Columnistas

La cultura del menor esfuerzo
Autor: Omaira Martínez Cardona
6 de Julio de 2016


Mediocridad, facilismo, conformismo y desinterés son calificativos que pueden identificar a muchos que aún no entienden el real sentido de la ley del menor esfuerzo promovida por algunos estudiosos de lo espiritual como el hindú Chopra.

Mediocridad, facilismo, conformismo y desinterés son calificativos que pueden identificar a muchos que aún no entienden el real sentido de la ley del menor esfuerzo promovida por algunos estudiosos de lo espiritual como el hindú Chopra.


Es distinto dejar que la inteligencia de la naturaleza fluya y entender que hay cosas y situaciones que ni siquiera el poder del hombre puede cambiar, que creer y actuar como si el menor esfuerzo fuera lo mismo que holgazanería, apatía y esperar sin actuar a que las cosas caigan del cielo. Todo lo contrario, lograr niveles de autogestión y progreso que conlleven al bienestar  sin emplear mucha energía requiere de mucho más esfuerzo que la mayoría de actividades cotidianas a las que estamos acostumbrados.


En los indicadores del ejercicio de una ciudadanía libre y consciente y la participación en la formulación de políticas públicas sólo por citar algunos casos, se evidencia cada vez más la falta de interés y desmotivación de las personas que se estancan en un modelo de rutina en el que el ciclo vital se limita a sobrevivir como sea el mayor tiempo posible, reproducirse y morir. 


No se trata de complicarse, pero tampoco del otro extremo, el de relajarse hasta el punto en el que nada importe. Está comprobado que en contextos como el nuestro puede que menos sea más y bien sea suficiente, pero se ha evidenciado que no siempre lo fácil es lo mejor. Como lo he reiterado, los límites entre la pobreza de espíritu y el analfabetismo mental y emocional son muy sutiles. Por eso, el mundo actual se mueve en una constante ambivalencia entre el éxito y el fracaso, lo bello y lo feo, el sentido y el sinsentido.


Atrás quedaron las épocas en las que había más interés por leer, por conocer las causas de lo que ocurría en el entorno, por preguntar, por proponer e intentar cosas nuevas. Ahora pocos se interesan por conocer o aprender más de lo que les toca, saben un único camino y una sola manera de hacer las cosas, que generalmente es la más fácil y la que menos esfuerzo de cualquier tipo requiere, aún en detrimento del bienestar, los derechos y los intereses de otros.


La actual cultura del “yoísmo” también parece ser la del menor esfuerzo que seguramente no conducirá a ningún lado. Ya casi nadie sabe ni quiere saber nada porque mientras menos se sepa, menos dificultades tendrán que superarse. Este virus, síndrome u obsesión por nada más que sí mismo ha generado una especie de  “ceguera” en el ámbito emocional, mental y social que se manifiesta en todo aquel que se niega a abrir la mente, a ir más allá de su cada vez más reducido espacio vital. Ejercitar la mente con un mínimo esfuerzo ayuda a que las cosas fluyan más rápidamente y a prevenir la ceguera para no pasar por este mundo terrenal como los caballos en competencia con las anteojeras que les limitan la visión. 


Trascender de la ceguera a la lucidez como en las obras de Saramago requiere de más esfuerzo del que se cree y puede posibilitar el ejercicio de una ciudadanía capaz de hacer cosas nuevas y no aquella que repite todo lo que otros hicieron. Es la naturaleza humana capaz de hacer que los sueños se conviertan en realidad, pero no siempre es tan fácil y sin esfuerzo. El filósofo Noam Chomsky dijo que ahora más que nunca la población en general no sabe ni se interesa por lo que está ocurriendo a su alrededor y lo peor es que ni siquiera sabe que no lo sabe.