Columnistas


Indagando en el presente
Autor: Dario Ruiz Gómez
20 de Junio de 2016


De todos modos la firma de la paz entre Santos y las Farc supondrá el comienzo de lo que se denomina un interregno- la ausencia de un gobernante legítimo- período durante el cual la justicia debería permanecer atenta

De todos modos la firma de la paz entre Santos y las Farc supondrá el comienzo de lo que se denomina un interregno- la ausencia de un gobernante legítimo- período durante el cual la justicia debería permanecer atenta para impedir que las retaliaciones latentes en el ánimo de las víctimas estallen y que los victimarios se lleguen a sentir victoriosos e impongan sus propias retaliaciones a quienes han señalado como sus enemigos. Siempre, además, en estos procesos se ha dado un elemento de sorpresa cuando los verdaderos actores de la guerra deben abandonar las sombras donde se disimularon y hacer frente a la nueva situación que comienza a vivirse, despojados de sus máscaras y de la supuesta invulnerabilidad que les daba el “haber luchado por la causa del pueblo”. Una postguerra nos enfrenta abruptamente a lo que el fragor de la contienda nos había encubierto: el hecho de que la reparación a las víctimas no es una repartición de dádivas sino la apertura al espacio de una democracia incluyente sin la cual no sería posible la reconciliación; la presencia de una vida política regida por la razón. Y saca de las sombras a quienes se habían disimulado en éstas para ocultar su verdadera identidad. En este tránsito hacia la luz que todo lo descubre se revelará la medida de estos engaños, de estas afrentas contra la credibilidad de los ciudadanos, se medirá en su justa medida el alcance de los atropellos contra la ciudadanía y se comprenderá, por fin, que necesitaremos de un lenguaje del cual se hayan borrado la maldad, la hipocresía de quienes corrompieron toda posibilidad de comunicación en nombre de sus intereses privados. Esta es la verdadera crisis del lenguaje, la imposibilidad de nombrar con las desacreditadas palabras de la suspicacia y la mentira la necesidad imperiosa de la confianza, el lograr vencer el temor a ser engañados de nuevo.


Y, ¿cómo cuantificar el sufrimiento, el largo y sostenido sollozo de las madres que ya nunca volverán a encontrar a sus hijos? Hay algo que aterra en la inhumanidad de ese lenguaje político donde se justificó la violencia a nombre de una supuesta sociedad mejor, un lenguaje que no vacila, un lenguaje que es sordo al grito de los desheredados en los caminos. Pero el sufrimiento infringido, el dolor causado no desaparecen como por arte de magia después de la firma de la paz de dos poderes que se legitiman a sí mismos pero desde el comienzo han excluido a quienes han sufrido y padecido los fragores de un conflicto tan bárbaro como el colombiano, que han hecho de las víctimas una alusión retórica y no un compromiso humano. ¿Quién decreta entonces el olvido, quién decreta entonces el perdón? ¿Las grotescas figuras del Congreso, de la Corte Suprema de Justicia? Fíjense que no estoy cayendo en la torpeza moral de estar acusando a alguien sino recordando lo que supone el interregno que arrastra un terrible vacío moral como el que comenzamos a afrontar en medio del total empobrecimiento de nuestro espíritu, de la desaparición angustiosa de las virtudes republicanas, del fin de aquel sueño de la Ilustración de llegar a la razón mediante la política.”El desaparecer de la nación lleva en sí –recuerda J. M. Guéhenno- la muerte de la política” Y agrega:”Desde el momento en que no hay lugar natural de la solidaridad y del interés general, desaparece la hermosa ordenación de una sociedad organizada según una pirámide de poderes” ¿Quién triunfará con esta paz, la civilización o la barbarie? Por fin, nos damos cuenta, comienzan a emerger los nombres de los cómplices o sea de los verdaderos culpables.