Columnistas

Nacionalismo benevolente
Autor: Guillermo Maya Muñoz
11 de Julio de 2016


El resultado del referendo en Gran Bretaña de salir (Brexit) de la Unión Europea (UE)-una unión aduanera con un arancel externo común- es explicado en parte por sus oponentes.

El resultado del referendo en Gran Bretaña de salir (Brexit) de la Unión Europea (UE)-una unión aduanera con un arancel externo común- es explicado en parte por sus oponentes, como producto del nacionalismo -xenófobo y racista- y el populismo que atentan contra la existencia de la misma UE, una agrupación de naciones que se convierten de hecho en entidades territoriales provinciales, sin soberanía monetaria y cambiaria, y una política fiscal controlada bajo la prohibición al Banco Central Europeo (BCE) de emitir para financiar los déficits fiscales. 


Sin embargo, esta demonización del nacionalismo, en la actual globalización neoliberal, ignora el proceso de construcción de las naciones y el significado del nacionalismo en pro de un cosmopolitismo que sólo propone una integración asimétrica entre naciones ricas y pobres, y que encarna los intereses nacionales de los países desarrollados y sus corporaciones transnacionales.


La socióloga Eliah Greenfeld en su su libro The Spirit of Capitalism: Nationalism and Economic Growth (2001), afirma que llamar nación a la población, en general, “el pueblo de Inglaterra”, fue un evento lingüístico trascendental, a principios del siglo XVI, que elevaba las masas populares a la dignidad de la elite y que redefinía la comunidad del pueblo, como soberano, en tanto incorporaba la autoridad suprema (El Rey estaba sometido a la ley), como una comunidad de individuos iguales, con la capacidad de ocupar cualquiera posición social. Entonces, la palabra nación significaba, en sentido, moderno, el pueblo soberano, que consiste de individuos iguales. 


La tesis de Greenfeld es que el nacionalismo es el factor explicativo de por qué la sociedad se reorientó hacia un sistema que tiene por objetivo el crecimiento económico. La economía moderna es el fruto del nacionalismo, es el resultado del principio de igualdad.  El nacionalismo “eleva las clases más bajas y ennoblece sus actividades”.


Por otro lado, la democracia es la combinación de los principios de soberanía popular y de la igualdad de sus miembros. El nacionalismo necesita de un sistema de estratificación abierto y fluido, de sistema de clases, caracterizado por la movilidad social y el cambio. El individuo se convierte en el agente histórico y basa la posición social o status en los bienes trasferibles de riqueza y educación. El futuro de los individuos no está determinado por el nacimiento sino por sus talentos y logros.


Por otra parte, para el politólogo David Levi-Faur, (Economic nationalism: from Friedrich List to Robert Reich, 1997), “hay muchas formas de nacionalismo, pero es desafortunado que las versiones de nacionalismo, nazi, fascista, y conservador, se perciban como el tipo ideal”. También, hay formas benevolentes y racionales de nacionalismo, como aquél desarrollado por Federico List, basado más en valores cívicos que étnicos, pues incluso el mestizaje es elogiado por List: “Los pueblos surgidos de una reiterada mezcla de razas que abarca la nación entera, superan en vigor, energía del espíritu y del carácter, inteligencia, robustez corporal y belleza exterior, a todas las demás naciones” (Sistema Nacional de Economía política, 1841).


En palabras de List, en su libro Sistema Natural de Economía Política (1937), como “sólo existe el embrión de un Estado mundial futuro”, se hace necesario desarrollar los intereses nacionales para que la nación sea respetada: “El sentido común y los intereses mutuos deberían inducir a los países a disminuir su envidia natural y su desconfianza mutua. (…). Los intereses mutuos sugieren el establecimiento de la paz perpetua, así como el libre comercio entre las naciones que traería mayor prosperidad para todos. No obstante, todavía no es seguro que el cordero se acueste con el león.


Precisamente, List en el libro Snep expresa la exigencia  de un  nacionalismo  benevolente: “el más excelso fin de la política racional es la asociación de las naciones bajo la ley”. Pero esto exige una condición: “la equiparación más perfecta posible de las naciones”. Dejando de lado, las disputas territoriales, esa equiparación es en fuerzas productivas, porque una desigualdad en ellas conduce a una relación colonial, de dependencia, “como causas de animadversión”. Es decir, hay que nivelar el campo de juego en la competencia internacional, no por el libre comercio –que es el fin- sino por desarrollo de las fuerzas productivas de una economía agrícola-manufacturera, apoyada sobre el nacionalismo económico.


Por lo tanto la integración económica “solo tendrá éxito cuando se proponga y realice la equiparación en el disfrute de las ventajas que de ella resulten”, ventajas no basadas en el libre comercio como punto de partida, como si el cordero se acostara con el león, sino como punto de llegada, todos corderos.


La critica neoliberal al nacionalismo, es la puerta de entrada al dominio de unas naciones por otras, y a la perdida de la soberanía nacional. Alemania no conquistó a Europa con las hordas hitlerianas sino con las burocracias de la Comisión Europea, el BCE y el FMI.