Palabra y obra

On the death of Yves Bonnefoy
En la muerte de Yves Bonnefoy
15 de Julio de 2016


Cuando leíamos la poesía de Bonnefoy y principalmente su libro Tarea de esperanza (2007), era evidente, lo podíamos corroborar en todo momento, estaba vivo, o lo que llamamos la vida, tenía y se sostenía irresistiblemente en la vida.


Foto: Cortesía 

Yves Bonnefoy.

Óscar Jairo González Hernández


Profesor Facultad de Comunicación 


Universidad de Medellín


Para María Celeste 


Cuando leíamos la poesía de Bonnefoy y principalmente su libro Tarea de esperanza (2007), era evidente, lo podíamos corroborar en todo momento, estaba vivo, o lo que llamamos la vida, tenía y se sostenía irresistiblemente en la vida, y leerlo y leer ese libro en concreto, era también del orden de lo irresistible y tenía una “belleza y verdad” extraordinaria, dado que en esa medida también, mientras lo leíamos estábamos hablando con él o viendo la lluvia caer sobre una calle en París o escuchando lo que ocurría en el mundo, las músicas de las ramas o de las relaciones entre una libélula con un mar de ostras; o podíamos saber que iba a México o que se queda en su biblioteca babélica, o que escribía sobre Giacometti y que escribía para la presentación de su libro “La ordalía” que: “Hay un espíritu de la poesía, es cierto, pero en la práctica el poema no se opone al relato como una experiencia verdadera de la encarnación, al teatro que representa en el sueño”.


O que ensayaba una reflexión sobre Fedra o que buscaba resemantizar su hermoso libro sobre Rimbaud (Rimbaud por sí mismo), en el pues, continuum de la vida, o en él, de la diseminación radical y excesiva de la poesía. ¿Dónde podría entonces decidirse a no escribirla más? ¿Qué lo llevaría a dudar de su alcance y de su realidad inquietante, de su esencia en él y en lo que deseaba para el destino de la poesía, poesía a la que él había destinado su vida, y que quizá estaba concibiendo de la misma manera destinarla a su muerte? 


Cada libro de poesía es la realización intensa y absoluta de una poética. Para cada uno de sus libros tenía la insostenible necesidad de “construir” una poética, como todos los poetas que le interesaban lo habían hecho, desde un carácter de la intensidad de sensibilidad que se proponían hacerlo, pues no se debía ello a un hacer por el hacer, sino que ello se relacionaba con lo absoluto de esa intensidad sensible, de llevarla hacia un exceso inalcanzable, inclusive para sí mismo o para sí mismos, como lo percibió por exacerbación de esa sensibilidad, en y desde Baudelaire, Mallarmé, Rimbaud, Yeats y por un momento transitorio en el surrealismo. 


En diferentes intervenciones, Bonnefoy exaltó la labor del poeta y la necesidad de cultura y arte que tiene la sociedad de hoy. 


Bonnefoy no tiene medida en esa dimensión de lo estético que se ha dado. Inescrutable lo que escruta, inaudible lo que escucha. Transparente en lo oscuro, lo que se ilumina. Esas son como sus metódicas, en las que extrae de lo que “conoce” no hacia ni por el conocimiento en sí mismo, sino por lo que siente, por lo que sueña como lo indica en su maravilloso: “Relatos del sueño”. Extraer de lo que siente entonces, lo que es en él la poesía y lo que él hace por la poesía, destino de Bonnefoy y destino de la poesía, que después se mezclan, se relacionan o no en, lo que llamamos: Un Bonnefoy poesía y una poesía Bonnefoy, pero que sin duda, también el uno y la otra, ya mismo para él y para ella, no se necesiten nunca más. Morir de Bonnefoy y morir de la poesía; pero la poesía le continuará, la poesía podrá continuar escribiéndose sin él. 


Eso es lo qué nos dice hoy la muerte de Bonnefoy, pero no en el mismo sentido y en la misma intensidad de la sensibilidad exacerbada con la que él la escribió. Como resultado de “La movilidad e inmovilidad de Douve”, o como una y esa “Devoción”, que lo hacía exclamar: “A los pintores de la escuela de Rimini. Quise ser historiador angustiado por vuestra gloria. Quisiera borrar la historia para preservar nuestro absoluto”. 


Y para la poesía, las palabras todavía quedan aun así las haya poseído un poeta, un poeta al que la poesía destinó sus palabras y que le llevó a excavar su vida por medio de ellas; porque las palabras no se contratan ni pueden ser contratadas por el poeta. Hay poetas que sí lo hacen, es obvio, pero hay otros que no, por lo que sus palabras forman y constituyen un tratado de sus palabras. 


