Columnistas

Iván Duque Escobar
Autor: José Alvear Sanin
6 de Julio de 2016


Únicamente Dios sabe qué rumbo hubiera tomado mi vida si Iván Duque Escobar, en su primer cargo público como secretario de Hacienda en Medellín, no me hubiera escogido para acompañarlo en el Catastro Municipal.

Únicamente Dios sabe qué rumbo hubiera tomado mi vida si Iván Duque Escobar, en su primer cargo público como secretario de Hacienda en Medellín, no me hubiera escogido para acompañarlo en el Catastro Municipal. Hace ya medio siglo comenzó nuestra amistad  y mi carrera pública, desvaída y provinciana, mientras la de Iván, fulgurante y siempre ascendente, alcanzó primer nivel nacional, sin faltar jamás a la vocación de servicio que ambos compartíamos. 


Destaco ese rasgo que ahora parece exótico porque Duque Escobar fue siempre un promotor de los verdaderos intereses colectivos. Sirvió al país con probidad, preparación y responsabilidad. En su larga vida pública no se registra ninguna actuación alejada del estricto cumplimiento del deber con ecuanimidad e imparcialidad. Antes de que fuera necesario empezar a hablar de transparencia, Iván era cristalino en el desempeño de sus funciones. Siempre siguió siéndolo, en un país donde la austeridad en la administración pública parece haber pasado de moda, porque ahora está ampliamente contaminada con buenas dosis de clientelismo, impreparación, improvisación y despilfarro, para no hablar de grados aún peores de corrupción. 


Desde luego, Iván alcanzó las más altas cotas en el servicio público porque su clara inteligencia iba unida a un finísimo olfato político. Así como los poetas “nacen, no se hacen”, los políticos también. Por desgracia, así como abundan los poetastros proliferan los politicastros…


Por la alteza de miras, la visión estratégica frente al acontecer nacional y el apego al ejercicio sereno de la autoridad, sin complacencia con el desorden y la demagogia, Duque Escobar fue realmente un estadista. Estudioso de los más intricados temas relativos al control fiscal, dejó varias obras en ese campo y un juicioso aunque discutible ensayo sobre Maquiavelo. La pasión de su vida fue analizar la trayectoria y obra del Libertador. Recogió la mejor biblioteca bolivariana de Colombia, más de cuatro mil volúmenes, cuya adquisición por parte de la Biblioteca Nacional o la Luis-Ángel Arango es necesaria para impedir que ese tesoro bibliográfico, requerido por los historiadores, se disperse. 


Con fidelidad, generosidad y constancia, Iván, como dice el poeta, fue ¡amigo de sus amigos!