Editorial

Confianza en R韔
5 de Agosto de 2016


Iniciamos estas justas con entusiasmo y confianza en las expectativas que ha despertado nuestra delegaci髇, y esperamos que Brasil salga airoso de su compromiso.

El fuego olímpico que se encenderá esta noche en el estadio Maracaná marcará el inicio de la trigésima primera olimpiada, cuyas 306 pruebas en 28 disciplinas deberían marcar el final del torbellino de temores que sacudió a Río de Janeiro durante la antesala, para poner al deporte en el punto central de atención. Alrededor de 10.500 atletas en representación de 205 países, inspirados por la célebre consigna citius, altius, fortius (más rápido, más alto, más fuerte), serán los encargados de mostrar si las condiciones técnicas de los escenarios fueron adecuadas, mientras la sucesión del calendario de eventos, que comenzó el miércoles con el torneo de fútbol femenino, indicará si se superaron los anunciados inconvenientes logísticos. De nuestra parte, iniciamos estas justas con entusiasmo y confianza en las expectativas que ha despertado nuestra delegación y esperamos que Brasil salga airoso de su compromiso, aunque un evento de esta envergadura no está exento de dificultades ni en el primer ni en el tercer mundo, tal como lo ha reconocido el propio Comité Olímpico Internacional


No deja de ser paradójico que la apertura de los primeros Juegos Olímpicos que se celebran en Suramérica coincida con la discusión, en el pleno del Senado brasileño, del informe de Antonio Anastasia, instructor del juicio contra la presidente Dilma Rousseff, que se prevé que pida la destitución de la mandataria. Tal vez el asunto pase a segundo plano en la capital carioca, donde se declararon tres semanas de vacaciones escolares a fin de mejorar la movilidad de numerosos turistas llegados para disfrutar de la programación que se realizará en 33 recintos deportivos de cuatro barrios. El reto es enorme para Río, pues los Olímpicos habían sido hasta ahora cosa de metrópolis arropadas por potencias económicas. Tal vez por ser la primera vez que la cita deportiva se sale de esa “zona de confort”, la fiscalización sobre las condiciones de la sede haya sido tan rigurosa, al punto que los fallos se dimensionaron conforme a un contexto social convulsionado por la crisis política y la epidemia causada por el virus del Zika, haciendo crecer la desconfianza de una manera que se nos antoja injusta. Vemos los Juegos de Río como la oportunidad de demostrar que muchos más países pueden ser escenario de un evento deportivo que, según el espíritu fundador de las justas, les permita crecer en infraestructura y en turismo, sin dejar de lado la promoción de los valores deportivos.


En cuanto a los resultados de nuestro equipo, que viajó con la difícil -pero factible- misión de mejorar la histórica actuación de Londres 2012, nuestras esperanzas son más positivas. Con el mayor número de atletas (147) en nuestra historia olímpica, nuestra delegación más allá de esta cifra, va con el propósito de mejorar la marca de ocho medallas (una de oro, tres de playa y cuatro de bronce) ganadas hace cuatro años. Hay que decir sin falsa modestia que nunca antes el país había tenido tantos favoritos como ahora, cuando en las cuentas de casi todo el mundo deportivo aparecen Caterine Ibargüen, en salto triple; cualquiera de los integrantes del equipo de ciclismo en ruta; Fernando Gaviria, en el ómnium de pista, y Mariana Pajón, en BMX. Junto a estos hay, según Baltazar Medina, presidente del Comité Olímpico Colombiano, otros veinte aspirantes a otras medallas o diplomas olímpicos, estos últimos otorgados a los deportistas que se ubican entre las casillas 4 y 8 de cada competencia. Tampoco podemos ocultar que los nuestros pueden capitalizar la crisis del deporte ruso por el escándalo de dopaje, concretamente en la marcha de 50 kilómetros, con el intendente de Policía, Luis Fernando López, y en el levantamiento de pesas.


Creemos que la meta de dos o tres medallas de oro y seis u ocho medallas en el total, expuesta por el COC, es realista pero no exigente. A nuestro juicio, la meta debería reflejar un mayor riesgo, una apuesta superior por la calidad de los nuestros, de modo que tal exigencia nos permita abandonar el conformismo que nos ha caracterizado. Los resultados del ciclo olímpico muestran que las cosas se están haciendo bien y que, aunque siempre puede haber más apoyo a los deportistas, en un país con tantas necesidades la inversión hasta ahora ha sido valiosa. Deseamos a los nuestros que los resultados reflejen la disciplina y el temple con el que se han preparado y que adornen los triunfos con una hoja de vida limpia en las pruebas de control al dopaje que, sin duda, serán ahora más rigurosas.