Columnistas

La civilización, el camino contra la barbarie
Autor: Carlos Alberto Atehortua Ríos
17 de Agosto de 2016


No sólo el uso de la fuerza, las armas y la muerte generan barbarie, también la generan el abuso del ejercicio del poder jurídico, la intolerancia, la indolencia y colocar al otro en condiciones de indefensión, discriminación o marginalidad.

No sólo el uso de la fuerza, las armas y la muerte generan barbarie, también la generan el abuso del ejercicio del poder jurídico, la intolerancia, la indolencia y colocar al otro en condiciones de indefensión, discriminación o marginalidad.


Toda manifestación de violencia es reprochable en la sociedad contemporánea, qué es sino violencia, la condena colectiva que se hace a quienes piensan, actúan o simplemente son diferentes, y qué es sino violencia, cuando amparado de la fuerza y “legitimidad” del Estado, se abusa del poder en contra los que no lo tienen o contra quienes fueron o se presume que en futuro podrían ser los adversarios.


Apoyarse en la justicia, la democracia, las creencias, la religión, la cultura o en la ética, para generar violencia, es algo inexplicable, que no debería aceptarse, los valores en la sociedad, son la base del respeto, la convivencia y la equidad y es para ello y no para otra cosa que deben utilizarse.  


Las expresiones de rechazo a la búsqueda de una sociedad igualitaria, el no acatamiento pleno a decisiones de la Corte Constitucional en temas tan relevantes como la eutanasia, los derechos a la igualdad de género, el acceso al mínimo vital en servicios públicos, la adopción de acciones afirmativas a favor de los recicladores, la aplicación del principio de precaución en temas ambientales y el estricto cumplimiento del debido proceso en  actuaciones  administrativas y judiciales, deben ocasionar un llamado de atención para todos los que creemos en la paz.


La paz no se construye a partir de la exclusión y la intolerancia, tampoco a través del uso desmedido e irracional de la fuerza, ni mucho menos con actuaciones arbitrarias de las autoridades del Estado, por el contrario, la paz requiere de un ambiente de tolerancia y equidad, que en lugar de excluir incluya en condiciones dignas a todos los seres humanos.


La protección de la dignidad humana no puede ser una expresión hueca y sin contenido, todo lo contrario, debe ser un propósito de todos y debe ser un imperativo jurídico y ético que se nos impone a todos y que todos debemos proteger. 


Si bien, en este momento los diálogos de la Habana son sustanciales, como referentes en la construcción de convivencia pacífica, la paz debe estar rodeada de las condiciones adecuadas, que sean propias de una sociedad civilizada, en la que sea la razón, la tolerancia y la inclusión, las notas determinantes. 


Cuando por diferentes razones no es posible impartir pronta y cumplida justicia, lo que conduce a restricciones a la libertad a personas que no han sido condenadas, cuando un organismo de control administrativo puede tomar decisiones que excluyen a las personas de sus derechos políticos básicos, como es el derecho a participar en la actividad política del Estado, pero aún más, cuando las autoridades abusan de su poder frente a los ciudadanos o se ejerce la fuerza de manera absurda o irracional frente a grupos indefensos o vulnerables, es hora de reflexionar sobre el tipo de Estado que estamos logrando.


La paz y la vigencia plena del Estado Social de Derecho, no serán posibles, si en la vida cotidiana se reproducen diariamente, bajo diferentes manifestaciones condiciones de violencia que impiden la convivencia civilizada y si los mecanismos de control de que dispones el Estado, no se ponen al servicio de la convivencia y de la protección de principios y valores que afirma defender nuestra Constitución.  


Ojalá, los colombianos pudiéramos comprender plenamente el valor de la dignidad de todos los seres humanos, pues cuando lo hagamos, esteremos dando pasos en el camino correcto hacia la verdadera paz. 


*Docente y asesor