Columnistas

Impedidos de leer
Autor: Manuel Manrique Castro
7 de Septiembre de 2016


Mientras más avanzan conocimiento y tecnología, menos se entiende por qué subsisten situaciones adversas al bienestar y realización de derechos de las personas, como sucede con el analfabetismo,

Mientras más avanzan conocimiento y tecnología, menos se entiende por qué subsisten situaciones adversas al bienestar y realización de derechos de las personas, como sucede con el analfabetismo, una realidad reñida con nuestra época, incompatible con la democracia y sinónimo de oscuridad permanente para quienes tienen negada la posibilidad de acceder a la riqueza de cultura depositada en los textos o de comunicarse, utilizando la escritura, por alguna de las tantas vías ahora disponibles. Como mañana se conmemora el 50 aniversario del Día Internacional de la Alfabetización bien vale la pena enfatizar su importancia y significado. 


La condena que trae aparejada el analfabetismo se multiplica exponencialmente a la luz de las inagotables puertas de acceso al conocimiento y disfrute, producto de las nuevas tecnologías, que quien sufre esta injusticia no podrá aprovechar. 


Este es uno de los tantos casos en que sólo la combinación de voluntad política y persistencia por parte del Estado consigue el objetivo de la erradicación. Hemos aprendido también que no es suficiente detenerse cuando el objetivo poblacional haya sido alcanzado. Es indispensable evitar el retroceso, siempre amenazante, especialmente en las regiones alejadas donde no es habitual el acceso a materiales que preserven y amplíen el interés por la lectura. 


Aunque la educación es asunto de todos los días en Antioquia y Medellín y durante los últimos 4 años el departamento se autodenominó como el más educado de Colombia, el analfabetismo sigue siendo una herida social antagónica a tan legítima e incumplida aspiración. En 1985, el 13,5% de la población colombiana de 15 años o más no sabía leer ni escribir, en 2003 esa cifra se redujo a 7,6% y el 2014 estaba en 5,7. En Antioquia, en 1985 el analfabetismo llegaba a 8,7%; pasó a 5,8% en 2003 y hace dos años sólo había disminuido al 5,7, lo que significa que en más de una década disminuyó su tasa sólo en una décima y escasos 3 puntos en 29 años. En las cabeceras rurales supera el 10% y entre la población rural dispersa es superior al 20%


Otros departamentos con menores condiciones de desarrollo relativo que el nuestro, como Nariño, pasaron de 20,4% el 85 a 8,4% en 2014. Lo mismo sucedió con Cauca, Boyacá, Bolívar y Norte de Santander. Aunque hay departamentos que hicieron la tarea mejor que otros, las cifras nacionales y, desde luego, las de Antioquia, dejan mucho que desear y no sólo son incongruentes sino inaceptables en la realidad departamental de hoy. 


Cuando hace algunos días se anunció el fin de los diálogos de paz de La Habana y que el Acuerdo final constaba de 297 páginas, la recomendación inmediata y reiterada a toda la población fue que se leyera para estar todos debidamente informados sobre su contenido y todos pudieran por lo tanto, votar con propiedad en el plebiscito, previsto para el próximo 2 de octubre, que confío será favorable al sí. Los enconados debates entre partidarios y detractores del proceso de paz, tan divergentes en tantas cosas, coinciden, eso sí y con toda razón, en que los acuerdos deben ser leídos. Sin embargo, casi 3’000.000 de analfabetos en Colombia, 250.000 de ellos en Antioquia, no podrán cumplir la tarea porque son iletrados. 


Esta situación no puede prolongarse por más tiempo; con mayor razón ahora que el país está a punto de abrir una nueva página de su historia por lo que vendrá después del plebiscito. 


Con buen tino, la actual administración departamental ha puesto el analfabetismo entre sus prioridades y esperemos que la meta de erradicarlo para el 2019 se cumpla porque se trata de una impostergable urgencia nacional. Si en tres décadas la reducción fue mínima, su eliminación en 4 años se torna tarea titánica aunque no imposible, como más de una experiencia lo ha demostrado.