Palabra y obra

About the honesty of living
Sobre la honradez de vivir
15 de Julio de 2016


El escritor Memo Ánjel comparte con nuestros lectores su lectura de la novela Lo que el día debe a la noche, de Yasmina Khadra.


Memo Ánjel


Escritor, Docente UPB


La auténtica tumba de los muertos es el corazón de los vivos. Anuncio en el cementerio de Saint Pierre, en Aux-en-Provence”. 


Citado por Yasmina Khadra en Lo que el día debe a la noche. 


Llorar


Llorar es un asunto de gente honrada. Pero no llorar por un muerto, por una emoción, por un pellizco o algo que se perdió, estos son lloros en los que se cae y de los que se sale. Hay gente que se recuerda llorando y le da risa. Pero, llorar, cuando es honrado, contiene una honra a la memoria vivida, esa que carece de olvido, la tenida en bajos y altos, en palabras no dichas y en las que se dijeron y a veces no fueron claras o se tomaron a mal. La vida es lo que elegimos, por eso se llora para encontrarse uno mismo. Y es un llanto silencioso, a veces, largo, comprendiendo. Y en ese llanto que aparece al comprender, lo vivido se nos viene encima y ahí estamos, sin tiempo, sin culpas o con ellas ya convertidas en amigas, ocupando ese espacio mínimo que nos contiene y en el que ya somos lo que somos sin necesidad de intermediarios. Se llora honradamente cuando nuestra vida está presente y ya no se puede hacer más. Y este llanto no contiene dolor, sólo imágenes, alguna canción, la sensación de una caricia que no desparece. Y en ocasiones una sonrisa: la vida tuvo que ser así y no de otra manera.


Que un hombre o una mujer lloren en una esquina porque sí, que estén subiendo una escalera y lloren en el rellano sin más ni qué, que vean una foto o lean una carta y lloren perdidos en ese paisaje de gente o de palabras, que cierren los ojos y se vean riendo mientras lloran, es un asunto de honradez, pues no lloran por una nostalgia ni por un miedo que los acose, tampoco por un faltante (que la vida se ha encargado de cubrir bien que mal). Lloran por haber vivido y perdido una oportunidad esencial: querer y ser querido. Y en esas lágrimas navegan por un mar en calma y bajo un cielo sin nubes, haciéndose preguntas sobre lo que ya no fue y lo dejé ir porque tenía que cumplir con otras obligaciones, con alguna promesa sin sentido, con un miedo. Porque en el llanto honrado, siempre hay un amor perdido al que se sigue amando porque fue tan necesario como el agua fresca. Fue una aparición y se quedó en nosotros. Y este llanto que es dulce como una caricia, como un beso, es lo que el día le debe a la noche. 


Yasmina Khadra


Mohammed Moulessehoul es un escritor argelino que, cansado de la autocensura, se decidió por un pseudónimo femenino para firmar sus novelas: Yasmina Khadra. La voz de una mujer está autorizada para hablar de sentimientos (dulces, amargos, alegres, violentos) llevados al extremo. Y es que la vida es la suma de sentimientos que se tejen para al fin morir y saber cuánta vida hubo. Somos los que sentimos y de ahí no hay escapatoria, ni siquiera para los sicópatas. 


En la cultura, la mujer representa la vida, la que todo lo transmite y es testigo de todo, la que calla sabiendo y la que ama aun en contra de ella misma, como el caso de Effi Briest, la novela de Theodor Fontane. Y un hombre se vuelve mujer (no por una operación quirúrgica que lo travista) cuando es honrado con la vida. Quizá por esto, Mohammed Moulessehoul haya tomado el nombre de Yasmina Khadra, cuyo significado en árabe es la honesta  y justa, como la flor del jazmín que perfuma la noche luego de un calor intenso, agradeciendo. 


