Columnistas

¿Dónde están los fascistas?
Autor: José Alvear Sanin
3 de Agosto de 2016


El siglo xx vio la aparición de dos aterradores totalitarismos, fascismo y comunismo.

El siglo xx vio la aparición de dos aterradores totalitarismos, fascismo y comunismo. Ambos se originaron en la izquierda. Mussolini era un agitador socialista revolucionario, y el partido de Hitler se llamó Nationalsozialismus. Otra cosa es que buscando el poder absoluto llegaran a ubicarse en polos extremos. Salvo en escasos tiempos de colaboración (como durante el pacto Molotov- von Ribbentrop para repartirse al Europa Oriental), mantienen una lucha a muerte.


La democracia odia los extremos fanáticos. Como conservatismo y liberalismo en Colombia han sido partidos democráticos y republicanos, nuestro escudo reza: “Libertad y Orden”, principios comunes a ambas colectividades. Una acentuaba la libertad; otra, el orden.


Es verdad que en los años 30 hubo infiltración comunista en el liberalismo, que luego fue marginada por líderes como Alberto y Carlos Lleras. En el conservatismo, el sarampión fascista transitorio de Gilberto Alzate y Silvio Villegas (que incluso tuvo episodios tan ridículos como una marcha nazi en Medellín, en la que participó el joven Belisario Betancur), fue combatido exitosamente por Laureano Gómez y Mariano Ospina. 


Así pues, desde mediados del siglo xx la política colombiana pudo discurrir generalmente por la senda democrática. 


Pero a partir de 1936, en la universidad pública predomina el profesorado marxista y los activistas comunistas, lo que ha significado el adoctrinamiento de buena parte de la juventud en el odio por instituciones como la libre empresa y la democracia representativa. Sin embargo, los egresados no son comunistas, pero sus reflejos son pasionales. La palabra “derecha” les produce urticante repulsión. Al igual que los franceses, tienen el corazón a la izquierda, y el bolsillo, a la derecha. 


Impera, pues, en Colombia un maniqueísmo pueril sobre el cual se ha construido el debate actual, con la estigmatización y demonización de todos los que se opongan a un proceso de paz que se confunde con la entrega del país a los señores del Secretariado.


Se ha creado un clima de terror frente a una extrema derecha fascista, que, si existe es exigua, sin brazo armado, sin medios de comunicación ni poder político, mientras se exalta, tolera, disimula y favorece el ascenso de una extrema izquierda numerosa, enquistada en el gobierno, la judicatura y el legislativo, con varios brazos bien armados y narcotraficantes, dueña también del poder corruptor de la mermelada, omnipotente en los medios y todopoderosa en la propaganda.


Al mismo tiempo, una algarabía incesante y creciente señala a los partidarios de la democracia con el rótulo de “fascistas”, “de extrema derecha” y hasta de “nazis”, emulando a Maduro en su histérica estridencia. En esas condiciones, me parece importante ubicar realmente el lugar donde se encuentran los fascistas. 


Como el fascismo y el comunismo establecen regímenes totalitarios, no pueden dejar de parecerse en sus métodos. Eso es especialmente evidente en el campo de la propaganda política, guiada en ambos totalitarismos por aquello de que “Una pequeña mentira repetida mil veces se convierte en una gran verdad”, máxima que realmente no es de Goebbels, pero que él llevó al más perverso nivel.


Cuando contemplo la situación actual de Colombia no puedo dejar de pensar, lógicamente, en fascismo, porque hemos llegado a tener una prensa unánime embadurnada, tv saturada de cuñas “pacifistas”, docenas de columnistas y luminarias fletadas para la repetición de consignas, separatas de revistas con “Cien periodistas por la paz”, reportajes, símbolos, palomitas, escarapelas, broches, simposios con bien remunerados conferencistas extranjeros, “conversatorios”, manifestaciones, pancartas, banderas, fundaciones que reciben espléndidos contratos, desprecio por la Constitución, reducción de umbrales, comisiones de “la verdad” (quizá en el sentido de Pravda), y lo más terrorífico, la cátedra para la paz, con ominosos desfiles de párvulos inocentes, agitando banderitas y coreando consignas en todos los municipios de Colombia. Todo esto, costeado ampliamente por el presupuesto nacional y aplaudido por una clase política ávida, oportunista y logrera.


Si esto no es fascismo…


Entonces, el otro “fascismo” no es cosa diferente de un recurso tan engañoso como eficaz, dentro de la ofensiva de la desinformación con que se engaña a los colombianos.