Columnistas

Aprender a pensar
Autor: Juliana González Rivera
8 de Septiembre de 2016


Se habla mucho otra vez en estos días de David Foster Wallace, cuando se cumplen veinte años de la publicación de su libro más conocido, La broma infinita. A Wallace se llama “el Kurt Cobain de la literatura”.

Se habla mucho otra vez en estos días de David Foster Wallace, cuando se cumplen veinte años de la publicación de su libro más conocido, La broma infinita. A Wallace se llama “el Kurt Cobain de la literatura”. Se suicidó a los 46 años en su domicilio de Claremont, California, poco después de que la revista Time considerara La broma una de las cien mejores novelas del siglo XX en inglés y que la crítica lo calificara como uno de los escritores más influyentes de los últimos cincuenta años. 


Wallace abordó el malestar de nuestra época: del exceso de información a la influencia de las multinacionales y las corporaciones financieras, de la cultura pop a la industria del entretenimiento, del deporte, la música y las drogas a la soledad del ser contemporáneo. 


Pero a mí, de toda su producción, me interesa sobre todo el único discurso que dio en su vida, el que pronunció en la ceremonia de graduación de Universidad de Kenyon ante un auditorio de alumnos embelesados. Es una conferencia sobre la importancia de las Humanidades, sobre “aprender a pensar”, como él lo llamaba.


Damos todos por hecho que sabemos pensar. Pero dice Wallace que no se trata de la capacidad de hacerlo, sino de una elección: en qué pensamos, y cómo lo hacemos. Y cuenta una historia: Hay dos tipos en un bar en Alaska. Uno es religioso y el otro, ateo. Discuten sobre la existencia de Dios. El ateo le dice: “Mira, no es que no tenga razones para creer. El mes pasado me pilló una tormenta de nieve, a 10º bajo cero y estaba completamente perdido. Entonces me arrodillé y grité: Dios, si existes, ayúdame, porque de lo contrario voy a morir”. El religioso mira al ateo y le dice: “Pues entonces debes creer en Él. Al fin y al cabo estás vivo para contarlo”. Pero el ateo rueda los ojos y le responde: “no, amigo, lo único que ocurrió fue que pasaron unos esquimales y me explicaron cómo volver al campamento”. 


Para Foster Wallace ésta es una muestra de cómo una misma experiencia puede decir cosas completamente diferentes a dos personas, dependiendo de las creencias y de la forma que tenga cada uno de construir sentido a partir de la experiencia: “Creemos que la forma en que construimos sentido es fruto de una elección personal e intencionada, de una decisión consciente”. Y además está la arrogancia: el ateo rechaza con una confianza completa toda posibilidad de que los esquimales hayan aparecido como resultado de su plegaria, y la mayoría de los religiosos, de igual manera, están arrogantemente seguros de sus interpretaciones, con una fe ciega y una cerrazón mental que es en realidad una cárcel en la que el prisionero ni siquiera sabe que está encerrado. 


Ahí radica entonces la importancia de las Humanidades, dice el escritor: éstas nos enseñan a pensar, a ser un poco menos arrogantes, a tener una consciencia crítica sobre nosotros mismos y nuestras certezas: porque un gran porcentaje de las cosas de las que estamos seguros resultan ser completamente erróneas y fruto del autoengaño, entre otras razones porque todas esas creencias que consideramos tan nuestras, desde las que miramos el mundo, en realidad no son propias, sino heredadas: de la cultura, la patria, la familia, el entorno. Si rezamos o no depende de todo eso, igual que el equipo de fútbol, la comida favorita y hasta las preferencias políticas. 


Pero aprender a pensar implica precisamente quitarnos esa configuración por defecto. Eliminar nuestra visión egocéntrica y aprender a usar la cabeza. Mirar lo que pasa delante, y no lo que me pasa a mí, lo que yo siento. Aprender a pensar, dice Wallace, es en realidad tener el control sobre cómo y en qué pienso. 


Ahí están por ejemplo las rutinas, las pequeñas frustraciones de los días, el aburrimiento. Y ahí comienza la tarea de elegir: en qué poner la atención y qué pensar al respecto. Se puede ser hijueputa o ser empático después de un mal día. Pero uno es resultado del pensamiento automático y el otro, fruto de una decisión racional. Y no se trata de un consejo moral, sino de recordar que ante cualquier situación tenemos opciones. En un mundo que se mueve por el ansia, el miedo, la frustración y la adoración de uno mismo, cada cual decide qué dioses adorar –el dinero, el cuerpo, el poder, el intelecto–, y todo eso no es que sea malo, sino que es inconsciente, por defecto. Y lo peor es que todos creemos que somos libres, que toda nuestra batería de creencias las hemos decidido nosotros. 


Por eso en aprender a pensar está la auténtica base de la libertad, porque ese que aprende, en lugar de estar proclamando todos los días sus creencias, se cuestiona permanentemente su sistema de valores e ideas, por qué dice, piensa o hace esto o aquello. 


Lo malo es que esto requiere esfuerzo, disciplina. Y de ahí que tan poca gente lo haga, porque es más sencillo hacerlo de forma automática, mirándose uno todo el tiempo el ombligo. Y basta mirar todos los días los posts en las redes sociales para darse cuenta de algo que es realmente una pena: teniendo un abanico infinito de opciones, la mayoría elige no usarlas, y se quedan con la configuración por defecto. Y nos sentimos al mismo tiempo tan libres…