo López y Eduardo Santa, la litterature engagée de los franceses, y esto será porque poco nos gusta comprometernos.


A veces se crean unas cadenas interminables que duran años sobre lo que alguien dijo, lo que se dice sobre lo que se dijo que fulano había dicho, hecho o deshecho. Se saben concentrar y meterlo pecho y despecho a lo ajeno.


*Filóloga UdeA y Psicóloga PUJ