Columnistas

agamos la guerra pero con hijos ajenos!
Autor: Alejandro Garcia Gomez
10 de Septiembre de 2016


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Ah fácil -¿y placentero para algunos?- que resulta sentarse cada noche frente al televisor y compartir el tiempo –en familia o amigos- recontando los mutilados o los muertos ajenos! ¡Ah fácil que es mandar desde ese abollonado sillón un indiferente madrazo “¡para todos estos hp!”. Insulto extensivo para el entonces mindefensa del gobierno Uribe, el mismo que se dio cuenta de que jamás se les exterminaría o se les rendiría incondicionalmente, como fue la inicial idea de ese gobierno. La guerra, entonces, se había hecho con el máximo presupuesto de la historia -el del país sumado al que le dejó Pastrana con el fallido Plan Colombia-, por dos períodos presidenciales  y con todas las armas, legítimas e ilegítimas (falsos positivos, etc). 


He sostenido que Colombia es quizá uno de los pocos países en donde jamás se ganaría una guerra interna con el exterminio o rendición del contrincante. Lo demostró la Guerra de Independencia. La historia señala que la rebatiña de intereses de la Patria Boba había diezmado las defensas de ese naciente país, Nueva Granada, y que ya Bonaparte había sido expulsado de España. Vuelto al trono, Fernando VII estaba dispuesto a retomar sus colonias y ordenó a Pablo Morillo hacerlo. Con las defensas abajo, vino el Terror para la nueva nación, que es como se conoce esa época. Entonces los diezmados ejércitos patriotas se replegaron hacia donde sería imposible su exterminio: la Amazonia y la Orinoquia. Allá se reorganizaron y desde allá retomaron la historia que aprendimos en nuestros años escolares. 


En el s. XX ocurrió igual con las Guerrillas de Llano (Aljure, Salcedo, etc), hasta que el dictador Rojas Pinilla los sedujo y los traicionó. Las Farc copiaron esa táctica guerrera, aplicando las nuevas técnicas y tecnologías de hoy. Esto debe conocerlo Uribe, o al menos eso se espera. Lo saben los generales colombianos y lo supo el entonces Ministro de la Guerra, JM Santos. 


Quizá esta fue una de las razones que lo impulsaron a jugarse su carta personal -escondida bajo la manga, claro- del actual proceso de paz. Comenzó a negociar con los mismos colaboradores con los que había fracasado Uribe en la segunda parte de su segundo mandato, cuando aceptó la imposibilidad de exterminarlos o rendirlos. Se sabe que les hizo propuestas, pero quizá a los farianos no los conocía tan bien como a los paras -con quienes lo logró- o quizá aquellos no confiaban tanto en él como sí los paras.


Una vez posesionado, Santos comenzó el acercamiento, representado por su hermano Enrique. De inmediato, a Uribe lo enteraron las mismas “fuentes” que nunca ha revelado. Vino entonces su primera andanada: que el presidente a quien él mismo había llevado al solio con los votos de sus gentes, andaba explorando un proceso de paz con las Farc. Desde entonces comenzó a resonar la dialéctica uribista del insulto contra el proceso de paz.  La parte mayoritaria del país, la que se sentía cansada de la guerra, respondió complacida a Santos. Periodistas de extrema derecha como María Isabel Rueda, en su columna de El Tiempo, fueron más allá. Ella le argumentó a Uribe que la búsqueda de la paz era el deber constitucional de todo presidente. 


Muchos de los que hoy despotrican desde sus tibios lechos abrazados de su mujer o de su amante, jamás estarían de acuerdo con que sus hijos e hijas, familiares y amigos cercanos fueran a poner los muertos y los mutilados a la guerra. ¡Cuántos de ellos mismos, jamás han prestado el servicio militar obligatorio! Como la mayoría, con el pago de alguna coima a algún oficialillo, también lo obviaron. 


Sigo convencido con R. Uprimny: “prefiero una paz imperfecta a una guerra perpetua”, con los hijos ajenos, agrego yo.