Palabra y obra

If Jorge leaves, he takes Ethel and the whole chronicle of a legacy with him
Si Jorge se va se lleva a Ethel y toda la crónica de un legado
Autor: Daniel Grajales
2 de Septiembre de 2016


Ethel Gilmour y Jorge Uribe escribieron un capítulo en el arte nacional, que podría olvidarse si funcionarios e instituciones no se preocupan por salvaguardarlo.



La pareja en la década de 1990.

En el hall de recibo, esos escasos tres metros que dan la bienvenida a la casa de Ethel Gilmour y Jorge Uribe, se puede cerrar los ojos y pasar una estancia momentánea en el cielo. Allí están pintadas las nubes, los ángeles, las alusiones a la paz que ella quiso tener como decoración en la entrada de su casa, con lo que comienza, antes de que se abra la puerta, un recorrido por la historia de quienes dijeron mucho de la realidad política del país desde la década de 1970 y hasta hace ocho años, cuando ella se fue de la vida. 


Sentado en un sofá, desde el cual puede ver todo el Parque de Bolívar, en pleno Centro de Medellín, a través de un amplio ventanal, Jorge Uribe recuerda un amor que no muere. Como lo expresan las personas que trabajan para él, su enfermera y empleada doméstica, desde aquella partida de la que tiene la culpa un cáncer, Jorge ha querido que “todo se mantenga como cuando ella estaba viva, que no se cambie nada”, convirtiendo el espacio en un museo vivo, con una mística que, según él mismo, “hace que todo el que venga sienta la energía de Ethel, sienta como si ella estuviera viva, como si estuviera aquí”. 


Quizás una hoja de papel, a puño y letra de Ethel, que indica cómo se debe montar una de sus últimas series, en la que se plasmó la muerte de Guillermo Gaviria y Gilberto Echeverri, como también el desplazamiento y las desapariciones, indique que en su casa está guardado mucho por conocer de su obra. Sin embargo, entre los varios talleres de artista que la pareja construyó, sus corredores decorados con obras de ambos, su alcoba, sus depósitos de obras de arte y su cocina, se murmura que muchas historias ya no se contarán más desde allí. 


Hay mal contadas diez cajas de cartón en su biblioteca y dentro de ellas guardan el secreto de una mudanza, dicen que se prepara un éxodo en el que el legado de Ethel y Jorge parece ser el pasajero que ha comprado un tiquete por el precio del tiempo, la salud y, en parte, el olvido. 


“Sí, me quiero ir a Jericó. Estoy esperando aliviarme, para hacer el viaje”, asegura Jorge, unos minutos después de aceptar que “muchas cosas de aquí, todas las cosas de aquí mejor dicho, me hacen sentirla viva, como esos pocillos con besitos en los que me llevan el café en la mañana. Me encanta sí dejar el Centro, porque se volvió muy peligroso, aunque toda la vida viví en el Centro de Medellín y claro que me da nostalgia”. 


No es sólo un viaje del alma de una mujer amada y el cuerpo de un hombre que no la olvida, que con lágrimas en los ojos dice admirarla, es un éxodo que lleva a espaldas obras de arte, objetos personales, el peso de la historia del país pintada en colores pasteles con la dureza de su realidad, con la carga de que su amor venció el narcotráfico y la violencia, pintando para no olvidar. 


Las puertas para que Jorge, Ethel, su obra y su legado se queden en Medellín no están cerradas. Ya se está gestando un proyecto que busca salvaguardar, difundir y cuidar la trayectoria de ambos. 


Así lo confirmó Imelda Ramírez González, doctora en Historia del Arte, investigadora y experta en la obra de Ethel, quien trabaja en conseguir un lugar para la producción de los creadores y la estancia de Jorge.


“Ya se formalizó la Corporación Casa de Ethel y Jorge Museo de Arte, a la que Jorge donó toda la obra de Ethel, con escritura pública que se hizo el 18 de agosto. En un principio, con Roberto Ojalvo, director del Museo de Arte de Jericó, luego de una exposición allá, pensamos que sería muy bueno hacer una Casa Museo de los dos en Jericó, porque en vista de que a Ethel y Jorge les gustaban mucho los pueblos y Jorge se quería ir para Jericó, sería positivo tener un lugar de los dos en Jericó. Luego, por la enfermedad de Jorge en diciembre, todo estuvo aplazado, pero ya creamos la Corporación, en este momento estamos analizando unas posibilidades, mirando qué hacer”, detalla Ramírez González.


Así se ve uno de los talleres que hay en la casa de Jorge y Ethel, en los que están muchas de las obras de la artista. 


Aunque Jericó podría ser el rumbo, “hay otras alternativas, estamos en un periodo exploratorio. La casa de ellos en Medellín queda en un edificio y un apartamento en un edificio no se hace público, para realizar el proyecto aquí necesitaríamos una casa en la ciudad, quisiéramos que la Alcaldía nos apoye. Estamos haciendo cartas, pidiendo citas, debemos hacer todo un movimiento, lo que Jorge dice es que sea una casa como su apartamento pero en otro lugar”, agrega. 


De acuerdo con ella, son “547 obras de Ethel las que hay en su casa, entre dibujos, esculturas y pinturas, de las cuales ya se hizo la donación a la Corporación”. Enfatiza que “en vista de que Jorge está en esas dificultades de salud, sería rico que Medellín recibiera esa obra en otro lugar, donde pudiera ser una Casa Museo”. 