Bonnefoy escribió un tratado de sus palabras, con las palabras que  la poesía decidió destinarle, darle y propiciarle como provocación de extrañeza o de intencionalidad de extraviarlo, y por eso entonces, las palabras de Bonnefoy son las de él, las que en esa provocación hizo suyas, ante el miedo de tenerlas para sí, ante la duda de que en realidad fueran las suyas, y no quizá tener las que estaban o habían sido destinadas a otro poeta. Tenía ese miedo, ese miedo lo hacía temblar, lo hacía sentir un condenado, por eso lo dice en su poema: Del significante: “La primera palabra era ‘la nube’,/ la segunda todavía ‘la nube’, la tercera, la cuarta, etc., eran la nube, o el cielo, o el aire,  no se/ sabía bien. /Pero ya la séptima se desgarraba, se borraba, no se distinguía más/ del desgarramiento, del borramiento de otras más abajo, de otras al/ infinito, de otras ceniza, de otras como polvo blanco que, /vanamente, alguien removía en esa bolsa grande de tela gastada,/ lo que quedaba del lenguaje”.


Entonces las palabras nube, cielo, aire, piedra, viento, luz, infinito, eternidad, mano, noche, agua, eran las suyas, las había hecho suyas para decirlas, para tocarlas, para rozarlas y para hacerlas sentir en sí mismo y en su lector, por medio del Libro de la Poesía de Yves Bonnefoy, de un libro absoluto, para quien quisiera entrar en él, lo hiciera entonces, desde sus palabras/mitos, pues había alcanzado a hacerlas suyas, por medio de esa transmisión que hay del mito a la palabra y de la palabra al mito, en su modernidad, o sea, ya no el mito como alienación del poeta sino el mito como palabra que destruye la tumba donde yacen las palabras muertas y las trae a la vida como Orfeo. Y así podemos decirnos con él: “Es el alba. ¿Y esa lámpara acabó así/Su tarea de esperanza, mano sobre/El espejo empañado en la fiebre/De quien velaba sin saber morir?/Pero es cierto que él no la apagó,/ Que arde para él, a pesar del cielo./Las gaviotas gritan su alma en tus vidrios escarchados,/Oh durmiente de las mañanas, barca de otro río”. 




Sobre Yves Bonnefoy

- Nació en Tours, Indre y Loira, el 24 de junio de 1923.


- Murió en París, el 1 de julio de 2016.


- Roles: poeta, crítico literario, ensayista, traductor y prosista. Para saber de este autor: se destacó como traductor de Shakespeare y por sus ensayos fundamentales sobre arte y artistas del Barroco y del siglo XX, incluyendo a Goya, Joan Miró y Alberto Giacometti.


- Su poesía y sus relatos.


- Traité du pianiste, 1946; ampliado en 2008.


- Du mouvement et de l’immobilité de Douve, 1953. Trad. de Carlos Piera: Del movimiento y de la inmovilidad de Douve, Madrid, Visor, 2002 ISBN 13: 978-84-7522-082-6


- Hier régnant désert, 1958.



- Anti-Platon, 1953.


- Pierre écrite, 1965.


- L’Arrière-pays, 1971.




- Dans le leurre du seuil, 1975.


- Rue Traversière, 1977. Trad. de Julián Mateo: Relatos en sueños, Valladolid, Cuatro, ediciones, 2009 ISBN 978-84-933199-9.


- Antología poética, Barcelona, Lumen, 1977. 


- Poèmes (1947–1975), 1978.


- Entretiens sur la poésie, 1980.


- Ce qui fut sans lumière, 1987.


- Récits en rêve, 1987.


- Début et fin de neige, con Là où retombe la flèche, 1991. Tr. de Jesús Munárriz: Principio y fin de la nieve. Début et fin de la neige. Edición bilingüe. Madrid, Hiperión, 1993.


- La vie errante, con Une autre époque de l›écriture, 1993.


- L’encore aveugle, 1997.


- La Pluie d’été, 1999. Tr.: La lluvia de verano, Córdoba (Argentina), Alción, 1999.


- Le théâtre des enfants, 2001.


- Le cœur-espace, 2001.


- Les planches courbes, 2001. Trad. de Jesús Munárriz: Las tablas curvas. Les Planches courbes. Edición bilingüe. Madrid, Hiperión, 2003. 


- Tarea de esperanza, Valencia, Pre-Textos, 2007, antología.


- La longue chaine de l›ancre, 2008.