De Yasmina Khadra había leído La trilogía de Argel, tres novelas policíacas en las que el tema central es la corrupción, el callarse ante la inmoralidad, el perder por miedo y el resistir en medio de la inmundicia. Perdido el sentido de lo justo, queda una alcantarilla que no para de evacuar porquerías. Pero, en Lo que el día debe a la noche, novela de la que se hizo una película que no alcanza a leerla bien, el asunto que plantea el escritor es otro: ¿se puede ser honrado pasando por infiernos diversos? ¿Se puede amar sin poder lograrlo? ¿Qué es eso que no decimos y a cambio somos unos desgraciados? ¿Qué es lo que el día debe a la noche, ese espacio de luna y estrellas donde el descanso nos dice al fin quiénes somos?


La novela, que habla de Orán y de un pueblo llamado Rio Salado en el que habitan  argelinos de origen francés y español, judíos sefarditas, árabes, ocupantes norteamericanos y terroristas de la OAS, que pasa por la segunda guerra con apenas unos bombardeos sobre el puerto y luego por la revolución argelina, que lo cambió todo sin saberse para bien de quién, habla de barrios buenos y malos, amores de muchachos, matrimonios bien habidos y otros desgraciados, pobres y ricos, toma obligada de participación política,de una farmacia y, en todo este revoltijo, de amores habidos, contenidos, desechos y desesperados. Y al final de la lectura se llora de manera honrada, es inevitable. 


Lo que el día debe a la noche narra los acontecimientos difíciles, a través de letras apasionadas y conmovedoras que desde 1930 viajan hasta la actualidad.  


Lo que el día debe a la noche


Ferdinand von Chirac, el autor alemán de novela negra y relatos, basa su obra en una frase de Aristóteles: las cosas son como son.  O sea que no pasa nada que no deba pasar ni llega nada por el solo deseo de que llegue. Todo sigue un orden que provocamos, que no se racionaliza sino que aparece como resultante. Así que vivimos en medio de un sinfín de variables que no controlamos, que se crían en una palabra, en un acto, en un olvido, en una decisión. Y así se dan las cosas, libres como pájaros y debidas a nuestra libertad de elegir. 


¿Qué le debe el día a la noche? Voltaire decía, en El cándido, que como este no es el mejor de los mundos posibles (contrariando la teoría de Leibniz), sobrevivimos a él trabajando, entregados a una tarea, a un horario y a un salario. Y ese trabajo nos da unos resultados económicos, sociales y de nuevos descubrimientos sobre las cosas, asunto que se admite siempre y cuando nos neguemos a la teoría sobre la libido de Freud, que en última instancia parece que rige la esencia de estar vivo. Durante el día hacemos lo que es necesario para no desesperar y en la noche, libres de toda tarea, buscamos dormir para que esa desesperación no nos abra los ojos, cosa que pasa cuando no hemos resuelto nuestra relación vital con el otro que nos contiene o nos debiera contener. Y así somos, en la alteridad lograda o por encontrar. Así que el día debe a la noche lo que obviamos haciendo otra cosa, eso de que nos escapamos llenando informes a cambio, la mirada de reojo buscando una mirada, el pasar de lado queriendo detenerse, el querer decir más sin lograrlo, el sueño en veremos, la caricia detenida, el beso que pudo darse. Y en la noche, cansados de ese juego de roles del día (donde siempre fuimos otros), algunos recuperan algo, otros encuentran el cuarto vacío. 


Y para reconocer esto, para llorarlo sin resentimientos, se necesita de una vida honrada, que es la que es, la que se pudo hacer con un mínimo de dolor, la que fue viviendo y sabiéndose en un escenario (las cosas pasando y nosotros pasando con ellas). Y en esta vida honrada están las pérdidas que nos provocamos, los encuentros ansiados que no se dieron, la mujer o el hombre que esperaron para un abrazo y en la espera se perdieron, las palabras que no llegaron.  Bueno, es lo que el día debe a la noche, contado por un hombre que se ha puesto nombre de mujer intentando recuperar el encuentro.