Columnistas

Lento naufragio
Autor: Sergio De La Torre
17 de Julio de 2016


El infierno que hoy vive Venezuela no lo vive ni el mismo Haití, catalogado como el país más pobre de América Latina.

El infierno que hoy vive Venezuela no lo vive ni el mismo Haití, catalogado como el país más pobre de América Latina. El salario mínimo venezolano (lo que devenga el común de la gente activa o pensionada), convertido en pesos, no le alcanzó a las matronas que llegaron a Cúcuta el domingo sino para comprar una bolsa mediana con algunos productos básicos. Pero estaban felices y agradecidas con la modesta adquisición, que en algo mitigaría el hambre de sus familias. Ni el más creativo de los fabuladores o novelistas del “realismo mágico”, un García Márquez, por ejemplo, habría imaginado una escena que reflejara de manera tan gráfica los vaivenes de la vida colectiva. Tanto le cambió la suerte a nuestros hermanos, que se invirtieron los papeles: ya no somos los colombianos quienes vamos allá en procura del trabajo y bienestar, sino que son ellos los que acuden acá, en busca de oportunidades laborales y hasta de cosas de pan coger, así no fueren muchas. Y llegan a pie, no en los flamantes coches en que nos visitaban antes. La regla hoy en dicho país son las largas y a veces fallidas colas. Y ya dentro de las tiendas, la rebatiña por los alimentos entre los ciudadanos, alarmados por la escasez.


Mas si solo fuera el desabastecimiento lo que los asedia, su tragedia no sería tan grave, pues las hambrunas que todavía asedian al planeta son raras y se remedian a tiempo. Peor que la indigencia es el dolor, la humillación que lacera a una comunidad acostumbrada a la opulencia y el despilfarro, que nunca pidió ni esperó nada de sus vecinos. Eso es lo que los venezolanos no le perdonarán jamás al chavismo, que lo hundió en el fango y lo cubrió de vergüenza, impelidos a estar cruzando a los tropezones una frontera bloqueada, para que su pariente pobre les surta la despensa. El fenómeno es entendible por economistas y sociólogos, pero no es fácil de explicarse y de sobrellevar para quien en el diario vivir lo padezca. Y si se vuelve crónico en Cúcuta, como parece, ofende la dignidad de cualquier nación no habituada a semejantes caídas. De ahí que a los colombianos, pese a todo (a la desfachatez con que el presidente Maduro expulsó en tropel a 20.000 compatriotas nuestros al cerrar abruptamente la frontera el año pasado), también nos aflija su drama. Ni nos complace la desgracia de nuestros hermanos, ni experimentamos sentimiento alguno de revancha o desquite con lo que los agobia.


Las visitas masivas a Cúcuta van a multiplicarse, autorizadas o forzadas. Más bien autorizadas por Maduro, pues él no se expone a que la gente, al desafiar la guardia venezolana, la obligue a responder agrediendo mujeres inermes y desesperadas ante las cámaras de televisión. Ello, sumado a tantos otros abusos, despertaría tal indignación en el mundo que a los gobiernos del hemisferio todavía complacientes, les quedaría difícil seguir guardando silencio. Ese régimen ha suscitado tanta repulsa por sus continuas violaciones a la libertad política y a su propia Constitución, que ya la izquierda europea, en cabeza del español Felipe González, y aquí en el hemisferio el uruguayo Almagro, amén de países como Brasil y Paraguay, van tomando distancia. Harto difícil resulta cohonestar con el silencio o la neutralidad cobarde a una Venezuela que hoy es modelo de incompetencia, nido de corrupción expuesto por tres lustros al saqueo de la camarilla gobernante, y satrapía que no respeta nada en punto a garantías y derechos ciudadanos. La de Venezuela ya no es una crisis sino la peste anunciada. Si el hemisferio, desde la OEA y con Almagro, no la rescata a tiempo, acabará contaminando a sus vecinos. El torrente migratorio, verbigracia, ya lo vislumbra Colombia, el más próximo a ella. Preparémonos entonces, con amor abnegado, pero también con certeza y rigor.