Columnistas

Quindío: ¡Carriel, amo de la corrupción!
Autor: Jorge Arango Mejía
24 de Julio de 2016


Todo comenzó en los años cuarenta del siglo pasado. Llegó de Antioquia, joven aún, con su ignorancia a cuestas, pero con una inteligencia -vale decir, malicia indígena- que pronto empezaría a demostrar para hacer dinero a cualquier costo.

Todo comenzó en los años cuarenta del siglo pasado. Llegó de Antioquia, joven aún, con su ignorancia a cuestas, pero con una inteligencia -vale decir, malicia indígena- que pronto empezaría a demostrar para hacer dinero a cualquier costo. Sin principios morales, sin la limitación que traen consigo la ética y el respeto a la ley, era realmente un lobo entre ovejas. Traía consigo un carriel, no de aquellos de nutria que usaban los arrieros, sino pequeño, barato, de los que llevaban los mozos que entonces servían en las más sórdidas cantinas. Ese humilde adminículo le dio el apodo que llevaría toda su vida: Carriel. Remoquete al cual agregó, años más tarde, otro, para sugerir su calidad de jefe: El Taita.


Empezó entonces su carrera como empresario de tabernas, juegos prohibidos y otras actividades menos santas. Por instinto, era experto en todos los vicios y de todos ellos derivaba ganancias, algunas pocas lícitas, y otras, la mayoría, frutos de la transgresión de la ley. Había comenzado, y acaso sea ese uno de sus méritos, por lo más bajo: barriendo cafés y cantinas. Después, consiguió ser dueño de un café -El Continental-, e instaló en él algunos juegos, nadie supo si lícitos o ilícitos (a él lo mismo le daba, por su habilidad para sobornar policías).


En la década de los cincuentas, en un viaje al Ecuador, descubrió el “chance”, que allí habían llevado de Nueva York, ciudad donde lo llamaban “lotería italiana”. Era, sobra decirlo, juego prohibido por la ley colombiana, que solamente aceptaba, de conformidad con la ley 64 de 1923, las loterías departamentales, fuente de ingresos de la beneficencia pública. Y, ¡quién dijo miedo!: a su regreso del Ecuador, creó la primera empresa “clandestina” para explotar a los pobres, y a los ingenuos en general: el Chance. “Clandestina”, porque todo el mundo se enteró del nacimiento del monstruoso juego, menos el Estado. 


El resto es historia conocida. De la mano de un gobernador niño -hasta eso ha habido en el Quindío- ingresó a la política, mejor, a la politiquería, que es el “bastardeo de los fines de la acción política.” Primero, valiéndose de sus votos cautivos (empleados de prostíbulos, cantinas, cafés y vendedores de chance), se hizo elegir representante a la Cámara. Luego, en un abrir y cerrar de ojos, fue senador. Jamás su voz se escuchó en el Congreso, excepto, naturalmente, el grito para contestar el llamado a lista. Después que el Eln asesinara a Ancízar López, optó por autoproclamarse jefe único del Liberalismo del Quindío. Desde entonces ha sido el amo de la corrupción en el Quindío, no solamente en el departamento, sino en cada uno de sus municipios.


Se preguntará el lector, qué pasó el 25 de octubre de 2015: ¿no fue, por ventura, derrotado el clientelismo en Quindío y, especialmente, en Armenia? La respuesta es sencilla: sí, la gente depositó más de ciento veinticinco mil votos por Carlos Eduardo Osorio Buriticá, y lo eligió como gobernador; y más de setenta mil armenios votaron por Carlos Mario Álvarez Morales para elegirlo alcalde de la capital. Nadie votó por Carriel, como tampoco por su hija, señora que no fue candidata en tales elecciones.


Sin embargo, los rumores crecen hasta convertirse en clamor: el “carrielismo” manda en Armenia: reparte puestos, da contratos a diestra y siniestra, es el verdadero poder tras el trono. Y lo mismo, mutatis mutandis, acontece en la administración departamental. ¿Tienen razón los que murmuran? Veamos.


Conozco a Osorio Buriticá y a Álvarez Morales, no desde hace veinte años, como sería mi deseo: apenas desde mayo del año pasado, cuando tuve el honor de que me los presentaran algunos amigos de siempre, como el ingeniero Ramón Jairo Gómez Jaramillo. Ese conocimiento me permitió respaldarlos (no con votos, pues no soy dueño de ninguno, salvo el mío), con la única arma que tengo: estos escritos semanales en EL MUNDO, de Medellín, y en La Crónica del Quindío. 


Por todo esto, afirmo que los dos son hombres de bien, cultos, honrados, y no contaminados por la politiquería, ni por el clientelismo que es su expresión más refinada. Ellos son conscientes de que tienen una tarea propia, un mandato inequívoco: gobernar a favor de todos, sin sujeción a la voluntad de Carriel ni de su hija. A los dos funcionarios los ilumina su inteligencia y los sostiene su carácter: por eso, no necesitan ninguna luz ni quieren la piedad de nadie. Allá los politiqueros con sus trucos y sus pilatunas: pero que no contaminen la administración de dos hombres decentes e intachables, decididos a trabajar por la comunidad.


Si Luz Piedad quiere el Senado, ese es su problema y su tarea, un asunto suyo y de nadie más. Pero que no pretenda conseguir ese honor a costillas de empleados públicos que, según algunos, sigue nombrando y destituyendo a su antojo. Cabría preguntarse: ¿a quién obedecen más los altos empleados que nombró el gobernador: a éste que firmó el decreto o a la señora hija de Carriel que dictó los nombres? Y que no se sacrifique el progreso de Armenia y del Quindío por elegir a esta señora, y menos por fortalecer su imperio de inmoralidad general, de contratos tramposos y de ganancias indebidas. Y algunos citan como ejemplo el alumbrado público de Armenia…