Columnistas

La firma del acuerdo de la infamia
Autor: Alfonso Monsalve Solórzano
25 de Septiembre de 2016


Mañana será la gran comparsa de la firma de los Acuerdos de La Habana (la tercera o cuarta puesta en escena).

Mañana será la gran comparsa de la firma de los Acuerdos de La Habana (la tercera o cuarta puesta en escena). Y claro, estará enmarcada en la mentira monumental que Santos dijo en la Asamblea de la ONU: desde el fondo de su corazón, declaró al mundo que la guerra en Colombia, había terminado. Se trata de una falacia: primero porque no hubo guerra, concepto que implica en el caso de las que son internas, las llamadas civiles, que se caracterizan por la división y polarización de la sociedad en dos bandos armados, apoyados ambos por grandes sectores de la población, y la existencia de una economía de guerra, que concentra la energía de la gente y los recursos totales de un país, en el esfuerzo bélico.


En Colombia ha habido un conflicto armado que se oficializó en 1964 (con antecedentes en años anteriores), cuando el país había superado la Gran Violencia, esa sí con las características de una guerra civil, que enfrentó a liberales y conservadores, con unos 300.000 muertos entre 1949 y 1958. Las guerrillas, todas alimentadas desde afuera por la Unión Soviética (Las Farc), Cuba (el Eln) como expresión de la Guerra Fría, y China que se separó del mando soviético, cuya representación fue el Epl; y el M-19, compuesto por exmiembros de las Farc y radicales anapistas, eran un problema menor y sólo a partir de los ochenta, cuando encontraron narcotráfico como combustible, se convirtieron en un problema nacional. Con la caída del imperio soviético, negociaron el Epl y un sector del Eln; desde antes, lo venía haciendo el M-19. Es el narcotráfico lo que explica la persistencia de las Farc a pesar del hundimiento de su mentor y del Eln, al que Cuba, en quiebra, precisamente por el colapso del oso soviético, no podía ayudarlo. 


Hubo picos en acciones terroristas porque el estado durante muchos años se negó a combatir esta amenaza y permitió que los paramilitares se adueñaran de la lucha antisubversiva y compitieran con las guerrillas en el narcotráfico, lo que casi nos convierte en una narco-república. 


El país, no obstante, sin contar la economía subterránea, creció de manera continua y sostenida, durante estos 50 años, especialmente entre el 2002 y el 2010; las contradicciones sociales fueron atendidas razonablemente (con la excepción, quizá del gobierno de Samper, dedicado a quitarse de encima la presencia de narcotráfico en su campaña, que nunca pudo ser desmentida); y, a pesar de lo que dicen en los detractores, el desempeño en derechos humanos por parte del estado mejoró de manera importante, así como los servicios de salud, educación entre otros, y los ingresos de los colombianos aumentaron., de manera que la calidad de vida mejoró para un muy importante número de colombianos estratos bajos y medios. 


Con dinero criminal, las guerrillas ganaron en tamaño bélico, pero no en respaldo popular, que nunca superó el 2%. Durante los gobiernos de Samper y de Pastrana las Farc hicieron su máximo esfuerzo militar pero la estrategia que arranca con Pastrana al final de su mandato y que mantiene y desarrolla Uribe durante 8 años, las derrota militarmente y las retira a las fronteras venezolana y ecuatoriana, igual que al Eln. Los secuestros decayeron verticalmente, los asesinatos también, la destrucción de pueblos y del medio ambiente decrecieron y los narcocultivos pasaron de 150.000 a 40.000 hectáreas. De manera que hacia el 2009 estaban económica y militarmente liquidados; ya no eran una amenaza para el país, como tampoco las autodefensas, mal llamadas paramilitares, que, a punta de crímenes de lesa humanidad, azotaron al país, hasta que fueron combatidos, desmovilizados y reducidos a la cárcel y la extradición por el presidente Uribe. 


Pero Santos les dio inexplicablemente a las guerrillas derrotadas un nuevo aire y el resultado es esta pésima negociación, con impunidad total porque todos los crímenes atroces que cometieron, según alias Romaña, están ligados a los delitos políticos, y, por si fuera poco, las confesiones serán colectivas y no individuales, algo contrario a uno de los más sagrados principios de derecho, la responsabilidad individual (ver al respecto el excelente artículo “Conferencia de las Farc destapa engaño” en www.priodicodebate.com). Y porque controlan con sus socios 200.000 hectáreas de coca, cuyo cultivo y comercialización, por supuesto estará ligada al delito político y que no podrán ser erradicadas a la fuerza, lo que convertirá el país, esta vez sí, en un narcoestado.


Pero también le miente Santos al mundo cuando en su discurso proclama que se acabó la guerra en Colombia porque, si acepáramos en gracia a la discusión que aquí hay una, entonces, las Farc, en boca de alias Iván Márquez en el X Pleno, se niegan a respetar lo acordado, anunciando que su gente no se desplazará desde el lunes a los puntos de concentración como estaba pactado, sino hasta que se firme la ley de amnistía, lo que requiere un trámite en el Congreso. Y porque dijo que el tratado no es todavía la paz, pues esta se conseguirá cuando se cumplan todos los acuerdos. ¡tamaña espada de Damocles! Y piensen, además, que todavía persisten en seguir en armas su Frente Primero (hasta ahora), el Eln, el Epl y las bandas criminales, aliadas a estos y a las Farc.


No y mil veces no.