Editorial

Fundamentalismo francés
6 de Septiembre de 2016


Los musulmanes retan a una Eu- ropa acostumbrada a la asistencia en ultramar, no sólo a cobijar sino también a ofrecer respeto a sus nuevos habitantes

Una prohibición radicalizada hasta el desconocimiento intencionado de parte de autoridades civiles a mandatos judiciales, es la más reciente manifestación de un nuevo fundamentalismo ideológico en Francia. Se trata de la segunda ola de restricciones a la exhibición pública de signos de identidad de los islámicos europeizados. En 2004, los galos dieron un duro debate sobre el imperio del laicismo, que se zanjó prohibiendo a las estudiantes musulmanas llevar sus prendas con significaciones religiosas en las escuelas. En 2016, algunas autoridades municipales volvieron sobre prohibiciones, esta vez cuestionadas por radicales e intolerantes, como fundamentalistas.


Todo comenzó con el horrible atentado de Isis en Niza, el simbólico 14 de julio. El sacrificio del terrorista, un marroquí habitante francés, y de 86 celebrantes durante la “Fiesta de la Federación”, sirvió de excusa al alcalde de la turística ciudad de Cannes para prohibir el uso del burkini en las cotizadas playas de ese destino de la Costa Azul. La restricción, que muchos tomaron como otra muestra de desprecio de algunos franceses por los musulmanes, ha encontrado sustento en el temor a que el verano francés fuese empañado por otro ataque terrorista contra civiles o por excesivas manifestaciones de radicales religiosos. Tan delicada explicación encontró eco en otros alcaldes de aprestigiados destinos costeros, al punto de que casi dos decenas se sumaron al veto a las musulmanas con burkini. También recibió, y aún cuenta con él, apoyo del socialdemócrata Manuel Valls, primer ministro francés, que declaró al burkini como “una provocación. Es el islamismo radical que surge y quiere imponerse en el espacio público”. 


La presencia de mujeres ataviadas con una prenda diseñada en 2004 en Australia para que fuera usada por deportistas que querían comodidad sin perder la modestia que quieren preservar, o para proteger su piel, sirvió para argumentar el miedo. También, para la radical defensa de su libertad por el Consejo de Estado de Francia, que el pasado 27 de agosto les recordó a los prohibicionistas que carecen de potestad para perpetrar “un atentado grave y abiertamente ilegal contra libertades fundamentales, como la libertad de movilización, la libertad de conciencia y la libertad de expresión”. Consecuentemente, el tribunal administrativo levantó la prohibición decretada por el alcalde de Villanueva-Louet, así como las de restantes ciudades.


La decisión, todavía no ejecutada plenamente, y a punto de entrar en suspenso por el otoño, gracias a la rebeldía de algunos de los alcaldes, sacó el debate de las tribunas europeas, donde se había concentrado el análisis sobre si era posible generar límites a la libertad. Con el pronunciamiento del tribunal se sumaron las voces de activistas de los derechos de la mujer, principalmente habitantes del mundo islámico que libran difíciles campañas para reclamar igual acceso a sus derechos, o sea ser liberadas de prohibiciones visibles, como no estar descubiertas cuando se encuentran en espacios públicos, pero también los de acceder a igual educación, iguales posibilidades de trabajo y, por supuesto, a participar en las decisiones públicas. Razonablemente, personalidades como la bloguera Ameena al Mansoori, habitante en Emiratos Árabes, reclama por un exagerado debate que deja dudas sobre la adhesión europea a los principios liberales, sobre todo cuando, señala, “se juzga y se etiqueta a la gente por cómo se viste”.


La discusión está servida como otro de los importantes elementos producto de la pérdida progresiva de certezas de un continente que se ve enfrentado a proteger a centenares de miles de ciudadanos que arriban después de haber sido expulsados, por el miedo o por la necesidad, de sus países natales. En las costas donde zozobran, en los refugios donde se amontonan o en las playas donde se demuestran ya parte de ese mundo, los musulmanes retan a una Europa acostumbrada a la asistencia en ultramar, no sólo a cobijar sino también a ofrecer respeto a sus nuevos habitantes. Bien dijo el diario Le Monde que estas mujeres con traje especial retan “los principios que fundamentan el laicismo”, valor, que, agregó, garantiza que “la libertad religiosa es la regla y la República se honra en respetarla, en tanto el orden público no sea amenazado. Y no se ha demostrado que lo esté por las exóticas bañistas.