Columnistas

El impuesto de la corrupción
Autor: Álvaro González Uribe
9 de Julio de 2016


Dicen los economistas que la inflación es el mayor impuesto para los pobres.

Dicen los economistas que la inflación es el mayor impuesto para los pobres. Sin embargo, entre inflación e impuestos tradicionales hay otro que se volvió tal: la corrupción. Su permanencia y efectos la han convertido en una suerte de impuesto más.


“Etimológicamente la palabra impuesto viene del latín ‘impositus’ que significa ‘tributo que pagan los que viven dentro de un país, vocablo compuesto por el prefijo ‘in’ que quiere decir ‘hacia dentro’ y ‘positus’ que significa ‘puesto’. Impuesto es la cantidad monetaria que se entrega al Estado, jurisdicción o cabildo de manera obligatoria para contribuir con sus ingresos. La recolección de impuestos es la manera que tiene el Estado, para financiarse y obtener recursos para poder costear servicios como la construcción de carreteras, puertos, aeropuertos, prestación de servicios públicos de sanidad, educación, defensa, sistemas de protección social para el desempleo, prestaciones por invalidez o accidentes laborales, etc.”. (Portal Conceptodefinicion.de).


Siguiendo la anterior definición, obviamente los funcionarios corruptos que de cualquier manera le roban al Estado no usan los dineros que “recolectan” para financiar al mismo Estado con el fin de que este preste los servicios que debe prestar. No, esos dineros van a sus cuentas personales o a las de sus testaferros.


Sin embargo, ya sea porque tiene presupuestados esos dineros que no llegan o porque ya hacían parte de las cuentas oficiales destinadas a prestar los servicios a los ciudadanos, el Estado tiene que cubrir de alguna manera esos dineros que se roban los corruptos: cobrando más impuestos, o haciendo menos obras y prestando menos servicios, en menor cantidad o calidad.


Así pues, la definición de impuestos transcrita funciona en parte también para la corrupción aunque los dineros no lleguen al Estado, es decir, no sean recolectados por este. Sin embargo, si los “recolecta” un corrupto el Estado tiene dos opciones: recolectarlos de nuevo o dejar de ser menos Estado. Tanto cuando recauda más impuestos para tapar los huecos que deja la corrupción, como cuando deja de hacer lo que le corresponde según la Constitución, el Estado es menoscabado en autoridad y en posibilidades. Los corruptos se ruñen al Estado, lo corroen, le quitan las herramientas para que funcione. Y lo que quizá es peor: dejan al Estado empelota en mitad de la calle, expuesto al escarnio público, en el cuero de la degradación y de la pérdida de autoridad y confianza.


Sea por el lado que sea, quienes pierden son los ciudadanos: O pagan más impuestos o sufren un Estado más ineficiente. De manera que al Estado nunca le roban, nos roban es a los ciudadanos.


Cada que se descubre un acto de corrupción -casi todos los días- los titulares de prensa por lo general hablan de que le robaron a cierta entidad oficial. Pero es un decir. Es al ciudadano a quien le roban.


Los corruptos le roban al niño que recibe sus clases en una escuela desvencijada; al paciente que se muere buscando una clínica para que lo atiendan; al campesino que se demora un día por un camino de herradura para sacar sus productos de su vereda; al pequeño wayúu que se muere de desnutrición; a la víctima del robo de su celular porque no había seguridad suficiente; al desempleado que es tal porque el Estado no lo pudo capacitar; en fin: son los ciudadanos de escasos recursos quienes más sufren los efectos de la corrupción porque son los que más requieren del Estado y porque tienen una voz más débil.


Conocemos el mal momento que pasan las finanzas públicas nacionales, y también hemos escuchado las diferentes estrategias dolorosas en curso o que se aprestan a tomar quienes manejan nuestra hacienda pública, sin embargo, ahora y siempre la mejor estrategia debe ser una lucha más efectiva contra la corrupción.


Aldaba: No creo en la frase aquella de que el poder corrompe, más bien creo que la corrupción empodera. Por eso es tan difícil luchar contra ella, así sea para reducirla “a sus justas proporciones”.