Columnistas

En el corazón de las tinieblas
Autor: Dario Ruiz Gómez
26 de Septiembre de 2016


Cuando en la t.v volví a ver en estos días las camionetas con los Jefes de las Farc adentrándose en la vastedad de los Llanos del Yarí tuve la impresión de que las tomas de las cámaras habían reiniciado

Cuando en la t.v volví a ver en estos días las camionetas con los Jefes de las Farc adentrándose en la vastedad de los Llanos del Yarí tuve la impresión de que las tomas de las cámaras habían reiniciado - en esta escenificación que se hace de la paz- el momento en que estos Jefes escapaban del Caguán después de que el entonces presidente Pastrana diera por terminada las conversaciones con ese grupo guerrillero luego del asalto a un avión de pasajeros. En un largo y vertiginoso travelling se observaban los gestos extrañamente felices de esos Jefes regresando a las verdes mansiones de las selvas donde durante décadas se habían acostumbrado al clima malsano plagado de mosquitos, de serpientes venenosas, esas mansiones húmedas, de árboles tan altos y coposos que impiden que los rayos del sol lleguen al suelo, ávidos territorios cubiertos de una niebla fantasmagórica, mantos de limo de cientos de capas de hojas desprendidas silenciosamente, quizás en un movimiento continuo y repetido por la autoridad inexpugnable de la Naturaleza. Entre aquellas tomas que hizo la cámara de la desaforada huída y las actuales tomas del camarógrafo en el Yarí, han transcurrido catorce años, sólo que ahora, gracias a un hábil montaje, pareciera que sin años de intermediación, sin tener en cuenta los miles de inocentes que han sido asesinados por esos guerrilleros durante este lapso de tiempo, inesperadamente el relato se hubiera encontrado con su lógico final. Colocar el manido letrerito de “Catorce años después” consistiría en eludir el recuento de todas las escabrosidades sucedidas, haciendo que, caprichosamente, la palabra Paz abriese el remate feliz de la película en donde las agrestes selvas habrían sido transformadas en un paisaje bucólico con granjas de colores vivaces, niños pescando. Un happy end sólo posible en el edulcorado cine totalitarista. El nuevo guionista encargado de dar coherencia a este final feliz, se tendría sin embargo que hacer algunas preguntas: ¿Cuánto tiempo le otorgó el gobierno de Pastrana a los guerrilleros para que desaparecieran en las tupidas selvas donde desde entonces han vivido? ¿Pudo resistir el catecismo marxista leninista el proceso de deterioro a que los sometió la leishmaniasis, el sida, la locura que produce ese imposible hábitat? Las siluetas mareadas de Marx y Engels que vemos colocadas en un precario tabique, constituyen el rezago de una ideología que ha sobreaguado en estos campamentos como en un inusitado templo.


En el relato de Conrad “El corazón de las tinieblas”, un Kurtsz fofo, maloliente, ambigüo sexualmente, reyezuelo de su séquito de fanáticos, representado en la versión de Coppola por un sublime Marlon Brando, es referencia inevitable de ese reyezuelo enloquecido, devorado por la manigua que fue El Mono Jojoy, abusador de niños y de animales. Joseph Conrad suele, con la maestría narrativa que lo caracteriza ubicar la vida de sus protagonistas en la frontera que separa la civilización de lo que suponen las leyes feroces de este reino del barrizal y los caminos de hormigas donde la Naturaleza impone sus implacables códigos frente a los cuales los valores de la amistad, la lealtad a una callada tradición familiar, constituyen la única respuesta a esta pérdida de lo humano. La bestia nos acecha, la jungla clama en el pecho de los débiles morales aún en medio del gentío de las grandes ciudades. Aquí en este escenario, la presencia de lo que llamamos civilización lo indican, paradójicamente, las dragas que sacan el oro y envenenan las aguas mientras se van desvaneciendo en el corazón de las madres desoladas, las voces de sus hijos secuestrados que, devorados por la selva, desaparecen para siempre detrás de las altas alambradas de los campos de concentración.