Columnistas

La ra韟 del problema
Autor: Sergio De La Torre
18 de Septiembre de 2016


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Nunca los colombianos enfrentaron una disyuntiva tan difícil como la que tendrán que resolver el 2 de octubre. Ocasión crucial en la que se define nuestro destino mediante la adopción y el subsiguiente desarrollo, o no, de ciertas enmiendas o correcciones medulares que repercutirán, más hondo de lo que se avizora, en la fisonomía de la sociedad y el Estado. Baste saber que el campo colombiano (si se cumple lo prospectado en La Habana) ya no será el mismo de antes, que abonó las repetidas conflagraciones, grandes y pequeñas, que Colombia ha padecido a lo largo de su historia, sino otro bien distinto, con más productividad, mejores frutos y mayor equidad, donde nuestra ancestral vocación agrícola recupere su vigor. Pues el país rural terminó atrofiado por un cúmulo de deformaciones yuxtapuestas. Hoy si mucho tenemos una agricultura de subsistencia, que apenas alcanza para medio alimentarnos, cuando bien podríamos, en condiciones normales mínimas, si nos lo propusiéramos, abastecer el mercado externo no solo con los consabidos café, banano, ochuvas y flores sino con todo lo que compone la canasta familiar, o sea la dieta básica del hombre. Si Perú exporta mariscos, ¿por qué nosotros no podríamos volver a exportar carne, como lo hace Argentina?


Pero además la tierra, aquí como en el resto del mundo civilizado, debiera devolver en impuestos algo de lo que recibe de la sociedad y del Estado como fruto del esfuerzo colectivo, del trabajo común de todos los asociados, y de la inversión oficial en carreteras y obras públicas. Las cuales, por obra del progreso que así jalonan, incrementan el valor de esa tierra en provecho de una casta de mandarines que no contribuyen siquiera con el impuesto predial que se nos cobra a todos en las ciudades. Porque así como hay desigualdad entre la Colombia urbana y la rural a favor de la primera, en contrapartida también la hay, y en proporción escandalosa, entre el estrato 6 de las ciudades y los grandes propietarios del campo que, repito, se aprovechan del desarrollo general sin contribuir a él, ni a sus habitualmente paupérrimas municipalidades con un gravamen predial mínimo, el que aportan, verbigracia, todos los terratenientes y ganaderos del planeta en su localidad respectiva. 


La alarma de quienes siempre - y todavía - se lucran del status quo, a todas luces es exagerada. En parte es fingida, para posar de víctimas y así conmover a la sociedad. Y en parte es genuina, porque no están acostumbrados a que los graven. En el “desarrollo rural integrado” previsto, y así llamado en los acuerdos de marras, no hay la expropiación (ni siquiera con la debida indemnización esperada) de feudos o latifundios, así sean improductivos, propia de toda reforma agraria convencional y moderada, como las que aquí intentaron en los años 36 y 67 López Pumarejo y Carlos Lleras, y que fueron abortadas por la casta rentística y amodorrada, que no cede nada en sus privilegios. O como las que conocieron todos los países del continente mediando el pasado siglo, gracias a las cuales se ahorraron la violencia de una guerrilla y de su contraparte. La misma que sufrió Colombia a causa del proverbial egoísmo, la estrechez de miras y la poquedad de su dirigencia tradicional. 


Lo que se propone pues dicho acuerdo es el retorno y reubicación de los campesinos desalojados, que se cuentan por millones, pero, es de suponer, solo se acogerá al beneficio una parte de ellos. Reubicados en predios y baldíos propiedad del Estado, sin despojar a nadie. Formalizándolo todo para que, debidamente escriturado y registrado, quede en firme. Añadiéndole, desde luego, asistencia técnica, crédito e infraestructura, en lo posible. Nada pues que justifique la algarabía, real o teatral, que ahora se despliega, anunciando, de mala fe, el apocalipsis de Colombia en medio de un infierno chavista que acabará con la propiedad privada y el libre mercado, sumiéndonos en la miseria y la ruina en que se debaten Venezuela y Cuba.


Lo nuestro apenas sería, cuando mucho, una reforma agraria parcial, progresista, “democrático-burguesa” (como la llamarían nuestros prosélitos del marxismo recitado en las cafeterías) una reforma, digo, de un régimen de tierras desueto, semifeudal. O lo hacemos ahora, aprovechando la coyuntura de la paz y reinserción guerrillera pactadas o volveremos a la violencia cíclica generalizada que nos singulariza como el país más primitivo de la región. Ya volveremos sobre este tema que tanto escuece, siendo, como lo es, la quintaesencia de lo pactado.