Columnistas

Único país donde se pregunta si queremos vivir en paz
Autor: Alejandro Garcia Gomez
17 de Septiembre de 2016


Poco después de que Álvaro Uribe se estrenara como expresidente, cuando ya la Justicia ponía en la mira a Uribito, a Ma. del Pilar Hurtado, a Sabas Pretelt, etc.

Poco después de que Álvaro Uribe se estrenara como expresidente, cuando ya la Justicia ponía en la mira a Uribito, a Ma. del Pilar Hurtado, a Sabas Pretelt, etc.; cuando su ahijado JM Santos, a quien sus votos habían llevado a la Presidencia, tendía una cerca definitiva con los apegos hacia su mentor –desde el discurso de posesión y su alusión a “la llave de la paz”-, Uribe comprendió que definitivamente había caído su omnímodo poder de ocho años. Sabía, eso sí, que si bien había perdido la cabrilla del carro, aún era muy poderoso en la vía. Con la transparencia de alma que lo caracteriza, apeló a la estrategia que tenía a la mano: estrenaría su twiter atravesando obstáculos y palos a la rueda. Se interpondría a todo, a cualquier nueva disposición del gobierno de su exahijado: si algo era blanco él tenía el suficiente poder para “demostrar” a los suyos –asesorado por los mismos sofistas expalaciegos- que era negro y le creerían; si para el odiado gobierno era una recta, él y ellos probarían que era curva; y curva sería. En cuanto al Legislativo, construiría su empresa, un partido para arrasar en el Congreso, con él al frente para que nadie se saliera de la fila. La táctica con el Poder Judicial sería: si la justicia implicaba a sus excolaboradores, o si eran inculpados algunos de sus amigos, la regla sería “demostrar” que había una persecución política  contra él o contra los suyos, incluidos familiares, políticos, magistrados, etc. Indiscutible sería que la fuga de varios de ellos, del país, era una consecuencia más de esa persecución política.


Fue entonces cuando “supo” de unos diálogos secretos llevados a cabo entre el Gobierno y las Farc para unas posibles negociaciones del fin del conflicto. Nunca reveló sus fuentes ni nadie ha podido siquiera suponerlas. Más “twiterazos” para el escándalo. Pero la audiencia fue escasa y no logró abortar el proceso de paz que aún no había nacido. En el anterior artículo señalé cómo hasta columnistas de extrema derecha le recordaron que ese era un deber constitucional de todo presidente: la búsqueda de la paz. Él mismo lo había intentado con idénticos colaboradores –frustradamente- al final de su mandato. El país, agobiado de la guerra, y el mundo entero –EU, Cuba, Europa, Venezuela, etc.- no sólo aplaudieron la noticia sino que algunos se ofrecieron como garantes. 


Perdido ese round montó táctica para otro: el supuesto debate. Declarar que él y los suyos sí querían la paz pero “sin impunidad”. En boca de él esta afirmación sonó a verdad transparente. Nadie supuso cinismo. Esta controversia nos tiene a nosotros los colombianos como los únicos terrícolas -de cualquier época histórica- a quienes se les hace la extraña pregunta de si aprobamos o no el vivir en paz. 


No somos ilusos. No consideramos jueguito de niños los crímenes de lesa humanidad de las Farc ni deseamos las ruinas económicas castristas ni chavistas. Toda dictadura es ruina económica o moral o ambas. Pero hay que abrirnos a esta oportunidad. Volver a empezar un nuevo país conociendo la verdad, exigiendo la no repetición, la reparación y con la justicia bajo los estándares internacionales. Algo que jamás sucedió en 1956 en el pacto de Benidorm para acabar La Violencia, cuando se estableció el llamado Frente Nacional entre las derechas colombianas, la liberal representada por Alberto Lleras y la conservadora por Laureano Gómez. Eso nos llevó a lo que hoy tratamos de sanar y cicatrizar. No somos ilusos. Somos soñadores, pero con los pies sobre la realidad, la nuestra eso sí.


A sabiendas de que no hay ni habrá otro proceso hasta después de muchos años y miles de muertos más, usted, ¿quiere vivir en paz aquí y ahora?