Columnistas

Proceso que avanza
Autor: Sergio De La Torre
24 de Julio de 2016


Varias y luminosas revelaciones, o precisiones, nos deja la Mesa de La Habana (que, según cuentas, pronto concluirá sus trabajos) a los colombianos del común, y a la dirigencia misma, que se presume mejor informada que el resto.

Varias y luminosas revelaciones, o precisiones, nos deja la Mesa de La Habana (que, según cuentas, pronto concluirá sus trabajos) a los colombianos del común, y a la dirigencia misma, que se presume mejor informada que el resto. Corrigen ellas los enfoques o visiones hipertrofiadas que teníamos sobre el tamaño, la capacidad de daño y el ascendiente de la guerrilla en los territorios que tradicionalmente ocupa, o ronda. El equívoco o error, muy pernicioso, por cierto, se perfeccionó con los resultados que el presidente Uribe obtuvo en su tenaz empeño por exterminarla. Resultados sobredimensionados, como se evidenció en los años posteriores. Su arremetida fue muy efectiva, mas no suficiente. En buena medida sacó a la guerrilla de sus guaridas habituales, la alejó de las áreas rurales más desarrolladas y la arrinconó en las fronteras (la venezolana particularmente, por cuyas trochas va y viene, sin interferencia alguna de sus autoridades). A Uribe se le reconoce y alaba un logro enorme, que en su momento solo él podía alcanzar, pero es claro que a la insurgencia no pudo extinguirla del todo. Después retornaría ella a muchos de sus acostumbrados enclaves en zonas semipobladas y relativamente productivas, diseminadas por todo el país. Podría decirse que renació, en número y consistencia que nadie esperaba. Una guerrilla diezmada y asediada (como lo fue recientemente), no bien puede, se repone mediante el reclutamiento forzado o voluntario de adultos y adolescentes.


Fujimori acabó con Sendero Luminoso (lo más próximo y parecido a la insurgencia fariana) por ser ésta una agrupación novel e inexperta, bien inferior a la nuestra, con quien mal podría comparársele en cuanto a sus raíces, destreza, ubicuidad, o composición, pues Sendero no era una guerrilla homogéneamente campesina, resistente al acoso y astuta como las Farc. Además, la temprana captura de su cabecilla Abigail Guzmán mucho la desmoralizó, lo que no sucedió aquí con Tirofijo.


Dejemos pues el mito de que las Farc son una guerrilla cualquiera, sin envergadura, discurso ni prospecto. Por contaminada que esté con el narcotráfico (que, por cuenta de los acuerdos en ciernes terminó convertido en un delito conexo al de rebelión y por tanto exculpable, virtualmente hablando), sigue siendo un grupo insurgente, que no olvida sus orígenes en la remota “Violencia” política de los años cuarenta y cincuenta. Por algo la ONU, el Vaticano, Europa, los propios Estados Unidos y en general todo el mundo civilizado están pendientes, rodeando al proceso de paz.


Lo que aquí tenemos no es pues una simple banda de perdularios haciendo de las suyas, sino un conflicto interno, una guerra en regla. Mírese no más la cantidad asombrosa de frentes regada por el territorio patrio, en todas sus esquinas y costados. El “status de beligerancia” no hay que declararlo formalmente para que exista, como de hecho, en términos prácticos, existe para las Farc. No es aconsejable entonces subestimar su dimensión en el pulso que se lleva con ellas, ni en la proyección o cálculo de las arduas tratativas de Cuba. Ni menospreciar el poder destructivo y letal de dicha facción. Pero si ni siquiera al Eln, con apenas la quinta parte de los combatientes farianos, puede desdeñársele, a juzgar por las múltiples y repetidas incursiones que hoy protagoniza en variados sitios de la geografía patria.


Hasta donde se conoce o adivina, el proceso de paz merece el apoyo, vigilante sí, pero resuelto, de la ciudadanía, cuando ella sea convocada a las urnas a decidir su destino.