Columnistas


Indolencia, guerra y paz
Autor: Hernán Mira
19 de Junio de 2016


"Pueblo indolente” esas fueron las últimas palabras, al pie del patíbulo, que Policarpa Salavarrieta les espetó a sus insensibles paisanos. Y agregó: “cuán diversa sería vuestra suerte si conocieseis el precio de la libertad”. Tenía mucha razón “La P

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"Pueblo indolente” esas fueron las últimas palabras, al pie del patíbulo, que Policarpa Salavarrieta les espetó a sus insensibles paisanos. Y agregó: “cuán diversa sería vuestra suerte si conocieseis el precio de la libertad”. Tenía mucha razón “La Pola” al señalar la indolencia de su pueblo que no se supo condoler ante su inminente fusilamiento, ni respaldarla en su lucha por la independencia. Esa indolencia que ya señalaba desde 1817 la heroína, puede decirse que, en algún grado, ha acompañado nuestra vida nacional. Las múltiples  guerras que hemos padecido a lo largo de la historia y las altas tasas de homicidios, nos han creado un cierto nivel de insensibilidad y un fatal ‘acostumbramiento’ a las muertes que es como si se hubieran vuelto ‘parte del paisaje’. ¡Que horror!


En la guerra que se ha soportado en las últimas décadas, se ha hecho muy evidente esa indolencia mucho más acentuada en lo urbano que en lo rural, donde más se ha padecido el conflicto armado. Los campesinos y los pobres son los que ponen, mayoritariamente,  los combatientes y por lo tanto los muertos. Además, en los pueblos más aislados, la población civil pone muchas víctimas mortales o por el desplazamiento. Mientras tanto, en las urbes se mira para otro lado y las élites se distraen y desentienden porque pueden ir a la finca de recreo, así como se ofrecía en una campaña política. Son los hijos de los pobres los que más van a la guerra, mientras algunos de las clases altas celebran las victorias, despreciando los muertos, como triunfo propio. Es tal la indolencia de una élite que ante los “falsos positivos”, horrendo crimen, el más alto dirigente de la nación anotó, para mermar la responsabilidad de los militares y señalar a las víctimas culpabilidad, “no estaban cogiendo café.” ¿Qué tal esa?


El doctor en sociología del derecho Boaventura De Souza Santos, escribió un libro con el título “Crítica de la razón indolente. Contra el desperdicio de la experiencia” que se acomoda perfectamente a lo que vivimos, donde nos resistimos a aprender de la terrible y muy dolorosa experiencia de la guerra y mirar con esperanza la paz, porque la indolencia también impide la esperanza. La razón indolente, también llamada razón perezosa, plantea que “si el futuro es necesario, y lo que tiene que suceder sucede independientemente de lo que hacemos, es preferible no hacer nada, no cuidar de nada y gozar el placer del momento” dice de Souza, como si estuviera describiendo aquí el acostumbramiento a la guerra y la pasividad para vislumbrar un futuro de paz.


El antídoto contra la indolencia es la compasión. Ente las virtudes humanas, la compasión tal vez sea la más humana de todas, porque no solo nos abre al otro como expresión de amor en el dolor, sino al otro victimizado y mortificado. No importa la  ideología,  religión o status social y cultural de las personas. La compasión anula esas diferencias y hace que tendamos las manos a las víctimas. Quedarnos cínicamente indolentes, indiferentes, demuestra una suprema inhumanidad que nos transforma en enemigos de nuestra propia humanidad. “Delante de la desgracia del otro no hay modo de no ser los samaritanos compasivos de la parábola bíblica” dice Leonardo Boff. La compasión nos pone al lado de la paz y la indolencia en la trinchera de la guerra.


La educación para superar la guerra, debe centrarse en la empatía, la tolerancia, el pluralismo y, como educación de los sentimientos, en la compasión. El gran psicólogo Jean Piaget, decía que cada persona, independiente de sus creencias y sus sentimientos, debe aprender a situarse en el conjunto de los otros hombres. Ese  debería ser nuestro camino.


CODA. “Lo más grave de Colombia es la familiaridad con que tratamos el fenómeno de la destrucción de la vida humana”, decía Álvaro Gómez Hurtado.