Columnistas

En el laberinto del coronel Mejía Gutiérrez
Autor: José Alvear Sanin
27 de Julio de 2016


Me niego a arrodillarme no se limita a contarnos cómo la impecable vida militar del coronel Hernán Mejía Gutiérrez fue precipitada hace nueve años en un laberinto inextricable.

Me niego a arrodillarme no se limita a contarnos cómo la impecable vida militar del coronel Hernán Mejía Gutiérrez fue precipitada hace nueve años en un laberinto inextricable, sino que también revela los mecanismos de la compleja trama que ha llevado a la práctica emasculación de unas Fuerzas Armadas hasta ayer vencedoras.


De la supeditación constitucional al poder civil se ha pasado a la sumisión supina. Una cosa son los ejércitos no deliberantes, propios de la democracia, y otra, las organizaciones militares obligadas a cumplir órdenes contrarias a su misión propia. Si a la tolerancia de la acción enemiga se suma la certeza de la persecución, por parte de la rama judicial, contra los militares que actúan eficazmente contra la subversión, es inevitable la desmoralización creciente del personal militar.


A medida que las Fuerzas Armadas ganaban posiciones en el terreno, perdían batallas en la intrincada guerra “jurídica” emprendida contra ellas. 


En efecto, la supresión de la jurisdicción penal militar (donde se presumía correctamente la inocencia hasta la prueba en contrario) dio lugar al juzgamiento de los agentes armados del Estado, por operadores judiciales civiles que presumen su culpabilidad, no les admiten pruebas en contrario o dilatan la instrucción y juzgamiento indefinidamente. 


Antes de los diálogos de La Habana, por la cantidad de militares injustamente judicializados, ya la situación era inconcebible. Las acusaciones contra el coronel Mejía Gutiérrez lo convirtieron, desde 2007, en reo de increíbles delitos atroces. Desde luego, no era el único, pero a partir de 2010 aumenta el número de militares detenidos en condiciones humillantes. La mayoría de ellos carecen de dinero para pagar abogados competentes. Sus familias caen en la indigencia. Las condiciones de su reclusión son bien duras. Con frecuencia los fiscales obtienen acusaciones falsas mediante la promesa de beneficios y dádivas. Los jueces, también con frecuencia, aceptan sin el debido análisis el testimonio de los peores criminales contra soldados que se limitaron a cumplir órdenes en medio de la acción requerida. 


Sin desconocer abusos que deben ser castigados, es, sin embargo, inaceptable que haya más de 3000 militares detenidos y varios miles más, desde soldados hasta generales, en la mira de la Fiscalía, mientras los guerrilleros detenidos disfrutan de patios especiales, donde siguen a órdenes de sus capos y disponen de buenas raciones y de los famosos “colectivos”…


Pero volvamos al coronel. Su imperdonable delito fue allegar información precisa sobre la infiltración del Estado por parte de elementos del Partido Comunista Clandestino, que Mejía Gutiérrez prefiere llamar el “Secretariado de cuello blanco”. A partir del momento mismo en que el coronel informa a sus superiores sobre “la posibilidad de sorprender al país con las pruebas y demostraciones de que muchas figuras del panorama político, diplomático, judicial, industrial, eclesiástico, policial y militar hacían parte de la gran multinacional que son las guerrillas de las Farc”, se inicia contra él la más implacable persecución mediática, militar y judicial, que lo sumirá en la ignominia y lo llevará a la cárcel.


El coronel es contundente: “El enemigo más poderoso no estaba en las selvas oscuras, enfrentado las fuerzas regulares, sino, desde hacía años, en el centro del poder, accediendo con paso lento pero seguro a las esferas decisivas en Bogotá”. Y añade: “Un personaje, exministro de Defensa, exministro de otras carteras y alto funcionario de los últimos seis gobiernos, candidato presidencial, era jefe determinante en las decisiones de la guerrilla”.


Esas páginas, terribles y desgarradoras, señalan con nombres propios la pusilanimidad de los generales burócratas, el prevaricato y las maquinaciones de sus juzgadores, la insidia de la prensa manipulada y, sobre todo, la actuación de personajes funestos como cierto exministro de Defensa y sus inmediatos colaboradores, los viceministros Sergio Jaramillo Caro y Juan Carlos Pinzón, taimado, ambiguo, superficial y locuaz. Ninguno de ellos ha acusado por calumnia al coronel.


A mi juicio, esta obra es indispensable para comprender los mecanismos que han hecho posible la derrota del país en las mesas de La Habana, donde se han reunido los dos Secretariados, el de “las montañas de Colombia” y el de la capital de la República.


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¡El intrépido mindefensa, doctor Villegas, decreta la ley de la Omertá para los militares, sus cónyuges, ascendientes y descendientes!


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En vez de concederles el asilo político que merecen los cubanos que huyen, nuestro gobierno los deporta al Gulag antillano.


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¡Hipócrita e inocua la censura de De la Calle al lenguaje violento de Santrich, después de haberle sido entregado el país al narcoterrorismo!