Columnistas

Voto por el sí
Autor: Lázaro Tobón Vallejo
30 de Julio de 2016


Hablar más de la polarización del país es pendejada, aún más, cuando el referendo es otro factor para ensanchar la brecha entre los bandos que van por el sí y los apoyan el no.

Hablar más de la polarización del país es pendejada, aún más, cuando el referendo es otro factor para ensanchar la brecha entre los bandos que van por el sí y los apoyan el no.


Mi voto como lo expresa el título de hoy es por el sí, pero no es un sí para el triunfo de las Farc, o el triunfo presidencial y mucho menos para la derrota del uribismo o del orden jurídico del país. Es un sí porque en este medio siglo de existencia no he sabido que es un día sin derramamiento de sangre en el país, porque no he sabido que no se haya extorsionado a alguien, que no se haya secuestrado a un amigo, conocido e incluso familiar, porque sufrí en la adolescencia el estatuto de seguridad del entonces Presidente Turbay, porque hasta hace muy poco tiempo, con el cambio de Constitución, la excepción en el manejo del orden público, en el país no era el “famoso estado de excepción”, porque tuvimos un Presidente con calzones y gran estadista, Carlos Lleras, que nos mandó a dormir tempranito a la casa, porque a cada rato reinaba el toque de queda; porque muchas horas de juego fueron cortadas con el anunció: “todos para la casa que salieron los estudiantes a protestar”, porque esas manifestaciones eran a pedrada limpia, hoy evolucionaron hacia las papas bombas. 


Aparte de todos esos momentos “gratos” de la infancia y adolescencia, no logro imaginarme como en las zonas rojas puede hablarse de felicidad de las familias, al ver que sus seres queridos eran arrebatados para la guerra, para combatir a cualquiera de los dos bandos, el legítimamente constituido por el Estado o para la insurgencia, con la incertidumbre de sí los volverían a ver o que no retornaran mutilados. Familias “apanicadas” todo el día mientras sus hijos asistían a la escuela veredal, que a lo mejor estaba minada, o el centro educativo que por los “actos de guerra de los que no hay que arrepentirse”, palabras de la dirigencia de las Farc, estaba ese día en medio del combate.


No olvido las palabras de un niño en el Urabá antioqueño, cuando a la pregunta de la entonces Primera Dama de la Nación, Doña Lina Moreno de Uribe, estaba haciendo entrega de escuela nueva, ella al preguntarle qué quería ser cuando grande, él sin pensarlo le contestó que paramilitar. ¿Es esa la verdadera grandeza de una Nación? ¿Qué el sueño de sus hijos sea estar al margen de la ley?


Porque quiero un país más humano, un país con mejores oportunidades, un país en dónde nuestros hijos y nietos quepan sin odiarse, porque: “Es el amor que hará que dejemos nuestras armas, nuestras políticas, nuestros medios, y es el amor lo que eventualmente arreglará todo…“ (Princesa Grace de Mónaco). No significa un amor ciego, ni bobo, sino con conocimiento y diferencias, pero, que sepamos dialogar y no seguir matándonos, porque, mientras los odios persistan podremos llenar toneladas de acuerdos por la “paz” pero solo serán cantos a la bandera. El país de hoy está aplicando la máxima de Sartre: “Solo basta que un hombre odie a otro, para que el odio cunda por toda la humanidad.” Y ese odio  está carcomiéndose a uribistas, santistas, a los del Polo, los de la U, liberales y conservadores, en fin a una nación que está pegada de un clavo caliente, pero con una luz de esperanza y cambio. Por esa luz de esperanza y cambio, es mi voto por el sí.