Columnistas

Especialistas satisfechos y herméticos
Autor: Carlos Alberto Gomez Fajardo
16 de Agosto de 2016


Don José Ortega y Gasset criticaba duramente algunos de los defectos que suelen venir con el exceso de especialización en el proceso histórico y educativo de occidente, crecientemente impregnado de complejidad en ciencias y tecnologías.

Don José Ortega y Gasset criticaba duramente algunos de los defectos que suelen venir con el exceso de especialización en el proceso histórico y educativo de occidente, crecientemente impregnado de complejidad en ciencias y tecnologías. En un ensayo titulado “La barbarie del especialismo”  manifestaba sus preocupaciones respecto a la pérdida del sentido y de la visión de conjunto de uno de los personajes típicos del siglo XX, el especialista. Afirmaba que este en ocasiones se comporta como un ejemplo del hombre-masa, un sujeto capacitado para hacer algo, para aplicar conocimientos y técnicas en campos concretos, pero en ocasiones acrítico,  desconectado de la realidad que le toca vivir, y sumergido en una fabulosa mediocridad, deshumanizado. El  filósofo español describe a estos personajes como “herméticos y satisfechos  en su limitación”. Muchos autores han tratado el tema, un reto para aproximarse al deber ser y al sentido último de la educación. Es la realidad del tecnócrata y “bárbaro culto”, funcionario eficaz, pero ciudadano incapaz de la autocrítica, ajeno al diálogo con otras áreas del saber, susceptible de cometer errores, imprevisiones e injusticias de consecuencias fatales.


La voz de Ortega no era aislada. Sir William Osler, con justicia reconocido como padre de la medicina interna en los Estados Unidos desde los finales del siglo XIX –su personalidad y su obra tendrían influencia sobre el desarrollo de toda la educación médica en el mundo en el siglo pasado- también lo manifestó con claridad: el exceso de especialización es malo para la medicina, pero peor para el propio paciente.


En Colombia una mente que es cumbre de originalidad y de pensamiento crítico, Nicolás Gómez Dávila, es severo y preciso en sus escolios.  Escribe: “Nada patentiza tanto los límites de la ciencia  como las opiniones del científico sobre cualquier tema que no sea estrictamente de su profesión” y “una educación sin humanidades prepara sólo para oficios serviles”.


Por supuesto, son necesarios los especialistas. Pero cuán necesarios continúan siendo los profesionales técnicamente capacitados y atentos al avance del estado del arte de sus respectivas disciplinas y especialidades, y dotados simultáneamente de una visión humanística, de un conocimiento de las realidades antropológicas, sociales, históricas, espirituales, estéticas. Esto sería posible si en el ámbito educativo se genera una atmósfera propicia  al discernimiento ético, al ejercicio de una vocación de servicio, entendiendo cada uno las posibilidades y limitaciones de sus propios campos de acción. Para ello hay que posponer los propios intereses, esforzarse por dialogar con protagonistas de otros campos, de áreas diversas del quehacer, querer  comprender. De lo contrario, seguiremos siendo dirigidos por especialistas “herméticos y satisfechos”, incapaces de ver el otro a un igual. El hiper-especialista corre el peligro de velar sólo por su interés e ignorar de modo cínico el verdadero sentido de la responsabilidad social de su saber y educación. Debería propender al servicio hacia los demás, no a ser apenas un funcionario sino una mejor persona, mejor ser humano y mejor servidor de la comunidad, más allá de sus alcances e intereses inmediatos.