Palabra y obra

Confusions and prejudices on “street art”
Confusiones y prejuicios en el “street art”
8 de Julio de 2016


Una mirada crítica al arte urbano, arte callejero o “street art”, que reflexiona sobre su papel en las ciudades de hoy.



Cortesía Juan Fernanado Vélez

Juan Fernando Vélez reflexiona en Medellín, con sus intervenciones, de temáticas diversas como la mujer, la infancia y la herencia ancestral.

Por: Úrsula Ochoa, maestra en Artes Plásticas, crítica, docente F. U. Bellas Artes


 


No he logrado recordar exactamente a qué edad tuve la necesidad de tomar unas crayolas y dar rienda suelta a mi imaginación bosquejando garabatos en las paredes. En alguna ocasión dibujé lo que yo consideraba una flor, le puse unos cuantos trazos cortos diagonales y finalicé con un intento fallido de mi nombre que dejaría claro quien había sido el artífice de semejante obra maestra. Lo malo de aquello fue que el muro sobre el que dejé mi impronta era el de mi vecina. Recuerdo el tiempo que pasé llorando y limpiando mientras mi madre, la vecina y otras personas me decían lo horrible y reprochable que había sido mi crimen. Ahora sabemos que señalar el arte callejero “street art” como vandalismo es un lugar común, y como todo lo “común” sin análisis real alguno, sin diferenciar el acto de la intención, más que el peso de la tradición que todo lo justifica con un “así ha sido siempre”.


Esta forma de ejercer y pensar el arte incomoda porque interfiere en los ideales morales y asépticos de las ciudades utópicas que el proyecto moderno y su fracaso, nos recordó que no existirían. Es una cuestión de perspectiva, algunos ciudadanos se indignaron cuando uno de los vagones del Metro apareció intervenido por un grafiti que no había sido comisionado por alguna institución, por lo tanto, fue visto como un delito; como contrapartida, muchos artistas urbanos aplaudieron el hecho y manifestaron que esto se debía al poco espacio y reconocimiento que se les ha dado en la ciudad y otros, sin embargo, sostienen que el grafiti patrocinado e institucionalizado desvirtúa el verdadero sentido contestatario que tiene de fondo un discurso que va más allá de ejercer la delincuencia con unas latas de pintura en aerosol. Lo cierto de todo esto es que aceptar el arte urbano sólo porque está sujeto a “políticas institucionales” es un gesto tan hipócrita como aceptar los muñecos garabateados e insulsos como “arte” de un cantante foráneo (Bieber en Bogotá), y las creaciones de otros artistas como actos vandálicos. Si Medellín se complace con tener la etiqueta de ser “la más innovadora” hace muchísimo tiempo que deberíamos entender las dinámicas del arte callejero con todo y lo complejo que este es, porque sus obras nunca son complacientes al gusto “refinado” institucional que llama “arte público” a una escultura que va mejor en un museo, exagerada en dimensiones, puesta a la intemperie. 


El artista Juan Fernando Vélez, quien es conocido en la ciudad por sus intervenciones, reflexiona sobre la dificultad que existe en la recepción de estas propuestas, quizás por el estigma que tiene esta clase de arte, sobre todo porque impera la confusión, por lo cual, debemos puntualizar que categóricamente sí existe una distinción entre una grafía mal garabateada sobre una pared, una vidriera o la puerta de una casa y una obra de arte: 


“Es complejo el tema del ‘arte en la calle o Streetart’… Complejo porque el arte en la calle raya con el vandalismo y la ilegalidad, el daño a la propiedad privada o pública o incluso temas como la contaminación visual (hace poco, mientras pintaba, alguien me dijo que yo contaminaba visualmente la ciudad), sin embargo, pienso que la ciudad lo soporta, en la ciudad pasan tantas cosas y la realidad es tan diversa, tan efímera, que todo lo puede, que todo pasa y cambia. Esa es la razón del arte en la calle, lo efímero, lo que no dura, lo que cambia... ¿Para qué hacer arte en la calle duradero?”


En relación a qué puede considerarse como arte de calle, paradójicamente Juan Vélez nos presenta una reflexión que corresponde a una de las condiciones de arte que propone la teoría institucional de Danto analizada por Dickie y es precisamente la intención de ser: “Pienso que la palabra clave para responder es la intención, es decir, si quien realiza la intervención lo hace con intención de hacer arte, entonces lo es, y, además, ‘asume las consecuencias’; las asume en el sentido de que quien hace esta afirmación es porque tiene las herramientas necesarias para decirlo, sustentarlo y justificarlo, las herramientas de la ‘institución del arte’. No todo lo que vemos en la calle es arte, ya que muchos de los que lo hacen no están pensando en arte al momento de hacerlo”.


Como reflexión final debemos tener presente que el arte urbano nos recuerda que no todo es mercancía, cumple con una labor de resistencia y contraposición al mercado del arte que todo lo vuelve un producto de consumo, esto gracias a que, como lo indicó Félix Duque, la función del arte y especialmente la del arte callejero, es hacer desaparecer al público para devolver al individuo su dignidad a través de una desazón inicial porque el arte ha de sacar de sus casillas a la gente en lugar de halagarla, ha de conmocionarla y sacudirla haciéndola cuestionar sus prejuicios y su tranquilidad. El arte público (antimonumental), ajeno a todo ensalzamiento del régimen y de la “buena gente” es aquel revulsivo destinado a convertir gente en individuos libres y autoconscientes.