Columnistas

Silencio
19 de Septiembre de 2016


Para pensar en Colombia es necesario vaciarse de Colombia y tomar distancia.

Diana Sofía Giraldo 


Para pensar en Colombia es necesario vaciarse de Colombia y tomar distancia.


La coyuntura política que estamos viviendo nos concierne a todos y a cada uno en particular, involucra nuestro futuro personal y colectivo. Por estas razones, se hace necesario acallar todos los ruidos. El de las noticias que polarizan, trivializan y dramatizan nuestra realidad, juegan con nuestras emociones, magnifican los miedos y minimizan los riesgos. Les colocan reflectores a las audacias que lo desdibujan todo, borran nuestros cimientos institucionales y desvalorizan la sensatez. Invocan la tolerancia para “intolerar” y la modernidad para borrar valores intrínsecos.


Una minoritaria élite liberal, colocada en los más estratégicos e influyentes círculos de poder, pretende cambiarlo todo en nuestra propia casa y sin nuestro consentimiento o con decoradores externos que se sienten legitimados para improvisar sobre nosotros y sobre nuestra historia, frente a nuestros ojos. Remodelan nuestra casa desde concepciones ajenas o simplemente deciden demolerla, sin siquiera preguntarle al propietario si está en capacidad de asumir los costos. La feria de las vanidades. 


Muchos se dejan llevar por la ilusión de un mejor entorno, inducidos por los espejismos de la propaganda, que lo puede todo y le pone color a la oscuridad de nuestros duelos como nación. Juegan con nuestras ilusiones.


Todo incita a que no logremos escuchar nuestra propia voz, Ahogada por la descalificación del contrario, que decía ser mi amigo y por los oportunistas de turno, que se precipitan en masa para subir al tren de la victoria, sin importar la dirección que este tome.


Lo que más duele es la instrumentalización del nombre de Dios, en esta couyuntura. Escuchar a un obispo afirmar que quienes voten por el no en el plebiscito son deshonestos o a un sacerdote sugerir que no vuelvan a pronunciar el Padrenuestro aquellos que no respalden el acuerdo, es un doloroso exabrupto. Es desconocer a los cientos de sacerdotes y purpurados que han transitado las periferias del dolor en la parte de Colombia herida por las Farc. Que acompañan a sus feligreses en la interminable espera de los hijos reclutados, de los esposos secuestrados, de las viudas vacunadas y que se ven hoy obligados a guardar silencio frente a unos superiores que durante estos años de negociación no dejaron oír su voz pública para exigirle a este grupo armado ilegal “pedir perdón a sus víctimas”. 


“Las víctimas están en el centro” nos repitió una y otra vez el slogan propagandístico de los acuerdos. Pues, señores, les llegó la hora de llenar esta afirmación de contenido. Más temprano que tarde, el mundo entero, al que se le ha dado licencia ilimitada para inmiscuirse en nuestros asuntos, podrá separar la verdad de la mentira y, con la autoridad que los invistieron, pedirán cuentas. En ese nuevo escenario, todos los reflectores dejarán al descubierto la verdad y ahí sí las víctimas estarán en el centro.


A dos meses de concluir el Jubileo de la Misericordia, interpelan las afirmaciones del Cardenal Walter Kasper, en su libro: “Misericordia”. “Una forma de seudomisericordia muy debatida en la actualidad consiste en proteger más al victimario que a la víctima en casos de injusticia... esa actitud es contraria al espíritu del Evangelio, que aboga por una opción preferencial por los pobres y los más débiles en cada situación concreta”.