Columnistas

Son cubano
Autor: Henry Horacio Chaves P.
5 de Agosto de 2016


En la calle 8 de Miami está La Pequeña Habana, un barrio que se fue poblando de a poco con migrantes cubanos que huían del régimen de Castro en la isla.

En la calle 8 de Miami está La Pequeña Habana, un barrio que se fue poblando de a poco con migrantes cubanos que huían del régimen de Castro en la isla. Allí, al lado de la bandera de los Estados Unidos, ondean cientos de banderas de Cuba, se habla español con acento antillano y se escucha por doquier un tres o un bongó, una voz melodiosa que evoca al Trío Matamoros o al Sexteto Habanero de los 20. Con la banda sonora de un son cubano, viejos de piel curtida juegan dominó y hablan de sus días en la isla, mientras que los jóvenes viven a otro ritmo y en otro idioma.


Hace tres meses, el 13 de mayo, anotábamos en este Memento la preocupación por la crisis que se advertía en Urabá y el Darién por la alta presencia de cubanos que habían quedado atrapados en el Plan Escudo del gobierno panameño que, como hicieron Costa Rica y Nicaragua antes, cerró su frontera al paso de quienes persiguen el sueño americano. Hicimos votos para que no se dejaran solas a las administraciones locales con el problema, pero también para que se entendiera que se podía avecinar una crisis humanitaria. Y así ocurrió. 


Hoy en el barrio Obrero de Turbo, ondean la bandera colombiana y la cubana en otra Pequeña Habana. Así la nombran los propios cubanos que fueron expulsados de los sitios de hospedaje y se alojaron en una bodega privada muchos, y en cambuches y ramadas algunos. La administración local y la gente de Urabá los recibieron con esa hospitalidad tan nuestra, pero siguieron llegando y el problema se fue agravando. 


Ellos le repitieron a quien quisiera escuchar que su idea no es quedarse aquí sino avanzar al norte. Pero la frontera está cerrada y hay pocos oídos dispuestos. Reclamaron puente aéreo humanitario, pero a cambio les ofrecieron tiquete para Ecuador, que fue por donde entraron, o para Cuba, que es de donde salieron. Muchos prefirieron la incertidumbre de la selva del Darién y se pusieron en manos de los coyotes. Los mismos a quienes la medida buscaba desalentar. 


Después de conocer un censo que sólo registra a quienes quisieron poner la cara, poco más de la mitad de los que hay, el gobernador Luis Pérez entendió que el problema sigue creciendo. Ya se habla de enfermedades, violaciones y desnutrición. Para evitar que cada día sean más, reclamó del gobierno central una medida que para algunos debió tomarse hace tres meses: cerrar también la frontera sur, para evitar que sigan cruzando por aquí, dado que el cruce está tapado.


La respuesta nacional fue ordenar una deportación que tiene en vilo a toda la región. La zozobra se hace mayor con el ruido de los helicópteros que sobrevuelan el refugio más la presencia de la policía y los agentes de migración. No se escucha el son cubano. Cada vez menos gente sonríe. La deportación está anunciada y también la resistencia. Una carta a Obama en la que los cubanos piden que los deje entrar no ha tenido respuesta, tampoco la de un grupo de intelectuales a Santos, a pesar de la contundencia del argumento, como no pueden opinar, votan con los pies: huyen.


Cada día, cada hora, la situación es más tensa y las posiciones más radicales, a pesar de la mediación de distintos organismos nacionales e internacionales. Como en tantos otros casos, el gobierno prefirió ignorar la presencia de los cubanos en Turbo, como si con ello dejaran de existir. Pero el tal problema si existe y necesita decisiones y acciones diplomáticas que superen los anuncios. Como anotamos en mayo, pueda ser que el remedio no sea peor que la enfermedad y que se recupere la dignidad de quienes está atrapados allí, para que puedan volver a sonreír. Que su son sea motivo de alegría y no un lamento cubano.