Columnistas

La enfermedad del poder en Colombia
Autor: Omaira Martnez Cardona
14 de Septiembre de 2016


La hibris es un concepto moral heredado de los griegos que representa la desmesura, una especie de falta de control que se sufre sobre los propios impulsos provocando acciones irracionales y desequilibradas.

La hibris es un concepto moral heredado de los griegos que representa  la desmesura, una especie de falta de control que se sufre sobre los propios impulsos provocando acciones irracionales y desequilibradas. 


Hoy, se ha convertido en un síndrome conocido como la enfermedad del poder que aunque puede atacar a cualquiera, es más común en gobernantes de toda índole que quedan en la memoria de los pueblos por sus acciones desmesuradas, los delirios de grandeza y la testaruda obsesión de satisfacer sus caprichos así todos les adviertan sobre los errores que cometerán.


El síndrome de hubris como se conoce actualmente se reconoce entre otros síntomas por el ego desmedido de quienes lo padecen, convencidos de que poseen dones especiales con los que pueden realizar cosas extraordinarias. El poder es el virus que activa esta enfermedad que junto a la megalomanía que es otro síndrome psicopatológico, se manifiesta en fantasías delirantes de poder, omnipotencia,  perversidad y un narcisismo desbordante que puede terminar en autodestrucción o pérdida total de la cordura. 


Y aunque parezca broma, cualquier parecido con la realidad no es coincidencia, este mal que es más común de lo que se cree está en Colombia, una nación donde el poder no sólo corrompe sino que corroe y envilece, un pueblo que mientras se desbordada en recursos, fiestas y en triunfos por el deporte que es uno de los sectores menos estimulado, también se extingue por los caprichos del poder. Pero  más incomprensible aún es que los infectados con este síndrome terminan saliéndose con la suya porque nadie se interesa en las repercusiones de sus actos. Hacen lo que les da la gana como el presidente colombiano, no temen ser ridiculizados ni a perder la credibilidad y confianza de sus pueblos porque se blindan con una fachada que esconde despotismo, coerción, soberbia y grosería.


Entre muchos ejemplos, la mitología da cuenta de la historia de Ícaro quien no tuvo en cuenta la advertencia de su padre de no volar más allá de los límites con las alas que le había fabricado para huir y cuando  el joven altivo y arrogante insistió en volar tan alto como los dioses para llegar al Olimpo, el sol derritió las alas y cayó. 


La lista de los afectados por este virus así como sus catastróficas acciones es interminable y llena de excentricidades con las que han hecho lo que se les ha dado la gana. La han padecido desde monarcas y dictadores esquizofrénicos hasta asesinos en serie que han exterminado a pueblos enteros bajo una ideología excluyente  o políticos y gobernantes modernos como Nyazov,  quien fue presidente de Turkmenistán, un pequeño país en Asia central, recordado como uno de los más excéntricos y absurdos no sólo por autoproclamarse como presidente vitalicio lo que no es novedad en estos tiempos, sino  porque cambió el nombre de los meses, decretó un nuevo ciclo vital y obligaba a sus ciudadanos a leer un tratado político espiritual que los llevaría directamente al paraíso. 


No se ha encontrado todavía una cura para este padecimiento que se está esparciendo rápidamente dejando millones de afectados en todo el mundo, estados derrocados, saqueados,  arruinados, países empeñados al mejor postor y sin el más mínimo asomo de esperanza.  


Vale la pena y es urgente poner más atención a las consecuencias de un poder mal ejercido y dominado por delirios de grandeza y un afán desmedido a ser recordado como quien logra un proceso de paz disfrazado de corrupción, impunidad, censura y  con unas alas que posiblemente sean más frágiles que las de Ícaro. 


Debería descubrirse un antídoto o un tipo de prueba que permita detectar a tiempo este virus que una vez entra en la mente y el corazón de quienes lo padecen, es nefasto y hace  metástasis rápidamente.