Columnistas

緿髇de est醤 los campesinos?
Autor: Dario Ruiz G髆ez
15 de Agosto de 2016


Lo que llamamos el campo, lo rural, como un concepto social y cultural, estructurado en el tiempo y que fue parte esencial de nuestra nacionalidad.

Lo que llamamos el campo, lo rural, como un concepto social y cultural, estructurado en el tiempo y que fue parte esencial de nuestra nacionalidad, aquellos seres vestidos con trajes estrambóticos propios de sus humildes oficios que Torres Méndez ilustró minuciosamente en el siglo XIX, aquellos  ensimismados personajes que muestran las primeras fotografías de época, que describen los primeros relatos de costumbres, y, disecciona Carrasquilla, que fija la mirada de los primeros pintores de importancia de los años 30 del siglo pasado, Acuña, Ramos, Pedro Nel, los anónimos cuerpos que aparecen destrozados por el hacha y el machete de los sanguinarios verdugos en los años 40-50 y una y otra vez vuelve a ensañarse sobre ellos la misma violencia  como supuesta reivindicación social por parte de la insurgencia  leninista “para darle voz a quienes carecen de voz”. "Siempre desaparecidos, siempre como invitados de piedra en cualquier conversación de Paz, o, sobre “el futuro del agro”. Lenin los odiaba por ignorantes. Durante el gobierno de Margaret Thatcher se produjeron dos grandes acontecimientos históricos: la desaparición del campo y de la minería. La urbanización del campo inglés fue un acontecimiento glorioso desde el siglo XVIII donde se configuran los paisajes, donde las carreteras de penetración permiten que la vida rural se enriquezca notoriamente. Surgen grandes novelas como las de Jane Austen y otros, y poesias como las de Burns y sus contemporáneos, o sea, una cultura donde el alma de unos seres se dimensiona con una intensidad desconocida.


Un excepcional trabajo de investigación de Raymond Williams, El campo y la ciudad”, aclara el significado de ruralidad, de campo, de estructuras simbólicas de la cultura y de la economía, del folclor y la gastronomía, datos necesarios para respetar estos procesos, estas identidades  y no atentar impunemente contra ellos a nombre del progreso o de la revolución pero también para mostrar la persistencia de la miseria y el atraso de los pobres campesinos. 


El equilibrio entre la ciudad y el campo necesita de actores definidos por el dinamismo de sus respectivas formas de cultura, para vencer así la falsa antinomia campo-ciudad, pero la violencia de las últimas décadas en Colombia ha convertido el campo en un escenario invisible e invivible  y a los campesinos en fantasmas utilizados por los distintos grupos políticos en su retórica electoral sin que de verdad los campesinos tengan  una presencia real en nuestra actual vida  política o cultural o  haya proseguido  el proceso necesario de urbanizar el campo humanamente para salvar la geografía, el medio ambiente, para rescatar el agro, el municipio, la vereda. ¿Por qué a un grupo social al cual se le han desconocido sus formas de cultura, el derecho a salir de la miseria y la ignorancia, se le ha masacrado inmisericordemente? Nos encontramos, de este modo, en el Postconflicto ante un problema que no se puede soslayar ya que en la posible construcción de lo que reconocemos como una democracia  es premisa de algo que los que los violentos deben admitir: el derecho del campesinado a no ser de izquierda. Vanamente se ha tratado de convertir al campesino en una fuerza “revolucionaria” sin conseguirlo, de destruir sus valores religiosos sin conseguirlo, de caricaturizar su cultura sin lograrlo mientras ha quedado de presente que quienes lo pretendieron mostraron, paradójicamente, haber caído en el terrorismo, en la intolerancia más siniestra en el intento de adoctrinar por la fuerza a un grupo social que, después de masacres, torturas, quemas de pueblos,  desplazamientos, exterminio de familias a sabido resistir con estoicismo esa  agresión. O sea quienes han puesto los mártires y santos y por derecho propio son los únicos jueces de los asesinos. ¿Dónde  están los campesinos? La Paz comenzaría por reconocer la autonomía de sus territorios históricos, su inquebrantable  fe religiosa.