Columnistas

El pasado no perdona
Autor: Sergio De La Torre
7 de Agosto de 2016


El usurpador Rojas Pinilla, auspiciado por el expresidente Ospina, fue el 鷏timo exponente de la hegemon韆 conservadora implantada en el 46 y que, en vista de su condici髇 minoritaria, hubo de recurrir a la violencia sist閙ica

El usurpador Rojas Pinilla, auspiciado por el expresidente Ospina, fue el último exponente de la hegemonía conservadora implantada en el 46 y que, en vista de su condición minoritaria, hubo de recurrir a la violencia sistémica, ejercida desde el Estado sobre una mayoría probada, para doblegarla e impedir su regreso al poder por la vía electoral. La caída del general, en lugar de restablecer el libre juego de mayorías y minorías, impuso, equiparando 2 fuerzas desiguales, un receso de 16 años, casi lo que dura una generación. Todo en aras de una concordia aparente. El Liberalismo de base se resignó a la estafa, no conocida en el mundo por ninguna democracia, pero aceptada aquí por una dirigencia amedrentada, interesada en recuperar su sosiego aún a costa del derecho a gobernar que le daban las urnas. Se aguantó abusos instituidos tan estrambóticos como la paridad y la alternación, que la forzaban a compartir el mando con la misma facción disminuida que la había atropellado antes.


El efecto más nefasto de tal binomio, que detentaba el poder sin emulación ni riesgos, fue que borró las ancestrales diferencias doctrinales entre los dos partidos. En democracia el atractivo y la pervivencia de un partido se alimenta en lo que lo distingue de los otros. Sin un contraste marcado y persistente los partidos pierden su identidad, así conserven su nombre. En tales circunstancias el más lesionado es quien abdica de su legítimo derecho a gobernar en solitario, debido precisamente a su acostumbrada debilidad o a su medrosa contemporización con quien lo exacciona y despoja arrogándose prerrogativas que no tiene, así un plebiscito, el del 57, por ejemplo, se las haya otorgado.


Y sin embargo ciertos cronistas trasnochados todavía le cantan loas a un modelo que congeló al país, redujo la política a una puja por el presupuesto, donde en Bogotá pelechaban los lagartos más avisados, y en la provincia los caciques regionales, habitualmente mudos e inadvertidos en el Parlamento, donde se apoltronaban de por vida, esperando la escoba que recogiera sus desechos. O sea, el reino de la medianía vegetando a su aire, y la obsecuencia ciega como fórmula para durar y perdurar, que es la obsesión de los mediocres. Gaitán, Laureano Gómez, Echandía y Alzate fueron reemplazados por esa camarilla hereditaria cada vez más infértil, cuyo protector fue Turbay, quien tampoco osó discrepar nunca de nada ni de nadie, gracias a lo cual logró trepar bien alto, cosa que en sí no es pecaminosa, con tal de que no contagie mucho a los demás y afecte al conglomerado. 


Halagado por las mieles de la burocracia, que de tiempo atrás no degustaba, el Liberalismo (amancebado con la derecha en un tiempo en que los vientos soplaban en otra dirección) olvidó los ultrajes pasados, perdió su norte y su brío. Surgieron entonces personajes tan contraindicados para el momento como el arriba mencionado, que fue uno de los gobernantes más improductivos de la historia, apenas comparable al inverosímil Andrés Pastrana ulterior. Turbay, que hizo del ardid su arma predilecta, y de la burocracia un botín para ganar adhesiones, fue un subproducto del Frente Nacional. En cuya atmósfera, tan semejante a la de la “patria boba”, cabría decir que Colombia no tenía dos partidos, sino que estaba partida en dos. De lo cual hablaremos con más detalle en próxima ocasión.