Columnistas

Ambiente de movilidad
Autor: Henry Horacio Chaves P.
19 de Agosto de 2016


Antes de acabar el mes se esperan nuevas medidas para superar la crisis del aire en el Valle de Aburrá, que aunque no ocupa los lugares de privilegio informativo está lejos de haberse superado.

Antes de acabar el mes se esperan nuevas medidas para superar la crisis del aire en el Valle de Aburrá, que aunque no ocupa los lugares de privilegio informativo está lejos de haberse superado. Como ocurrió hace algunos meses, lo más probable es que esas medidas involucren temas de movilidad, pero ojalá menos coyunturales, de mayor permanencia y más efectivas. 


Decisiones que deberían estimular el uso de combustibles menos contaminantes, pero eficientes para nuestra geografía. Además es urgente trabajar en desarrollos tecnológicos que permitan mayor eficiencia y ojalá que reduzcan costos tanto para los transportadores como para los usuarios. Sería un paso gigante en la promoción del transporte público, una alternativa que parece bailar al viejo ritmo de “un pasito pa’delante y otro para atrás”.


Pero sin duda una decisión que no da espera tiene que ver con estrategias para regular el uso de la motocicleta. Como he señalado en otros Mementos, no se trata de satanizar un medio de transporte eficaz y económico para un grueso grupo de la población, sino de ponerle reglas más claras de manera que su eficiencia no sea a costa de la movilidad de los otros, ni menos como ocurre hoy, a pesar del daño ambiental para todos.


Se ha especulado, por ejemplo, en la destinación de un carril exclusivo para motos, como se experimenta ya con el carril solo bus. Sería un craso error por el riesgo de incremento de accidentes, pero también un pésimo mensaje que alentaría un mayor incremento de motos en nuestras calles. No es contra las motos ni los carros particulares, es en favor del transporte público y del medioambiente que se deben adoptar las medidas. Seguramente algunas restrictivas, como el pico y placa, pueden leerse en clave de persecución, pero ante todo son medidas desesperadas para contrarrestar el alto número de vehículos que comparten las limitadas vías del valle en el que vivimos.


Claro, lo deseable es que no todas las medidas sean restrictivas ni aburridas. Es preciso que se equilibren, por ejemplo, con estímulos para quienes decidan bajarse de los vehículos particulares para subirse al bus o a la cicla. También que haya esfuerzos de largo aliento en materia de educación, sobre el entendido de que es posible una movilidad más amable y menos contaminante. Un trabajo en el que las nuevas generaciones tendrán mucho que aportar si no las contaminamos con nuestra agresividad vial y la idea de tener que cruzar primero, sin importar quién ni cómo se quede en el camino. En algunos temas de convivencia, derechos y medio ambiente, esos procesos de educación han mostrado resultados importantes, prueba de que es posible. 


Demanda sí, una estrategia pensada que supere los eslóganes y las frases de cajón. Educación no es propaganda sino proceso. No se puede quedar en buenas intenciones y mensajes dulces. Parte del trabajo de la educación es ayudar a entender que cuando no se obra con inteligencia y sentido común, se tienen que asumir las consecuencias, y que esas consecuencias en materia de movilidad implican amenazas a la vida. 


Pero no basta con los estímulos ni la esperanza de una buena educación. Las medidas de movilidad y contaminación deben implicar también sanciones y ejercicio de autoridad. La política del garrote y la zanahoria con la que nos educamos como sociedad: Sólo a punta de multas aprendimos a usar el cinturón de seguridad y por ese camino se ha avanzado en la conciencia de no conducir bajo efectos del alcohol. Aún hay quien habla por celular mientras conduce y, peor, quien chatea, pero son solo algunas conductas en las que la sanción no se puede hacer esperar. 


Aguardemos las medidas con la esperanza de que logren un equilibrio sensato y eficiente para nuestra realidad, pero ojalá también con el compromiso de acatarlas, si no con mucha alegría, por lo menos con compromiso social.