Columnistas

Los pesos de la paz
Autor: Álvaro González Uribe
27 de Agosto de 2016


Siempre me ha parecido mezquino argumentar contra la democracia por su costo en dinero sea cual fuere el certamen democrático en cuestión,

Siempre me ha parecido mezquino argumentar contra la democracia por su costo en dinero sea cual fuere el certamen democrático en cuestión, y en el caso actual de Colombia sí que es mezquino oponerse al plebiscito aduciendo que le costará al erario $350.000.000.000 según lo expresó el registrador. (Para mayor claridad del lector: trescientos cincuenta mil millones de pesos).


Pongamos que sí, que debemos ahorrarnos ese dinero porque estamos muy pobres. Listo, pero siendo el plebiscito parte esencial del proceso de paz de La Habana, avalado ya por la Corte Constitucional, podríamos comparar: ¿Cuánto dinero se ha ahorrado la nación en costos militares durante el tiempo en que según el Cerac se han reducido más que notablemente las acciones de las Farc y por tanto el accionar militar del Estado?


No sé cuánto vale un tiro, una bomba, la gasolina de los motores, las comunicaciones y los cientos de elementos que componen la logística bélica, pero debe ser fácil calcularlo, y me atrevo a asegurar que si la guerra con las Farc hubiera seguido en el último año con la intensidad que venía, tanto los costos militares como los costos por destrucción de infraestructuras hubieran estado cerca de los $350.000.000.000. Y hablo solo de un año y no de los costos que se vendrían en el futuro de continuar la guerra con dicho grupo.


Hay más. Esa comparación habla solo de los costos materiales, porque los daños en vidas y en dolor no se pueden cuantificar, así a veces se valoren simbólicamente, más como un castigo que como una reposición.


Por tanto, esta comparación que los expertos pueden cuantificar muy fácil, tomando solo como centro los $350.000.000.000 que vale el plebiscito, indica que dicho mecanismo de refrendación ya se libró hace rato y que además es una inversión. Pero resulta que no es solamente el plebiscito. Es poner en una balanza el costo de la guerra (en todos sus rubros, sumando el de vidas perdidas, heridos, mutilados y dolores) contra el costo de la paz.


Es solo comparar la ejecución presupuestal militar del Estado atribuida al conflicto con las Farc durante el último año, con la misma ejecución anual promedio durante el fragor de un año de guerra intensa. Eso, como lo expresé, para los que solo piensan en términos de dinero, porque, repito, la guerra trae otros daños de tanto valor que son incuantificables, como las viudas, los huérfanos, el desplazamiento y el desarraigo, las lágrimas, las secuelas mentales, en fin.


Por otro lado, están quienes dicen que el posconflicto será muy costoso, que no hay dinero para financiarlo y que por tanto será imposible una paz sostenible y duradera. Y mi argumento es entonces el mismo que ya esbocé cuando planteé el pírrico costo comparado del plebiscito: nunca será más costosa la paz que la guerra, agregando además la inversión interna y externa que llegará como fruto del optimismo y la confianza. Estudios serios del DNP hablan de un crecimiento adicional de 1.1 % a 1.9 % del PIB anual.


Nadie mejor que el exministro de hacienda Rudolf Hommes -que sí sabe de plata- para expresarlo: “Evidentemente estamos enfrentados a un problema fiscal que hay que resolver. Pero nunca se dijo que ‘no había plata para la guerra’. Hemos encontrado la forma de financiarla durante medio siglo cada vez que surgió la necesidad. De ahora en adelante se debe repetir el ejercicio para financiar la paz y cumplir los compromisos.”. (El Tiempo; 21/07/16).


Es cierto. Financiar la guerra ha sido relativamente fácil, en especial para los que más tienen; financiar la paz no sé qué tan fácil será, pero no hay duda de que es mejor financiar la vida que la muerte. Por eso mi voto será por el sí.


Aldaba: Estoy de acuerdo con que las Farc no deben hacer campaña en el plebiscito, pero si quieren ayudar a que gane el sí, durante la época de campaña deben generar más confianza, como por ejemplo, entregar a los niños reclutados, adelantar jornadas públicas de perdón incondicional y acabar totalmente su lenguaje arrogante que aún persiste en algunos de sus miembros.