Columnistas

El caso de Briceño
Autor: Dario Ruiz Gómez
18 de Julio de 2016


Al pasar por entre las neblinas del alto de “Ventanas” uno podía verlos en la entrada de la carretera de Briceño, los temidos guerrilleros de las Farc que en cualquier momento hacían un retén y detenían arbitrariamente a cualquier ciudadano.

Al pasar por entre las neblinas del alto de “Ventanas” uno podía verlos en la entrada de la carretera de Briceño, los temidos  guerrilleros de las Farc que en cualquier momento hacían un retén y detenían arbitrariamente a cualquier ciudadano. Ya esa carretera, resquebrajada, peligrosa, sin solución alguna por parte del gobierno, era un interrogante sobre lo que aún supone la afrenta del abandono. Unos años después la presencia de familias colocadas precariamente a ambos lados de la carretera, pidiendo una limosna. Desplazados de esas regiones donde después arribaría el flagelo de los paramilitares asesinos. Ahora gracias al acuerdo del gobierno con las Farc reaparece Briceño, invisibilizado durante largos años gracias a la narcoguerrilla. Recuerden el helicóptero que volaron   en sus cercanías cuando Fajardo era Gobernador, rehagan mentalmente el territorio que va de Ituango, el Nudo de Paramillo a Tarazá dominado a su antojo por el Secretariado de las Farc, no se olviden del desplazamiento forzado de cientos de campesinos conducidos por la fuerza a las protestas del Bajo Cauca, muchos de los cuales fueron llevados a Bogotá y luego a Medellín donde ocuparon el coliseo de la Universidad de Antioquia durante meses. ¿Quién impuso a sus habitantes  la tarea de convertir esta rica región en un mar de matas de coca, para que el Estado desapareciera y la población fuera sometida a la llamada Justicia revolucionaria?


La anciana  presente en la ceremonia con la cual “se inició” oficialmente la sustitución de la coca por la siembra de cacao lo dijo en un reproche doloroso: “¿Y las viudas, las familias destruidas?”  ¿Se ha terminado de desminar el territorio, según se anunció con otra pomposa escenificación para que al día siguiente muriera un policía? ¿Por qué se trata de encubrir la dolorosa  historia de estos lugares olvidándose de la geografía humana? La gratuita sustitución de sembrados sin estudios rigurosos previos ha sido un fracaso que ha traído más miseria. Las Farc es un grupo cuyas tesis son preindustriales en el significado más primitivo y por lo tanto ajenas a un concepto moderno de empresa, desconocedoras de lo que significa industrializar el campo, transformar socialmente al campesino y desde luego respetar el derecho de las comunidades al nomos territorial que ellas determinaron al construir un paisaje en el cual sus vidas cobraron sentido y que; por lo tanto, no pueden ser tratadas como mudas comparsas, a la hora de decidir el futuro de sus vidas. ¿Erradicando en seis meses los sembrados de coca de este pequeño territorio se pellizcaría siquiera la compleja organización delictiva que maneja el narcotráfico a escala internacional? ¿Y el Nudo del Paramillo? ¿Las Farc y la ONU no debieron anunciar primero la devolución de este territorio a sus verdaderos propietarios, reconociendo igualmente que cualquier ciudadano puede recorrer libremente estos caminos sin que peligre su vida? ¿La presencia de Alape y de sus milicianos no es como si se hubiera llevado ante los sobrevivientes de Auschwitz, los verdugos de esos campos de exterminio? El postconflicto implica el reconocimiento de los derechos inalienables de los campesinos al uso de sus tierras, violentadas por un grupo criminal. La Paz no es pues dar vuelta a la hoja y olvidarse olímpicamente del horror vivido por las gentes, haciendo una parodia televisiva. Ahí debieron estar demógrafos, ingenieros forestales, economistas, empresarios capaces de entender la tarea de modernizar un hábitat  definido por su propia economía, de iniciar para toda la región un modelo de desarrollo congelado por la violencia. El desconocimiento de la autonomía de la Gobernación de Antioquia fue flagrante.  La paz comienza por el reconocimiento de sus derechos a las comunidades ofendidas, por el reconocimiento de la soberanía del Estado de Derecho sobre cualquier territorio.