Columnistas


Vidas paralelas
Autor: Sergio De La Torre
26 de Junio de 2016


Para entender bien a Trotsky es menester enfocarlo como el s韒bolo que fue y sigue siendo, m醩 que como persona. Su imagen y recuerdo sin duda han palidecido con el paso de los a駉s, pero es todav韆 figura emblem醫ica de la contemporaneidad,

Para entender bien a Trotsky es menester enfocarlo como el símbolo que fue y sigue siendo, más que como persona. Su imagen y recuerdo sin duda han palidecido con el paso de los años, pero es todavía figura emblemática de la contemporaneidad, por su variada versación, su reciedumbre y carisma. Y por la huella que dejó, por su influencia en el devenir de Rusia y, a partir de ahí, en la izquierda radical de Europa y Norteamérica. Y de naciones adelantadas del Tercer Mundo como Méjico, Argentina y Brasil. Figuras de su misma talla fueron Churchill, Lenin, Roosevelt, Hitler, Mussolini, Franco y desde luego Stalin, cuyos actos tuvieron repercusión universal y quienes, para bien o para mal, marcaron un hito y jalonaron la historia , hacia adelante o hacia atrás, en el pasado siglo. Gústenos o no, rompieron los moldes y paradigmas del conductor o adalid político de su tiempo. Alteraron las reglas del oficio polític tanto como transtornaron el pensamiento y patrones dominantes en la cima de la sociedad y del Estado, y también, correlativamente, en la oposición o contraparte . Dejaron un legado perdurable, y memoria, todavía viva, de sus hechos y hazañas, grata o ingrata, según quien la juzgue. Todos irradiaron por igual: con sus logros , estropicios y maldades, con su ejemplo y mensaje implícito se proyectaron lejos, más allá de su tiempo y sus fronteras patrias.


Cada cual a su modo y en las circunstancias propias de su vida, marcó un estilo, singular e irrepetible. Stalin y Trotsky, por ejemplo, tenían cada uno su particular manera de obrar. Más que su credo o sus designios , los separaba su estilo, entendido como talante, como emanación del alma y producto de una vocación esencial. El primero tenía mañas de reptante ( era cauto y silencioso como el reptil), al paso que Trotsky, su gratuito rival, solo hacía lo que su conciencia y principios le dictaban, sin medir las consecuencias que ello pudiera acarrear en su persona o comodidad política.


Además Trotsky, para la nomenclatura soviética que, en tanto paneslávica y a la vez chovinista recogía la vieja tradición de los Romanov ( lo único acaso que la revolución bolchevique no pudo arrinconar del régimen zarista), para la nomenclatura, digo, o alta burocracia enquistada, Trotsky era un indeseable. Primero por su origen judío ( esa burocracia era y sigue siendo más antisemita que los nazis) y luego por su afición al conocimiento, la cultura en general y la controversia que le es aneja. El intelectual judío por aquel entonces en Europa y Rusia marcaba la pauta. Tendía a ser insumiso, a no tragar entero verdades recibidas y menos los dogmas de un partido cerrado como el comunista, que más parecía una iglesia. Esa insumisión del judío es propensión primaria suya, que le viene de atrás, de Jesús mismo, quien no se doblegó ante los rabinos. Tanto que fueron ellos quienes lo entregaron a Roma para su ejecución. Pero dejemos por hoy estas notas que sobre dos personajes tan desiguales como León Bronstein (Trotsky) y Stalin esperamos concluir luego, si el paciente y abnegado lector nos lo consiente.