Columnistas

Desbandada fatal
Autor: Sergio De La Torre
10 de Julio de 2016


Con las 500 mujeres que pugnaban por atravesar la frontera frente a Cúcuta la guardia venezolana no mostró la misma fiereza que despliega en Caracas, donde a las marchas opositoras les tranca su recorrido a bastonazo limpio y con tiros al aire.

Con las 500 mujeres que pugnaban por atravesar la frontera frente a Cúcuta la guardia venezolana no mostró la misma fiereza que despliega en Caracas, donde a las marchas opositoras les tranca su recorrido a bastonazo limpio y con tiros al aire, o al cuerpo. En lo que siempre coadyuvan, como pieza clave, las milicias chavistas motorizadas, hasta dispersar a los protestantes. Todo al mejor estilo de la falange española y de las camisas negras o pardas de Mussolini y Hitler en la Europa de otrora. Las que le sirven de modelo al sátrapa venezolano actual, pues también en la política los extremos se tocan: actuando a plena luz o en la penumbra, no hay nada más parecido a un fascista que un burócrata marxista. En Venezuela tiende a repetirse la experiencia de Cuba. Por ejemplo, al descontento quieto y medroso de los vecinos barriales, los esbirros vinculados a la omnipresente aparato estatal, articulados en los llamados “comités de defensa”, cuya función no es otra que la de vigilar y sapear a quien se queje por algo, no importa que sea el propio padre o hermano del delator, hasta que reciba su castigo, que empieza por el decomiso de la libreta de racionamiento con la que se procura la ración semanal de alimentos que a cada familia resignada y confiable se le suministra. Ignoro si todavía tal práctica existe, aunque es de presumir lo contrario, por la escasez causada por la quiebra de Venezuela, el último mecenas de la isla.


Viene a cuento todo esto, a raíz del episodio fronterizo aludido. Del cual me llamó la atención la pasividad de la guardia, que ante la firmeza de la turba femenina optó por dejarla pasar a Cúcuta, a comprar lo que pudiera con sus devaluados bolívares: víveres y medicamentos urgentes, para medio calmar el desespero que cunde en el vecino país. La hambruna que se perfila (tan marcada que ya la padecen los propios chavistas de base) debe no solo doler sino ofender en extremo, dado que en Venezuela, desde que le llegara la bonanza petrolera, se fue perdiendo el hábito del trabajo, gracias al ocio y los subsidios. Y al derroche demencial: cualquier familia de estrato 3 hacia arriba cada año cambiaba de automóvil, solo para lucir el último modelo, mientras en Colombia a los pocos privilegiados que podían tenerlo les duraba hasta convertirlo en un trasto irreconocible.


Igual que la lotería, la riqueza repentina que se disfruta sin haberla merecido mucho, ni conocido antes y labrado nunca, tiende a malgastarse sin prudencia y sin previsión, y con la alegre irresponsabilidad que la acompaña, malacostumbra al pueblo agraciado. El cual entonces afloja sus defensas y su aptitud para resistir las rachas del destino, incluidos los períodos de vacas flacas. Cuando la vida es un regalo, como la gozó Venezuela, todo se vuelve fachada y superficie, desde las instituciones, frágiles y deleznables, a intervalos asaltadas por caudillos y mesías de ocasión, como el mismísimo Páez, Juan Vicente Gómez luego y el pintoresco Chávez, quien al morir tuvo que dejar como repuesto a un minusválido, para que no pudiera volar solo o le hiciera sombra. Lo de allá siempre fue una república sin cultura política ni partidos estables, a merced del tumulto y la demagogia, herramientas preferidas de los falsos redentores. Lo único que una dictadura de corte populista o marxista (sea en el Trópico o en la fría Europa) no puede sofocar es el hambre y la consiguiente decepción de sus súbditos, antes hechizados y hoy desencantados. Como las damas venezolanas en la frontera, brincándose la barrera en masa. Toda rebelión o motín justiciero empieza por las mujeres. Por eso el gobierno vecino hoy parece querer reabrir la frontera, y allanarse incluso a un arreglo con sus oponentes.