Columnistas

Humanidad
Autor: Santiago Ortega
7 de Septiembre de 2016


Todavía me acuerdo de la escena. Me temblaban las manos y yo estaba sentado en una cafetería sucia tomándome un juguito tampico, que me sabía más maluco que cualquier cosa que me había tomado en la vida.

Todavía me acuerdo de la escena. Me temblaban las manos y yo estaba sentado en una cafetería sucia tomándome un juguito tampico, que me sabía más maluco que cualquier cosa que me había tomado en la vida.  En mi mesa había un tipo calvo y moreno, y afuera estaba parado otro más joven, con una expresión distraída.


Quince minutos antes, tres tipos me habían abordado y amenazado en la calle, y me obligaron a entrar a esa cafetería. Uno de ellos me quitó las tarjetas, me pidió las claves y salió, mientras los otros me cuidaban para que no me fuera a ir a ninguna parte. 


El calvo me decía que me calmara y que me tomara algo, que él invitaba. En ese momento yo solamente pensaba en mi futuro inmediato, y me imaginé secuestrado en una casa campesina a las afueras de Medellín.  Al verme tan nervioso, decidió empezar a conversarme. “Cuénteme de usted. ¿Usted que hace?”


En ese momento yo era un estudiante de octavo semestre de ingeniería civil, y nunca me había pasado una cosa así. Me preguntó más cosas sobre mi vida y mi familia, a las que traté de responder con la menor información posible. Le dije que vivía con mi mamá y con mi hermano, que también estudiaba ingeniería. Luego, me preguntó por mi papá. Aunque mantengo la mejor relación del mundo con él, me atreví a jugar una carta emocional.


“No hermano, es que mis papás son divorciados…” Se lo dije dejando la frase en el aire, fingiendo una sensación de abandono y tristeza. En ese momento pasó una cosa rarísima, y empezó una de las experiencias más singulares que he tenido.


Este tipo se abrió completamente conmigo. Empezando con un “¡los míos también!” empezó a contarme de su infancia en Cimitarra, un pueblo en el Magdalena Medio, y de cómo tuvo una infancia difícil porque su papá le pegaba a su mamá, hasta que ella se lo llevó de la casa cuando tenía 6 años. Años después, en su juventud o adultez, se vinculó a un grupo paramilitar. 


“Vea como es la vida, mi cucho era del ejército y yo salí paramilitar.” 


Me contó también lo difícil que era tener una pareja con esa vida, andando de pueblo en pueblo y sin estar mucho rato en ninguno. Yo le conté mis propios dramas amorosos de universitario. La conversación empezó a migrar y tocamos temas de política (le puede explicar por qué no me gustaban las políticas de Uribe), de armas de fuego (el joven que estaba afuera entró, y entre los dos me dieron una cátedra completa), de salarios de estudiantes universitarios (“¿usted gana tan poquito?”) e incluso terminamos hablando de ingeniería.


Todavía puedo verme en esa cafetería, explicándoles a estos tipos con los dedos como se “cose” un túnel con varillas de acero y el problema que representa el agua en una obra de estas. Los dos me miraban con los ojos como platos.


Finalmente llegó el otro. Resulto “que yo no era el que estaban buscando” y que me iban a dejar ir con toda mi plata (como ño moñito). Salimos de la cafetería y nos despedimos en la calle. 


En ese momento miré al calvo a los ojos, que me decía: “Usted es una persona muy buena, perdónenos por esto”. A lo que le respondí, esta vez sin fingir absolutamente nada, “Hermano, me hubiera encantado conocerlo en otras circunstancias.”


En todos es posible encontrar algo que nos hace humanos. 


* Profesor, Universidad EIA