¿Por qué son importantes el 


arte y el amor de Jorg e y Ethel?


De acuerdo con Imelda Ramírez González, la única biógrafa de Ethel Gilmour, esta artista plástica nacida en Cleveland, Ohio (Estados Unidos), arribó a Colombia en 1970, “vino en busca de su amor, Jorge Uribe, a quien conoció tres años antes en un viaje en tren de París a Moscú”. 


Ethel, quien se había formado “como licenciada en Bellas Artes del Agnes Scott College, en Decatur, Georgia y obtuvo su título de maestría en 1966, en el Instituto Pratt de Nueva York, con la tutoría del maestro George McNeil”, un año después de su llegada, en 1971, “se casó con Jorge Uribe, arquitecto de la Universidad Nacional. Se instalaron a vivir en Medellín y Ethel Gilmour continuó con su producción pictórica y comenzó a vincularse con los círculos artísticos de la ciudad”. 


Así, con una mirada de Colombia única, que según la crítica de arte Denise Michelsen planteó “cómo decir lo indecible, decir lo más feo con la voz más dulce”, Ethel se convirtió en un ícono de la plástica local y nacional.


“Gilmour utiliza los símbolos de nuestra cultura (la Santísima Virgen, los ángeles, las flores y las montañas de Medellín) y los combina con íconos más personales (sus mascotas, la imagen de una mujer en su casa, su sofá, su entorno doméstico) para recrear el mundo en que ella vive y en el cual todos podemos creer. Es como una casa de muñecas, un espacio que todos anhelamos, un mundo ideal que nos proteja y nos mantenga a salvo y simultáneamente nos presenta con el choque de dos mundos, con el mundo interior y el exterior. Sentimos que ya no se puede negar lo que está pasando y su obra pasa así a cumplir una labor de testimonio marcando de alguna manera la crisis personal de una mujer ante la violencia”, reseñó la crítica en uno de sus textos.


El Palacio de Justicia, las fumigaciones con glifosato, el narcotráfico, Pablo Escobar, los muertos, las víctimas, la provincia y la ciudad, la Colombia herida y la que tenía fe, todo eso está en las producciones de Ethel, que van más allá de un icónico Guayacán que por estos días es exhibido en el Museo de Antioquia.


Enamorados, como se ve en La siesta y otras obras de Ethel, en la que ella y Jorge están acostados en su cama, los dos compartieron toda su vida y sus luchas.


“Ella lograba todo, todo lo que logran las mujeres. Me gustaba su ternura, de su obra lo que más me gustó fue un retrato que hizo mío. Me enseñó muchas cosas, como dábamos clases aquí yo le ayudaba con las clases, me decía que yo tenía muy buen ojo. Alguna vez me pusieron en una universidad a dar clases de expresión, y yo seguí el método de Ethel, que resultó muy exitoso: mirar, explorar los colores, pintar”, relata Jorge.


Se busca una casa 


para Ethel  y Jorge


De acuerdo con el curador Alberto Sierra, director de la Galería de La Oficina, “Ethel es una artista muy importante, quien produjo mucha obra, fue muy organizada y mucho de esa obra está en su casa” y sería vital que todo su legado esté custodiado, siendo difundido al público.


Martha Lucía Villafañe, directora del Museo de Santa Fe de Antioquia, precisa que “los que amamos la obra de Ethel soñamos con que su casa fuera una casa museo, que algún museo se interesara en administrarla, como la casa de Frida Kahlo, de Diego Rivera, como existen tantas casas, esta es hermosa, expresa el espíritu de Ethel Gilmour, que como ninguna otra en el mundo sería su museo. Podría albergar gran parte de la obra, tiene su propio depósito”. 


Ella expresa que de lo contrario “la obra está condenada al ostracismo, está relegada, inconfesablemente: nadie lo confiesa pero nadie la acepta. Ella era cercana a muchas instituciones museales, pero ninguna ha expresado interés por su obra, por conservarla, por ser custodio de su obra”. 


María del Rosario Escobar, directora del Museo de Antioquia, piensa también que “Ethel fue una artista muy importante porque logró, en su calidad de no nacida en Colombia, hacer una observación muy profunda, muy femenina, de lo que significó vivir en los 80 y 90 aquí. Se incorporó a esta cultura por el amor a Jorge y logró construir un retrato humano, muy sincero, muy espiritual”. 


María Mercedes González, directora del Mamm, piensa que “lo importante de estos proyectos es la sostenibilidad en el tiempo, porque conservar, cuidar, limpiar, almacenar tiene unos costos, hay que tener presentes estos factores”. También cree que “una alternativa sea que estas obras estén en una institución” y asegura “le encantaría hacer parte del proyecto, aportar”. 


Estas páginas de Palabra&Obra, el suplemento cultural de EL MUNDO, queremos que vuelen como las flores de ese guayacán que Ethel Gilmour dejó entre sus tantos íconos, hasta llegar a los ojos de la secretaria de Cultura de Medellín, Amalia Londoño; de los directores y gerentes de las empresas de Antioquia, de todos los medios de comunicación, los curadores, los artistas y los amantes de la plástica, para que su legado y el de Jorge Uribe vivan, para que no mueran y estén disponibles, como ella lo quisiera, con esa idea de La Visita, su emblemática exposición y reflexión sobre su amor e intimidad.