Columnistas

Ni uno, ni otro
Autor: Manuel Manrique Castro
29 de Junio de 2016


Las modas son dañinas cuando menoscaban la dignidad de los seres humanos y más aún si se asumen simplemente porque llegaron o porque alguna institución reconocida las implantó.

Las modas son  dañinas cuando menoscaban la dignidad de los seres humanos y más aún si se asumen simplemente porque llegaron o porque alguna institución reconocida las implantó. 


Una de las recientes proviene de las canteras del Banco Mundial y consiste en referirse a los jóvenes de entre 15 y 24 años, que ni estudian ni trabajan, como Ninis.  Esa doble condición padecida por parte  considerable de nuestra juventud mal puede denominarse con un término cargado de equívocos.  Insinúa, por ejemplo, que están en ese limbo porque prefieren no trabajar ni adquirir competencias técnicas o profesionales,  cuando bien sabemos que el desempleo o la falta de acceso a la educación superior, en cualquiera de sus modalidades, obedece más a causas estructurales y a las consecuencias de nuestros modelos de desarrollo,  que a la falta de interés o al desgano.


Pareciera que la responsabilidad es de los jóvenes porque, aparentemente, decidieron ni estudiar ni trabajar.  Por el contrario, la gran mayoría está sujeta a la doble presión de una tenaza que tiene en un brazo la baja cobertura y la  deficiente calidad de la educación y en el otro la falta de opciones laborales, tanto por la incapacidad del régimen económico para incorporar acertada y oportunamente a la juventud, como porque la educación los abandonó en el camino o  no les dio lo que necesitaban, como sucede con la deserción escolar. 


Los jóvenes latinoamericanos y del Caribe, entre 15 y 24 años,  que no encuentran espacio en el mercado laboral  ni en el sistema educativo, son más de 20 millones, 60% en condición de pobreza o cerca de ella,  66% mujeres; la gran mayoría se distribuye entre Brasil, Colombia y México.   El restante 34%  o más, aunque no sumido en la precariedad económica, corre el riesgo de convertirse en población adulta pobre si no encuentra trabajo o no consigue calificarse mejor para el empleo.  Eso, si  en sus años juveniles no escoge  la ilegalidad como opción perversa para sobrevivir. 


Aunque gobiernos y organismos multilaterales  insisten  en la implementación de programas de capacitación y emprendimiento para mejorar la empleabilidad de los jóvenes, la realidad habla con crudeza porque la  informalidad se ha convertido en el modo de vida de 130,000,000 de latinoamericanos, equivalentes al 47.7% de los trabajadores de esta región. 


Según la OIT, 27 millones de jóvenes,  6 de cada 10 latinoamericanos y caribeños económicamente activos,  militan en las filas de la informalidad, es decir, desempeñando actividades de mala calidad, con pobres e inestables salarios y sin prestaciones ni derechos laborales. Jóvenes que pasan los mejores y más productivos años de su vida dedicados al comercio o actividades económicas de baja productividad que les estrechan el futuro.  


Por las características de su quehacer cotidiano, muchos de estos jóvenes se han sumado involuntariamente a las filas del apartheid digital que los proscribe del acceso a las herramientas tecnológicas de este tiempo, como la informática,  recurso importante para fortalecer su capacidad de generación de ingresos. 


Mal puede hablarse de equidad y lucha contra la exclusión y la pobreza si casi la mitad de la  fuerza laboral de nuestra región, como promedio, está condenada a hacer de su vida un ejercicio de malabarismo urbano diario a fin de llevar comida y los bienes esenciales a sus familias. 


Detrás del eufemismo de los llamados Ninis se esconde, pues, una muy compleja realidad que desafía las fibras de nuestras estructuras económicas y sociales y, por lo tanto, más que simplemente constatar que no estudian ni trabajan, hay  la necesidad dereconocer que se trata de millones de  jóvenesa quienes el mercado laboral tiene la responsabilidad de acoger,  sin desmedro de la delicada tarea que el sistema educativo aún no cumple adecuadamente.