Columnistas

Azares de toda consulta
Autor: Sergio De La Torre
25 de Septiembre de 2016


El plebiscito es un mecanismo de consulta de origen romano, al que, no obstante su denominación, no concurría la plebe, o plebeyos (estamento inferior que carecía de ciudadanía), pero sí los patricios, o clase superior.

El plebiscito es un mecanismo de consulta de origen romano, al que, no obstante su denominación, no concurría la plebe, o plebeyos (estamento inferior que carecía de ciudadanía), pero sí los patricios, o clase superior. Por esa vía se le preguntaba al pueblo algo que se reputaba crucial para su vida y destino, pero con la respuesta ya se contaba, dado que los ciudadanos, obedientes por costumbre, raramente se apartaban del criterio oficial. Se trataba de un formalismo, surtido para refrendar una decisión vital que, de hecho, ya estaba tomada en la cúpula, pero había que convalidar para darle mayor fuerza.


Fenecido el imperio romano el plebiscito se arrinconó hasta que, mucho después, Francia, tras su revolución, lo desempolvó con Napoleón, quien varias veces acudió a él para indagar, o hacer que indagaba, la opinión de los asociados en temas que él consideraba centrales. No olvidemos que el emperador, muy a pesar de su vocación militar e inclinaciones autoritarias, respetaba las instituciones vigentes y hacía cumplir la ley, a la cual era muy apegado, al menos en apariencia. Tanto que llegó a expedir el primer código civil que se conoció, llamado también “código napoleónico”, el cual todavía rige y sirvió de modelo a los que conoce el mundo y todas las naciones de estirpe judeocristiana adoptaron. Incluyendo el nuestro, redactado, a imitación del francés, por don Andrés Bello. Décadas más tarde y ya desaparecido Napoleón Iº, su sobrino Napoleón 2º (llamado “el pequeño” pese a su elevada estatura, o por ello mismo) también convocó un plebiscito para convertirse de presidente a emperador.


Así pues, restablecido el plebiscito romano, Francia usó y abusó de él en el siglo XIX. Y en la centuria siguiente De Gaulle de nuevo lo sacó del baúl aplicándolo en varias ocasiones para remodelar la república a su gusto. Hasta que, ¡oh sorpresa!, fue derrotado en alguno, referido a asuntos administrativos de poca monta. El pueblo lo aprovechó para darle una lección de humildad al patriarca impasible. O sea que pasada la revolución de mayo que estremeció a Francia, los ciudadanos, algo fatigados de la omnipotencia y perdurabilidad del General, quisieron recordarle a quién él se debía, provocándole un traspiés que él tomó muy en serio, optando por apartarse. Lo cual sorprendió al mundo más que a sus propios coterráneos, familiarizados con su proverbial orgullo. Acaso esa fue la primera vez que un plebiscito, perdido por quien lo agencia, ocasiona su retiro. Ello habla bien del General y de la democracia gala, pese al marcado acento cesarista (De Gaulle y Bismark en Prusia, a quien tanto se asemejaba, fueron ambos símbolos del llamado “poder personal” como forma de autocracia en la Europa moderna) que él le imprimió a su reinado en la Quinta República. Que fue la suya propia, diseñada a su imagen y semejanza, para ponerle fin al caótico y ya inviable régimen parlamentario que tras la Liberación se dieron los partidos en los primeros años de la postguerra


Francia, el país más respetuoso de las garantías para las minorías, es sin embargo el que más practica métodos de democracia directa como el plebiscito y el referendo, que pretermiten el Parlamento y el juego de los tres poderes controlándose entre sí. Y no siempre le va bien al Príncipe, como arriba lo hemos reseñado. Igual en Inglaterra, que acaba de ser víctima del nefasto plebiscito Brexit que la sacó de Europa, sin cuyo mercado, compenetración y comunidad de destino e intereses, los británicos muy probablemente entrarán en barrena.


En Latinoamérica, nuestro patio, mencionemos dos casos emblemáticos de plebiscitos fallidos para sus patrocinadores. El de Pinochet, que ocasionó su retiro. Y los de Venezuela, muy previsibles. El primero se lo robó Chávez en las narices de César Gaviria y Carter, testigos tan ciegos, sordos y mudos como Shakira. Y el otro, que no pudo amañar, y luego desobedeció su mandato ante la impavidez de un continente acobardado, o sobornado.


Ojalá el nuestro se gane. Así lo espero, a pesar de los bodrios que contiene. Pero para evitarle más grietas, o sorpresas desagradables, alguien debiera disuadir al presidente Maduro de ir mañana a Cartagena, pues su sola presencia allí apoyando lo acordado en La Habana, le restará votos al SI (cuántos no sé) dados sus salvajes tropelías del año pasado con los inmigrantes colombianos. Esas imágenes en nuestra memoria no se borrarán jamás.