Columnistas

El hombre de todos los partidos
Autor: Carlos Alberto Gomez Fajardo
5 de Julio de 2016


Dice cosas importantes Stefan Zweig sobre el carácter de su biografiado Joseph Fouché, sibilino personaje de la historia de Francia: “su pasión es la intriga”; “…sólo conoce un partido, el de la mayoría, el fuerte”.

Dice cosas importantes Stefan Zweig sobre el carácter de su biografiado Joseph Fouché, sibilino personaje de la historia de Francia: “su pasión es la intriga”; “…sólo conoce un partido, el de la mayoría, el fuerte”.  Las hazañas de Fouché le permitieron permanecer siempre en la cúspide y destacarse en el ámbito del poder durante el tormentoso periodo que va desde la génesis de la revolución francesa hasta la restauración de la monarquía de los borbones, con Luis XVIII. En realidad, Fouché fue “el hombre de todos los partidos”.  La lectura actual de la novela histórico-biográfica-psicológica, el Fouché de Zweig, nos señala algunos puntos del carácter y de las personalidades de quienes ocupan los titulares de la prensa en Colombia, muy especialmente por los protagonistas de aquellas cuasi infinitas conversaciones que tiene lugar bajo el patrocinio de quien férreamente conserva el poder totalitario en la isla prisión del Caribe desde hace muchas décadas y se ha convertido en garante de los intereses de la doctrina revolucionaria marxista en América Latina, a pesar de su estrepitoso colapso en todo el mundo, como lo comprueba la paradójica y triste situación de la propia Cuba y de nuestro otro vecino.


Hay un panorama: confusión, diálogos interminables, concesiones  inimaginables, partes de victoria que no convencen, alegrías postizas, manipulación mediática de informaciones parciales que corresponden a pujas de intereses y de emociones. Del escenario que tiene mucho de tragicomedia, surge la sensación de que en la isla se concede a la eterna guerrilla marxista prebendas que  atropellan a la justicia y al sentido común y también a la constitución y a las leyes. Se destaca en este mar  policromático un punto culminante: la grave acusación al presidente por traición ante la cámara de representantes por parte de personalidades de gran importancia en el ámbito de lo que se podría llamar la “derecha”, observando que  las diferencias derecha-izquierda  se han convertido en una frontera llena de gelatinosos claroscuros, aptos para el mimetismo practicado por sectores que aún se denominan “conservadores”.  


Los involucrados en esto, desde el más alto cargo de la nación, su familiar, sus delegados en La Habana, los jefes de la guerrilla, los extranjeros que  figuran como participantes en los procesos –quien sabe a qué títulos y bajo qué banderas legítimas-  nos llevan a que no es posible olvidar el estudio psicológico y de carácter elaborado por Zweig del sinuoso y elástico protagonista francés, ejemplo de personalidad escurridiza y oportunista. Fouché desempeñó con habilidad el papel de poder tras el trono, bajo los más contradictorios sistemas: Joseph Fouché  con su “naturaleza escurridiza, de reptil” ocupó altos cargos bajo los regímenes más opuestos, supo mantener su influencia bajo todos los jefes en los momentos más decisivos de la historia de Francia. “Un lobo audaz, farsante, habilidoso diplomático”, en palabras de su biógrafo, “jugador profesional, artista de manos ligeras, de palabras vanas y nervios fríos”.


Hay que recordar algo de la historia de Francia: de la monarquía se llega a la revolución con su baño de odio, de allí al imperio, la tiranía de Napoleón y tras su declive, de nuevo a la monarquía.  Fouché se mantuvo en primera fila como el burócrata reservado, versátil e inescrupuloso, “practicando la ciencia magistral de ocultarse a sí mismo” en palabras de su biógrafo. Fouché, inicialmente católico, luego ateo; realista, después revolucionario, primero girondino después  jacobino -la izquierda más radical del momento- no tuvo problema en ser regicida. Amigo de Robespierre, después su enemigo mortal; miembro del directorio, después  del consulado. Parte esencial del gabinete de Napoleón a quien después dejó para ser después de nuevo realista y ministro de la restauración borbónica, con Luis XVIII. En la lectura de Stefan Zweig  es descrito como un sujeto astuto, amoral, maquiavélico.  “Su silencio no es modestia, es cálculo”. Para él claramente el fin justifica los medios, su fin: el poder. Termina siendo uno de los hombres más ricos de Francia, esto poco sorprende.


La lectura de “Fouché, el genio tenebroso” podría ayudar entender algo de lo que sucede en la actualidad de nuestro país, al menos a aproximarnos a los rasgos psicológicos y de carácter de algunos de los protagonistas, tanto entre los funcionarios del estado, como entre los diferentes actores-negociadores que participan en el lodoso proceso. ¿Cuántos Fouchés tenemos hoy? ¿Cuál es la supuesta idoneidad que les permite creer que pueden negociar lo que no les pertenece? La descripción de Zweig quizá abarque no sólo a personajes de la cúpula del actual gobierno sino también a otros ámbitos de los negociadores, los miméticos jefes de la guerrilla que imponen sus intereses ideológicos y parecen avanzar implacablemente en obtener prebendas legales, así como el extenso séquito de avales provenientes de otras fuentes como la industria privada y agentes de otros países. Allí hay activistas de todos los partidos, pequeños Fouchés.