Columnistas

La emoción de la diferencia
Autor: Henry Horacio Chaves P.
12 de Agosto de 2016


Que el país esté dividido en posiciones antagónicas debería ser más motivo de orgullo que de preocupación, el problema es que entre nosotros, las diferencias suelen ser más viscerales que racionales.

Que el país esté dividido en posiciones antagónicas debería ser más motivo de orgullo que de preocupación, el problema es que entre nosotros, las diferencias suelen ser más viscerales que racionales. Opinamos desde el estómago, pensamos con la lengua y con frecuencia, “reflexionamos” con las manos. No son debates, sino altura en las discusiones lo que nos falta: motivos hay de sobra.  


Aunque parezca obvio, el debate necesita de ideas contrarias y argumentos para sustentar opiniones formadas. Es decir, hace falta el criterio que permiten la reflexión y el análisis. Implica información, contexto, duda, pero también determinación. En la medida en que se ahonda en la pregunta y se fortalece una idea, también se es más proclive a modificarla ante nuevos argumentos o mejores puntos de vista, no ya como producto de una falta de carácter sino como evidencia del ejercicio de la inteligencia que se niega a la terquedad de una idea fija y eterna. 


La altísima participación en las marchas convocadas esta semana para defender una visión de familia, da cuenta de qué tan propensos somos, como país, a enfrascarnos en discusiones que se quedan en la espuma pero poco tienen de esencia. Muchas horas de opiniones en torno a una diferencia artificial, originada en una cartilla irreal, evidencian poca profundidad y escasa capacidad de comunicación pública.


Creo que quienes convocaron al plantón ya tenían claro que el ministerio no promovía cartillas de educación con tendencia Lgtbi, o con “ideología” como dijeron ellos. Entre otras cosas porque no se trata de una ideología sino de una manera de vivir. Pero quisieron aprovechar el espacio mediático para gritar que tienen otra manera de ver y vivir el mundo; mientras que la ministra se dejó acorralar en su condición de lesbiana para personalizar una discusión que debería ser más profunda, como el modelo de sociedad que enseñamos y queremos prevalecer. Ella no supo comunicar y ellos se aprovecharon de eso.


La marcha está bien y es mediática; la ministra muy regular, pero en ello nada tiene que ver que sea lesbiana; en el afán informativo, se escucharon otras voces y eso puede ser bueno, aunque pronto las ahogaron las arengas. Quienes motivaron la protesta no son peores por eso, ni porque defiendan su visión del mundo. Tampoco son héroes ni iluminados quienes abogan por una educación del respeto y la equidad. Cada uno desde su orilla tiene el derecho y la libertad de pensar y expresar sus puntos de vista. Lo aburrido es que la discusión se quede en el facilismo del cliché o la personalización que nada aporta y en cambio vicia la mirada. 


Más razón y menos hígado, lo que no significa menos emoción. Nada de eso, no se trata de controversias frías o acartonadas. El debate es emoción y nace en la pasión por la defensa de una mirada, pero demanda también respeto, preparación y altura. Superar las alusiones personales y los macartismos para darles paso a las tesis y a las ideas.


Ocurre igual con los derechos de la población Lgtbi, con el plebiscito para refrendar los acuerdos de La Habana y con el modelo de educación que queremos. En todos los casos habrá posiciones distantes y en todos extrañamos conocimiento previo y elaboración de argumentos. También debería emocionarnos la discusión sobre el modelo de ciudad, la movilidad, el medio ambiente, las oportunidades, la equidad y un eterno etcétera. Ojalá fuéramos capaces de escuchar y debatir con inteligencia y respeto: “fuerte con las ideas, suave con las personas”, dice un aforismo. 


La emoción de la diferencia emana del entendimiento de que la identidad se construye siempre en relación con los otros: los que son similares, pero sobre todo los que nos hacen distintos. Implica una mediana satisfacción con lo que somos y mucho agradecimiento por lo que nos es ajeno, en tanto ayuda a conocernos. Una emoción que está en la esencia misma de la vida.