Columnistas

El cient韋ico impertinente
Autor: Carlos Alberto Gomez Fajardo
21 de Junio de 2016


Uno de los grandes costos de la educaci髇 es el lastre de la hiper-especializaci髇 a la cual progresivamente la humanidad se conduce.

Uno de los grandes costos de la educación es el lastre de la hiper-especialización a la cual progresivamente  la humanidad se conduce, en medio de las cada vez más complejas aplicaciones prácticas de los saberes de la tecno-ciencia y de sus fundamentos teóricos. Es casi  imposible hoy hallar a alguien cuyos conocimientos generales tenga un grado aceptable sobre varios campos, es difícil en la práctica reconocer personas con un interés intelectual y con vocación de universalidad. Lo que antaño se conocía como persona culta hoy es una figura más y más abstracta, casi irreconocible. Hasta en las áreas humanísticas (artes, literatura) se pueden dar curiosos ejemplos de saber profundo en un estrecho campo –algo así como tecnólogos en humanidades- en medio de una ignorancia patética en campos de mayor amplitud. Con mayor frecuencia el especialista conoce mucho de algunos aspectos limitados de la realidad, especialmente en lo que toca a técnicas elaboradas y a la aplicación de tecnologías punteras. Como muchos lo han advertido, aquellos océanos de conocimientos apenas alcanzan a tener unos cuantos centímetros de profundidad. Mentes verdaderamente universales (mencionemos a Ortega, a Osler, a Marañón) llamaron la atención sobre el problema de la ignorancia sobre muchas cosas, con sus consecuencias fatales, de la cual en ocasiones los especialistas dan pruebas manifiestas.


Watson y Crick están vinculados a un histórico artículo científico de apenas poco más de una página de extensión, aparecido en la revista Nature en 1953: la primera descripción del modelo molecular de la estructura de doble hélice del DNA. A partir de entonces, como en una segunda era atómica, nacen nuevas e inmensas posibilidades para la disciplina de la genética. Pronto la biología molecular  permite avances  sorprendentes de la tecnología: se mejora la comprensión de fenómenos como la vida y la muerte celular, el cáncer, la reproducción, la manipulación genética, las posibilidades de nuevos enfoques de diagnóstico, prevención y tratamiento.  


Las dos personalidades,  Francis Crick y James Watson, han tomado caminos muy diferentes, con concepciones, aportes y visiones contrastantes. Watson, polémico e impertinente, a pesar de su larguísima y respetable trayectoria en el campo de la genética, ha terminado exponiendo tesis ideológicas que le han suscitado reacciones e incluso sanciones: algunas de sus declaraciones eugenésicas lo convierten, lamentablemente, en ejemplo del peligro de la combinación del saber técnico con el oculto contenido ideológico de determinadas posturas; cuando emitía ciertas opiniones que pretendían reducirse a lo científico resultaron  ser apenas el renacer de oscuros y viejos prejuicios, como el de la supremacía racial.  Es el caso del “bárbaro culto”, el tecnócrata que desconoce en absoluto la posibilidad de otros campos del saber técnico y de las humanidades, y sin importarle mucho, termina haciendo propaganda de ideologías y difundiendo tesis de antiguos materialismos y renacidos relativismos éticos, propios, entre otras cosas, de brutal y peligrosa discriminación religiosa.


Nicolás Gómez Dávila, una de las inteligencias más universales que hemos tenido por estos vecindarios comentaba: “Nada patentiza tanto los límites de la ciencia como las opiniones del científico sobre cualquier tema que no sea estrictamente de su profesión”.


James Watson, conocido por sus comentarios racistas, pero a la vez uno de los motores académicos del Proyecto Genoma Humano, es un seguidor del determinismo genético, buen ejemplo de la poderosa corriente pragmática y cientificista contemporánea que renueva la ideología abortista, la intolerancia racial, el ideal del trans-humanismo, el mejoramiento genético de la especie humana, la búsqueda de la eterna juventud, en fin, las viejas quimeras que tienen mucho de ideologías de siglos anteriores pero que hoy se presentan como “progreso” y como si fueran gran novedad.


También Gómez Dávila escribía: “La estupidez se apropia con facilidad diabólica de lo que la ciencia inventa”,    y  “El progresista cree que todo se torna pronto obsoleto, salvo sus ideas”.


Watson encarna el cientificismo racionalista; la visión de confianza en el “poder hacer” como una especie de fe religiosa en la tecnología.  Tal progresismo, con su carencia de visión trascendente y humana, lo convierte en una expresión de quien  con confianza irracional en aspectos técnicos se figura mundos de perfección quiméricos. Una visión del ser humano, y de la propia tecno-ciencia desprovista de humanidad: un científico y tecnócrata impertinente, uno más en una extensa colonia.